Radiografía de comedores: se complejiza la situación en los barrios populares

En tiempos de emergencia sanitaria y aislamiento obligatorio, qué sucede en los barrios de la periferia donde residen las familias que viven de las changas y, ahora, no pueden salir de sus casas para traer el dinero diario. Cómo se las rebuscan para poder comer. Pulso Noticias lanza el primer capítulo de la serie “Radiografía de comedores”. Esta vez: Okarikuna, del barrio La Unión en Tolosa

Por Estefanía Velo
Fotos: Gabriela Hernández

“Hay comida”, dice el cartel que se apoya sobre las chapas de afuera del comedor comunitario del barrio La Unión, Tolosa. Algo esencial para nuestras vidas. Sin embargo, hoy en plena emergencia sanitaria hay cientos de miles de personas sin ese derecho humano garantizado. Son muchas las personas que hoy tienen que acudir a comedores barriales, los cuales en su mayoría funcionan gracias a las organizaciones sociales, quienes aseguraron que duplicaron sus comensales pero no así la mercadería recibida por parte del Estado.  

A nueve días del decreto del gobierno nacional de “aislamiento social preventivo y obligatorio” en el marco de la pandemia mundial de la COVID-19, la situación de vida en los barrios populares se complica día a día. Son pocas las trabajadoras y trabajadores que pueden salir a realizar su labor libremente, aún así exponiéndose a enfermedades; otros que realizan una labor registrada, pueden desarrollar su empleo desde su hogar, bajo el denominado concepto de “teletrabajo”, o bien solicitar las licencias correspondientes. Pero qué sucede con aquel trabajador o trabajadora que se encuentra de manera totalmente informal y que cobra por hora trabajada.

La precarización al palo. Sin obra social, ni jubilación, ni ART, y sueldos por debajo del salario mínimo vital y móvil, muches laburantes sobreviven en los barrios periféricos. Ahí donde la energía eléctrica no llega, tampoco el asfalto, y mucho menos las obras hidráulicas para contar con agua potable. Donde en una casilla de madera y chapas viven no menos de cinco personas. No menos de tres niñes por casa. Ahí donde en un contexto de emergencia sanitaria y crisis mundial se expone las peores consecuencias de este sistema capitalista y patriarcal.

“Somos los más olvidados”, dijo Elizabeth una de las integrantes del comedor comunitario de La Unión a Pulso Noticias. La situación social y económica las tiene más que preocupadas porque no saben hasta cuándo deberán permanecer en sus casas sin poder salir a trabajar. “Si no trabajamos, no cobramos. Si no cobramos, no podemos comprarle comida nuestros hijos”, señaló la joven activista mientras servía sopa de fideos en las ollitas que llevaban las vecinas.

Y contó: “mi marido trabaja en la construcción, hace tres semanas que su patrón le dijo que no vaya más a la obra. Si no va, no cobra. Entonces él y sus compañeros le pidieron poder ir algunos días, poder hacer horas extras cuando lo necesiten, y nunca les contestó. El patrón se borró, pero seguramente tenga que volver a trabajar a ese mismo lugar cuando se termine todo esto. No hay puestos de trabajo, hay que bancarse ese sometimiento”.

Según los datos del INDEC, en el último trimestre de 2019 las personas con problemas de empleo en el Gran La Plata superaban las 90.000. La gran mayoría de ellos viven en los barrios populares, como por ejemplo estas mujeres de procedencia boliviana que se organizan para luchar por sus derechos.

A casi 4 kilómetros del centro geográfico de la ciudad se encuentran algunos de los asentamientos más pobres de la ciudad, entre ellos está “La Unión”. Puntualmente en 521 y 119 funciona desde hace siete años el centro comunitario Okarikuna (término Quechua que significa Levantémonos) agrupado en el Frente de Organizaciones de Lucha (FOL).

Fueron las mujeres de ese barrio que se organizaron luego de otra crisis que afectó a la ciudad de las diagonales como fue la inundación del 2 de abril de 2013.

Ante las crisis y la falta de respuestas de los gobernantes, el pueblo trabajador se solidariza y organiza. Así fue como nació el centro comunitario Okarikuna, que hoy abre sus puertas para que todes puedan llevarse un plato de comida. “Esta situación generó mayor unidad entre las y los vecinos”, contó Nelly, otras de las integrantes del comedor a Pulso Noticias.

Desde hace siete años hacen trabajo comunitario, autogestionan una guardería, garantizan el comedor, y pelean por mejorar sus condiciones de vida. Ahora reclaman que el municipio de La Plata, el gobierno de la Provincia y de la Nación aumenten la cantidad de kilos que le proveen de alimentos secos, y que sean productos de buena calidad. “El gobierno de la Provincia nos da mercadería para el comedor, pero la última vez recibimos fideos que se desasían ni bien lo echabas al agua caliente, así pasa con muchos productos. Son de muy mala calidad. Queremos que nos den verduras, carnes y lácteos también para tener comidas saludables”.

Antes de la cuarentena obligatoria, el comedor funcionaba lunes, miércoles y viernes con una concurrencia de casi 40 personas. Ahora decidieron cocinar de lunes a sábado para garantizar al menos un almuerzo o una merienda por día para aquellas personas que no cuentan con su plato de comida, principalmente les niñes que se quedaron sin el comedor escolar.

“Intentamos comprar con nuestros fondos algunas verduritas o pollo para variar el menú y que no sólo sea arroz o fideos. Necesitamos cubrir una dieta saludable”, señaló Elizabeth. Al tiempo que agregó: “parece que porque somos pobres no tenemos derecho a consumir verduras, frutas o carne”.

El gobierno provincial les entrega packs de fideos, arroz, puré de tomate, harina, leche en polvo, azúcar y arvejas. “Ni aceite nos dan, sabiendo que es algo muy necesario para cocinar”. En esta coyuntura de emergencia solicitaron una partida especial para abastecer los comedores, pero todavía no obtuvieron respuesta.

“La municipalidad nos entrega un fondo especial para los comedores barriales, los cuales tiene que destinarse especificamente a comprar alimentos frescos, pero es muy poca plata, son migajas”, contó Nelly.

A raíz de la emergencia sanitaria solicitaron a los funcionarios locales un aumento especial urgente pero siguen sin recibir respuestas. “Recién el viernes nos dieron el dinero de marzo, imagínate que desde la semana pasada que decidimos sacar un cartel diciendo ´hay comida´ se duplicó el número de comensales”.

Los primeros días no alcanzó. Tuvieron que buscar más ollas y tratar de agrandar lo poco que tenían de comida. Actualmente van al comedor casi 100 personas por día. Las integrantes del FOL tienen la incertidumbre sobre cuánto más podrán sostener esa entrega: tres días a la semana dan el almuerzo, y los otros tres días la merienda.

Paradójicamente, hoy domingo, la Municipalidad de La Plata junto a la Provincia y la Iglesia católica de nuestra ciudad estarán entregando 25 mil bolsones de mercadería. A últimas horas de este sábado circuló un listado de 10 parroquias locales que funcionarán como puntos de entrega, a pesar de que el municipio no quería darlos a conocer previamente según pudo averiguar este medio. “No era el espíritu de la mesa social dar a conocer los puntos por ser inseguro y porque se pueden generar colas interminables. No obstante algunas iglesias han hecho circular las direcciones”, expresó una fuente oficial del municipio a Pulso Noticias.

“No tenemos lavandina ni alcohol en gel”

La principal recomendación del Ministerio de Salud de la Nación para prevenir el contagio del coronavirus es lavarse repetidamente las manos con agua y jabón, ponerse alcohol en gel o diluido (70/30) en las manos, y lavar las superficies del hogar con lavandina.

Nelly subrayó que todos los días después de las 13 horas baja la presión del agua, sólo cae un hilito de agua. “No podemos casi limpiar con eso, queremos agua”, enfatizó indignada. Tampoco pudieron conseguir alcohol en gel en grandes cantidades como para ofrecerles a las personas que van a retirar su comida, sólo tienen su frasco para las cuatro encargadas que van cada día.

De Okarikuna participan unas 40 mujeres que autogestionan el centro comunitario. Elizabeth y Nelly coincidieron en que cada recurso que generen estos días lo destinarán a comprar artículos de limpieza, verduras, frutas y carnes. “No tenemos lavandina ni alcohol en gel, productos básicos en esta emergencia sanitaria”.

Hace un mes aproximadamente que ellas mismas junto a trabajadores de la salud tuvieron que manifestarse y cortar por algunas horas la avenida 520 y 118 para exigir insumos para la salita del barrio. El Centro de Atención Primaria de Salud (CAPS) Nº 15 de la Municipalidad no contaba con gasas, medicamentos, jeringas, sueros, y otros elementos básicos.

 Miedo, persecución y solidaridad

Con un metro y medio de distancia, pudimos conversar con Esther, una mujer de 35 años, tres niñes (seis meses, 3 años, y 5) y el más chico lo tenía con fiebre. “No vayas a la salita, no están atendiendo”, le recomendaban mientras retiraba su comida. “Llama e insistí para que la pediatra lo vaya a ver a tu casa”.

“Hago lo que puedo, mi marido es diabético entonces se queda en casa y yo salgo a hacer los mandados. Voy mucho al mercado central, aunque son varias cuadras y tenemos miedo de que nos pare la policía”, contó y agregó que las verduras aumentaron un montón por lo que le está costando comprar esos alimentos. También se refirió al aislamiento obligatorio y la insistencia que tiene con sus hijes para que no salgan de la casa.

“La gente está con miedo, pero nos ayudamos entre nosotras”, dijo Nelly, y continuó haciendo mención a los 10.000 pesos que entregará el gobierno nacional para paliar la situación social. “Es muy poco, es para un solo integrante del hogar y en la mayoría somos 5, 7 o más personas en un familia. Sumado a que deberían haber buscado otro mecanismo de inscripción porque así excluyen a un montón de gente”.

Elizabeth también criticó la modalidad de inscripción: “acá apenas tengo internet en mi celular, imagínate lo que va a tardar en abrir esas páginas. Y muchas otras personas no tienen computadoras, ni internet ni los conocimientos para manejarlos. Qué van hacer”, se pregunta.

La crisis sanitaria mundial azota a los que menos tienen, a los olvidados de siempre. Saca a la luz la precariedad de los sistemas de salud y de educación (cerraron las escuelas y hay miles de niñes sin poder alimentarse, una de las principales tareas que estaba cubriendo el sistema educativo). Mientras tanto las empresas presionan cada vez más a sus trabajadores para que produzcan y así obtener mayores ganancias (Por ejemplo, los trabajadores de la fabrica Bimbo dicen no ser esenciales y quieren quedarse en sus casas para prevenir los contagios).

Los mercados cayeron y las relaciones internacionales están modificándose. Sobran hipótesis de cómo quedará el mundo después del coronavirus, y las transformaciones estructurales del sistema. Ahora, lo importante es que nadie muera de hambre y ser solidaries en tiempos donde nos instan a ser vigilantes entre las y los mismos trabajadores.

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