En una noche de cervezas calientes y recuerdos de los mejores antros, Recreo Uruguayo revivió el compañerismo sobre el adoquinado de Berisso. El próximo 17 de abril habrá otro Recreo-Sama para compartir. Colaboración de Ariel Spini
– Estos adoquines capaz los pisaron nuestros abuelos o bisabuelos ¿son los mismos o los cambiaron?
– Son los mismos amigo. Andá a saber. En un toque va a arrancar esto, vamos hasta el puente a comprar una birra.
Pasó la primera hora de un sábado de diciembre en la histórica calle Nueva York. Con el Vieji estamos cada vez más cerca de los 40 años, alcanzan los dedos de una mano para la cuenta regresiva. El verano amenaza con robar el último tirón de la primavera, las latas de cerveza se calientan rápido en una noche sobrepoblada de mosquitos para que ninguno de los casi cien visitantes del adoquín se quede sin su picadura.
En las cuatro esquinas de Raíces del Dawson a nadie parece importarle que el reloj avance sin noticias del último show del año de Recreo Uruguayo. La demora permite el encuentro, los abrazos, el intercambio de vasos y puchos. Se cuentan historias de recitales, se planea el fin de semana, se comparte la vida y se celebra. Antes de llegar a la segunda hora del día, el Napo, baterista de la banda, se encarga de pastorear al público mientras le devuelven un “dale loco, ni Don Lunfardo”. El mejor grupo que dio la ciudad de La Plata, con el paso de los años, cumple con la tradición lunfardera de empezar entrada la madrugada. En Berisso, la banda que irrumpió en el under para reivindicar el pago, la amistad y la unidad de cuerpos desconocidos en un ritual de melodías punkies y compañerismo, no pensaba el horario.
Desde el baño del bar empecé a escuchar el canto de Emir: “Hoy tuve una revelación, soy un cero absoluto, estoy congelado, paralizado si no recibo calor”. Una vez más abrieron el show con mi canción favorita: “Era de acuario”, pensé. Cuando la batería irrumpió en el silencio de una masa que esperaba el golpe en los parches para darle impulso al primer pogo, me trasladé automáticamente a la adolescencia en los bares de rock and roll. La acústica de un baño de menos de dos metros cuadrados, revestido con algunos afiches vintage, calcomanías y ladrillos a la vista, me devolvió a los 16 años en Diabolo, “el peor antro de la ciudad” me diría Napo al finalizar el show, mientras se secaba la transpiración y le compartí mi sensación.
De eso se trata Recreo, compartir. El próximo 17 de abril, la banda berissense llevará sus melodías amigueras a otra locación emblemática en la construcción en sociedad. Será en Comunidad Ferroviaria, junto a Pérez y Eruca Sativa, para la nueva edición del Festival Guitarra del Fuego. En los históricos galpones recuperados de Tolosa, la autogestión y el cooperativismo tendrá su celebración con las estrofas que llaman a la unidad como acto de resistencia.
En la calle Nueva York fue la primera vez del Vieji en uno de sus shows, volvió de Olavarría unos días antes por el casamiento de un amigo, un hermano. Hace algunos años me confesó una fijación hostil con el número 13 que aparecía en momentos difíciles de su vida y con el tiempo empezaron a convivir en paz. Lo miro y disfruta del espectáculo un 13 de diciembre. Mira a la gente bailar, abrazarse y se sorprende cuando una chica salta al escenario para acompañar a la banda en “Nokia 1100”. Observa como micrófono en mano se acomoda el flequillo y extiende el brazo libre hasta al techo para gritar con desmedida pasión: “Me cansé de tus mensajes, que me busques, que me llames. Yo ya te dije mil veces que no quiero verte más”. El Vieji me mira y propone: “Vamos para allá (apunta al escenario) la onda es ahí”. Tardó un puñado de temas en volverse un Recreoadicto, fundirse entre el público, los músicos y el calor.
La banda pasa de la tarima al suelo a cada rato, no importa que en la adrenalina del show uno de los platos de la bata caiga al piso entre la sorpresa de Napo, la risa de Emi, Karen y Emir. El público se encarga de seguir la letra mientras los Recreo reacomodan el set con el ritmo de una escudería de fórmula 1. Con la misma sincronización, sus letras dejan espacio para conectar con “The KKK took my baby away” de los Ramones y que en un segundo se convierta en “No tengo nada” de Embajada Boliviana, que mucho tiene que ver con Recreo Uruguayo. Esta vez, la batería no está microfoneada para los coros, por eso Emir le sostiene el mic a Napo para que cante “Shönen” y la liturgia del animé salga a la escena. El público toma el mando cada vez que lo desea, un salto de 20 centímetros, una mirada cómplice de aprobación y siguen el show desde el escenario.
Al Vieji ya no lo veo desde mi lugar al lado de la barra. Termino otra cerveza y aparece Marina con un vaso de fernet, un beso y un abrazo para compartir. Nos quedamos viendo el show, intercambiando bebidas y nos emocionamos cuando sale a la cancha un cover de los Villanos, tal como sonaba hace 21 años cuando no había hijos de por medio, abundaban los bares para ver banditas y no había que pagar monotributo ni alquiler. “Esta canción es para los rollingas”, dirá Emi y ella apuntará a mi remera de los Rolling Stones.
“Cobarde para amar” de Los Gardelitos tendrá sus pasajes punks entre las melodías que craneó el Korneta Suárez. Me acerco a ella y le pregunto: “¿no sentís que los querés? es como, los quiero mucho loco, no terminen el show”, sonríe y me abraza. Después del recital, me contó su llegada a Recreo: “Estaba en la plazoleta de Pura Vida con una amiga tomando vino y gaseosa en la puerta. Mucho calor. Fuimos al baño de Pura y estaba Recreo sonando. Lo escuché desde ahí, salí, nos miramos con mi amiga, buscamos la letra, quienes eran y a la siguiente fecha no nos la perdimos”.
La noche en Raíces fue mi quinta vez del año con ellos. En Berisso, en La Plata, en la calle y en bares. En cada una lo hice con alguien nuevo: amigos, familia, una persona increíble, y más amistades. Al fin y al cabo, el ritual del Recreo-Sama es la conjunción de amistades, el punto final, aunque sea por un rato, a la individualidad que la vida adulta te propone como modo de subsistir, porque “la vida que nos prometieron no es vida”. Quizás por eso en apenas 15 segundos mi mente voló 20 años atrás cuando para la amistad bastaba con pisar las mismas veredas, un paso de baile improvisado para no chocarse frente a frente, risa, palmada y seguir. En la voz de Karen, los Recreo ironizan con la estafa piramidal “en la que todos ganan” y se da en sus shows. “Nos gusta hacer todo con nuestros amigues, y cada vez somos más. Sale de adentro”, dirá la berissense aunque su partida de nacimiento tenga médanos y mar. Lo que empezó como una joda, una juntada de amigos, se transformó en una manera de reivindicar la raíz. El pasado como identidad se celebra en compañía porque “la felicidad no es cuestión del lugar, es saber con quién jugar” y en esas noches la que juega es la amistad.
La banda deja los instrumentos en el escenario, Emi se cuelga la criolla y toman la calle por asalto para despedirse del pogo de amigues: “Muchas gracias por venir a este hermoso festejo. Y estamos muy contentos que a pesar de tanto tiempo todavía nos juntemos, todavía nos juntemos. Antes de que se vayan explotemos la piñata y que lluevan caramelos y no abramos el paraguas, saltemos sobre charcos hechos de papel picado. Entreguémonos al juego y olvidémonos un rato de todas esas cosas que nos arrancan el sueño y a la noche nos encuentran solos y mirando al techo pensando cuando vamos a volver a festejar.
Porque en este mundo hostil, después de tantos años una cosa aprendí: Compartir, es la única manera de ser feliz. Compartir, es la única manera de ser feliz. Compartir, es la única manera de ser feliz. Compartir, es la única manera de ser feliz. Compartir, es la única manera de ser”.








