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lunes 15-07-2024

“Pobres vamos a ser siempre, por lo menos que nos dejen bailar”

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Pablo Lima es cantante y bandoneonista de Agua Sucia y Los Mareados, la banda local que la rompe con su fusión de cumbia villera y tango. En diálogo con Pulso Noticias, contó su historia, habló de los pibes caídos por la Policía y se preguntó: “¿Por qué siempre somos los que tenemos que sobrevivir?”

Por Facundo Montiel

Pablo Lima se siente un sobreviviente. Lo dice varias veces durante la entrevista, en el garage de la casa de sus “viejos”, en El Churrasco, el barrio que lo crió. Allí está haciendo la loza para volver a instalarse, porque desde que se fue a vivir al centro se siente un exiliado. “Hay árboles, el Parque Saavedra, todo muy lindo, pero la gente no se conoce. Acá vengo y saludo a todos, es otra vida. Allá me siento solo y eso me angustia”, confiesa.

Cantante y bandoneonista de Agua Sucia y Los Mareados, empezó a escribir poesía a los 6 años. Hace 20 que está en la música, pero el cambio llegó hace poco, cuando tuvo por primera vez un bandoneón en sus manos. “Me fascina”, dice que dijo cuando les propuso a sus compañeros fusionar la cumbia villera y el tango, géneros que “siempre estuvieron emparentados”.

“En el primer ensayo los pibes me decían: ¿en qué baile vamos a tocar?”, recuerda. Hoy tienen su propio baile: además de las múltiples presentaciones, organizaron cada mes de 2018 su Fiesta Sucia, en Guajira, donde, cuenta, “va gente que no iría si no tocamos nosotros. Desde arriba del escenario veo a las pibas del Churrasco, a los pibes de San Carlos, con gente que estudia Periodismo o Trabajo Social, y pienso… ¡a cuántas organizaciones militantes les gustaría lograr esta mezcla!”.

Los Agua Sucia comenzaron a tocar hace apenas tres años, pero la idea se incubó mucho antes, con la radio encendida en el taller de don Lima y el consejo de su padre: “Escuchá la letra”. Sonaba Julio Sosa, Goyeneche o La Guardia Hereje. Y maduró en los bailes, donde Pablo vio el debut de Los Pibes Chorros y vivió el estallido de la cumbia villera. Hasta hoy recuerda cuando compraba los CD truchos en el tren y volvía a su pieza (póster de Meta Guacha en la pared), en El Churrasco, a escuchar las letras.

Su primer disco, Del arrabal a la villa, salió en 2016, y su estilo ya es reconocido y respetado por figuras de la cumbia villera como El Chanchín de Supermerk2 o Hernán Coronel, carismático líder de Mala Fama, con quienes suele compartir escenario. Zapatillas adidas, buzo deportivo y bandoneón sobre sus piernas. Cientos de flashes y el público que se obnubila con lo que ve, en Groove o La Trastienda, antros míticos del rock que Los Agua Sucia también han pisado (fuerte). Los primeros días de enero se presentarán en un festival en Chile, en la escena de cumbia emergente más importante de Latinoamérica. Ese es uno de los sueños que Pablo tenía de chico, y que logró gracias a la música: viajar.

“Te hago mierda negrito”

“Recuerdo que una vez en el colegio, estaba esperando mi boletín y se acercó un policía y me dijo: ¿Me mirás el arma?, ¿tenés algún problema? Te hago mierda negrito…”. Luego de que Patricia Bullrich decretara que las fuerzas de seguridad pueden disparar por la espalda, sin dar la voz en alto ni explicaciones, Pablo Lima reconstruyó su historia de miedos y persecuciones para dar cuenta de lo que implica ser un pibe humilde para la Policía. Lo hizo con una carta en las redes sociales, donde asegura que está vivo “de pedo”, y que termina así: “Hoy siento más miedo que ayer, por mis amigos, por mis amigas, por mi familia, por mí”.

“Cuando la carta la levantaron los medios me di cuenta de que la banda estaba creciendo y que tengo la oportunidad de hablar y que me escuchen. Eso es una gran responsabilidad, y lo primero que pensé fue: menos mal que no dije una gilada”. Pablo se ríe, pero cuenta que su cabeza cambió. Habla de la función social de la música, de la política, de la realidad que lleva a sus canciones. Y de cómo conocer nuevos lugares amplió sus horizontes.

“Yo no pienso como pensaba hace cinco años. Me decían que era conservador, pero tuve la suerte de que empecé a curtir otros lugares y la gente que entiende de estas cosas me tuvo paciencia. Escuchaba la palabra marxista y creía que eran ninjas… capaz no le erré tanto (risas). Me cansaba de escuchar que era xenofóbico, y a mi me costó años entender qué significaba esa palabra”, cuenta el cantante.

“¿Por qué siempre somos los que tenemos que sobrevivir?”.

Habla despacio. El grabador apenas capta sus palabras. Unas maderas tiradas, una silla desvencijada y un viejo Fiat a un costado completan la escena. El pucho, los alfajores que nos regaló (a Paula, cámara en mano, y a mí) y un pan dulce traído por Betty, su mamá del corazón, son los vicios que condimentan la charla. María Juana y Milonga, sus perras, están adentro de la casa: afuera no vuela una mosca. El relato es atrapante y la cerveza, una Brahma bien fría, pasa de mano en mano.

“Me decían: ustedes no pueden vivir así; pero yo viví cuatro años sin heladera y para mí era todo natural, hasta a los pibes caídos (asesinados por la Policía) los tomaba como algo normal. Desde que empecé a entender cómo funciona y me di cuenta de que no debería ser así, que está mal repartido, tengo la sensación de que si hubiese seguido en la mía sería más feliz, o al menos no me angustiaría tanto”.
Pese al peso de sus palabras, nunca levanta la voz, y su tono es muy distinto al que luce en el escenario. Pero acá también maneja bien los ritmos, y se explaya: “Sabemos lo que es vivir con dos mangos, estamos acostumbrados. Pero, ¿por qué siempre somos los que tenemos que sobrevivir, los que tenemos que cortar el pasto por 50 pesos?. Acá el problema no es sólo económico, es cultural. Se perdieron los espacios comunes, no tenemos ningún club habilitado en el barrio para juntarnos, no hay espacios de encuentro. Y encima, te hacen creer que el mundo es así, y que tiene que seguir así”.

A Pablo Lima le gustaría vivir de la música, pero la plata, dice, no es su fin. Mientras construye su casita en El Churrasco y divide las horas entre su trabajo administrativo y su pasión, piensa: “Quisiera vivir de la música porque me haría más feliz, más libre, como digo en mis temas. Pobres vamos a ser siempre, por lo menos que nos dejen bailar”.

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