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domingo 19-05-2024

Derecho a la Identidad: Miguel Santucho busca a su hermanx

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Miguel Santucho declaró por primera vez en la audiencia 31 del juicio unificado por los crímenes de lesa humanidad cometidos en Pozo de Banfield, Quilmes y Lanús. En el Día Nacional por el Derecho a la Identidad, volvemos a compartir la crónica de la audiencia, donde contó que su hermano o hermana nació en Banfield en febrero de 1977 y fue apropiado. El 25 de abril de ese año sacaron a su mamá del centro clandestino y aún sigue desaparecida

Por: Ramiro Laterza | Edición: Julia Varela

A Miguel Santucho le dicen “Tano”. El martes declaró en un juicio por primera vez. Sigue el camino de que marcó su abuela, Nélida Gómez de Navajas: quiere encontrar a su hermano o hermana nacida en cautiverio y que aún no conoce su verdadera identidad. 

1- Cristina y Julio César

Su mamá está desaparecida. Cristina Silvia Navajas nació en 1949, es la hermana mayor de 12 hermanos de una familia porteña. Estudió Sociología en la Universidad Católica y, cuando estaba a punto de recibirse, conoció a un santiagueño con quien compartió el resto de su vida.

Fue a partir de allí que Cristina dejó la facultad y comenzó a tomar tareas de militancia política en el PRT. Al poco tiempo ya hacía trabajo comunitario y comenzó a ocupar distintas responsabilidades. Al momento de su secuestro era una de las docentes de las escuelas del Partido: “Se formaban sobre historias de las revoluciones latinoamericanas, eran casa-quintas donde, durante 15 días intensivos, se estudiaba y se formaba políticamente a los militantes”, describió Miguel en su introducción familiar.

El compañero de Cristina y papá de Miguel fue Julio César Santucho, el menor de los 10 hijos de Don Francisco Rosario y la maestra Manuela del Carmen Juárez. “Era una familia tradicional del noroeste argentino”, dijo Miguel sobre la vida en la provincia de Santiago Del Estero, donde su abuelo había estudiado a distancia y había exigido a sus hijos que también estudiaran: “Cuentan que era una casa de mucha participación política, con distintas posiciones: nacionalistas, comunistas. Pero eso se superó cuando el octavo hijo, Mario Roberto, puso a todos de acuerdo para militar en el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT)“, agregó del otro lado de su pantalla, respecto a “Roby”, el histórico líder del Partido revolucionario. 

2- Una familia diezmada y cuatro generaciones afectadas  

“En la historia de mi familia paterna, de los 10 hermanos Santucho, todos tuvieron consecuencias. Fueron perseguidos por la militancia y, sobretodo, por el rol de Roby”, sintetizó Miguel y resaltó que los crímenes comenzaron antes de la llegada de la dictadura: ya a principios de los ’70, durante la fuga del penal de Trelew, la primer esposa de Mario Roberto, Ana María Villarreal, fue ejecutada junto a otros compañeros luego del intento de fuga. También el tío Amílcar, el mayor de los Santucho, que era abogado de derechos humanos y se exilió por la persecución de la Triple A, pero fue capturado en el Paraguay de Stroessner. Estuvo preso 5 años y una de sus hijas fue desaparecida en Córdoba. 

En abril del ’75, otro tío de Miguel, “El Negro” fue desaparecido cuando integraba la Compañía del Monte del ERP: “No se pudo reconstruir dónde estuvo ni qué paso”, explicó por Zoom. En Octubre del ’75 otro tío fue asesinado en una emboscada en Tucumán. “Exhibieron su cuerpo como demostración; eso fue 21 días antes de mi nacimiento” describió Miguel. Luego relató lo que hicieron con su tío Carlos secuestrado en Orletti. 

Carlos Hiber Santucho era contador, como la mayoría de la familia. Vivía en Buenos Aires y “era la oveja blanca”. Miguel sonríe, Carlos Hiber era peronista. “Como no tenía conocimiento de la clandestinidad, le dieron el rol de ser el nexo y de depositario de los documentos importantes de la familia”. Ese tío “estaba convencido de que su extrañeza a la militancia lo resguardaban de lo que le podía pasar”. Sin embargo, un grupo de tareas lo fue a buscar a la fábrica donde trabajaba y sus compañeros le dieron la oportunidad de fugarse. Pero Carlos la rechazó y se presentó. Fue secuestrado. Una de sus hijas había caído en combate en el asalto a Monte Chingolo. 

3- Tres mujeres secuestradas, tres bebés llorando y una abuela al rescate

El papá de Miguel, Julio Cesar, era el más hijo más chico. “La familia pensó que lo mejor para él era la iglesia. Lo mandaron de pupilo e hizo todo el proceso de estudio. Se recibió de teólogo e iba a tomar los hábitos cuando, por suerte, conoció a mi madre”, se rió su hijo décadas después.

Julio César Santucho y Cristina Silvia Navajas se casaron en 1971 y tuvieron a su primer hijo, Camilo. En octubre de 1975 nació Miguel. En el momento de su secuestro y desaparición, Cristina estaba embarazada de su tercer hijo o hija. Ese bebé es hoy una de las 400 personas que aún no conoce su verdadera identidad.

Cristina debió retirarse de la casa clandestina donde vivía por una falla en la seguridad y el 13 de julio de 1976 los militares la encontraron en un departamento legal junto a su cuñada Manuela, la única mujer de la familia Santucho. Allí también estaba Alicia D’Ambra, otra militante que había formado parte de la fuga masiva de la cárcel de mujeres de El Buen Pastor en Córdoba. “Era una casa legal, usada por la familia, que no tenía nada que ver con la operatividad del partido”, explicó Miguel. Su mamá estaba allí de casualidad.

Al llevarse a las tres mujeres, quedaron 3 bebés: Miguel con 9 meses, su hermano Camilo y su primo Diego, hijo de Manuela.Los encontró la abuela materna, la mamá de Cristina: Nélida Gómez de Navajas, quien comenzó su historia como militante y una búsqueda de toda la vida, como Abuela de Plaza de Mayo. 

“Nos vino a buscar esa noche: ni bien entró al departamento escuchaba nuestros llantos, pero ningún vecino se había animado a entrar. Solo uno puso en alerta a mi abuela”, dijo Miguel. Además, allí, revisando la cartera de Cristina que había quedado sobre un mueble, Nélida encontró una carta. Le había escrito para mandarla a su marido, Julio Cesar Santucho, quien estaba en el exterior: le confirmaba que tenía un atraso, que seguramente estaba embarazada. 

Nélida cuidó a sus nietos durante un tiempo hasta que el PRT logró el traspaso: dos militantes se hicieron pasar por pareja y, viajando por tierra, lograron dejar a los niños con su papá. Finalmente Santucho padre haría pareja con esta mujer que logró cruzar la frontera y tuvieron una hija, hermana de Miguel. 

“Mis padres habían hecho una promesa: si a alguno le pasaba algo, el otro se hacía cargo de la crianza de los hijos. Era una generación que estaba rompiendo con las cargas de la generación anterior”, expresó pero aclaró: “de todos modos mi abuela demostró ser una militante de fierro y consecuente durante toda su vida”. 

4- El recorrido tortuoso y final

Cristina Navajas, Manuela Santucho y Alicia D´Ambra fueron trasladadas al centro clandestino Automotores Orletti en el barrio porteño de Floresta. Era la base operativa de los grupos de tareas de la Secretaría de Inteligencia del Estado (SIDE) y la Superintendencia de Policía Federal. “Estuvieron allí poco menos de un mes, fueron momentos muy duros. Al ser de la familia Santucho eran consideradas ‘las pesadas’ y merecedoras de un trato especial en la torturas. Pude escuchar muchas cosas en juicios anteriores”, contó Miguel recordando otros juicios, donde compañeros relataron lo vivido allí: varios uruguayos, como Enrique Rodríguez Larreta, Alicia Ravella, Sara Mendez, entre otros. 

Al sexto día de detención, el 19 de julio de 1976, después de una fuerte investigación y persecución, un grupo de tareas al mando del capitán del Ejército Juan Carlos Leonetti atacó un departamento de Villa Martelli donde se encontraba parte de la cúpula del PRT. Entre ellos, Mario Roberto Santucho. En el enfrentamiento cayó muerto junto a su compañero Benito Urteaga, y luego también murió Leonetti. 

“Al día siguiente en Orletti hicieron un festejo macabro”, expresó Miguel: sacaron a todos los secuestrados al patio. Allí estaba Carlos Santucho. “Lo ataron a un arnés de esos que sirven para levantar los motores, con cadenas” y le hicieron allí la tortura conocida como submarino: “Lo sumergieron sucesivamente en un tanque lleno de agua frente a la mirada de todos, mientras obligan a su hermana Manuela a leer la noticia de asesinato de Mario Roberto en voz alta”. 

“Cuando escuché estos relatos pensé mucho en mi padre, cómo habrán sido esos días. Entre el 13 y el 19 de julio perdió a 3 hermanos y a su mujer. Nunca me pude hacer una idea de cómo uno se puede sobreponer”, señaló reflexivo.

Al cabo de un mes, a Cristina, Alicia y Manuela las trasladaron a otro centro clandestino: Cuatrerismo, Brigada de Güemes, también conocido como Puente 12 o  Protobanco, en la localidad de Aldo Bonzi, La Matanza. Dependía del Ejército y la Policía Bonaerense: “Allí también hemos reconstruido la crudeza de las torturas, que ya no eran para sacar información, sino que eran sometidas cotidianamente a tormentos, con la intención de imponer el terror, de quebrarlas”, llega a la conclusión Miguel, masticada por años y expresadas por primera vez pidiendo justicia, 45 años después de los hechos. 

“También pensé que mi madre había perdido la razón”, expresó, sin embargo conocería a una sobreviviente que le contaría lo contrario: “Tiempo después, cuando hablé con Adriana Calvo de Laborde me confirmó lo contrario”, dijo con orgullo sobre las dos detenidas que se conocieron en el Pozo de Banfield. 

Llegando a fin de año de 1976 las tres mujeres fueron trasladadas hacia el Pozo de Banfield, centro clandestino que forma parte de este juicio. Llegaron luego 5 meses de torturas y tormentos. Además, Cristina tenía un embarazo de, al menos, 6 meses y medio. 

Adriana Calvo fue una de las sobrevivientes fundamentales para la reconstrucción del circuito represivo de la zona. Falleció en diciembre del 2010, a poco tiempo de iniciarse el juicio al Circuito Camps en el que ella había trabajado profundamente como parte de la Asociación de Ex Detenidos Desaparecidos (AEDD). Adriana había dado a luz a su hija Teresa, como otras mujeres, en la cocina del Pozo de Banfield en condiciones infrahumanas. Calvo llegó secuestrada al pozo de Banfield el 15 de abril de 1977, con su bebe recién nacida. Cristina ya había dado a luz. 

Miguel Santucho contó que allí la mujer se reencontró con sus compañeras de celda en el Pozo de Arana. Calvo le hizo un comentario: se sorprendió porque esas mujeres, cuando las había visto en Arana estaban desmoralizadas. Sin embargo, al reencontrarlas en Banfield estaban muy cambiadas. “Adriana me contó que Manuela tenía una fortaleza y entereza envidiable”, recordó Miguel. Allí fue que se organizaron e hicieron un escudo humano para que no se llevaran a Teresa, la beba de Adriana Calvo. “Ese cambio de actitud ella lo atribuía a la capacidad de Manuela y Cristina”.

Según la reconstrucción y los cálculos, el hermano o hermana de Miguel nació en Banfield en febrero de 1977. El 25 de abril de ese año sacaron a Cristina de Banfield y aún sigue desaparecida. 

5. El tano Santucho renace con los estudiantes de secundaria

“Tuve la infancia más feliz que se podría haber tenido en esa circunstancia”, destacó Miguel sobre sus primeros años en Italia y nombró a Susana Fantino, la mujer que lo cuidó como una madre y con quien sigue teniendo una estrecha relación. 

También intentó poner en palabras sus sentimientos respecto a la abuela Nélida: “Ella honró de forma extraordinaria, buscó siempre, presentó todos los Habeas Corpus, se incorporó a Abuelas de Plaza de Mayo y se murió buscando a su nieto o nieta”. 

Su padre y Susana siguieron militando para el partido desde el exilio. “Reconstruyeron las escuelas y recepcionaban a los militantes que llegaban”, recordó. Entre 1980 y 1982 vivieron en México hasta que dejaron de militar y regresaron a Italia. 

Para Miguel es muy importante contar cómo regresó a Argentina. La primera vez fue en 1985. Su abuela ya militaba, “se había jubilado para dedicarse de lleno a la búsqueda de su nieto y nieta y viajaba por el exterior, así que nos visitaba”, recordó con mucho cariño. En el primer viaje Miguel fue a la casa histórica de Abuelas de Plaza de Mayo en calle Corrientes de CABA. Mientras las “locas de la plaza” estaban de reunión, él, un niño de 10 años, se miraba carpetas y fotos de desaparecidos y de su familia: “entre las fotos de mi mamá y papá había una con un signo de interrogación que decía ‘niño o niña nacida en cautiverio’. Para mí fue muy fuerte esa situación y por mucho tiempo no pude procesar esa información”, relató Miguel. “En mis cumpleaños siempre sentía que había algo incompleto, una nube que pasaba, y era eso de no poder procesar tanta información”. 

En 1992 volvió a viajar a Argentina, ya siendo un adolescente que en Italia había empezado a dar sus primeros pasos en la militancia secundaria y había sentido el rigor de bullying de algunos compañeros: “los grupos de derecha me llamaban extra-comunitario, extranjero”, contó. Fue así que decidió asistir a una marcha de estudiantes secundarios en Buenos Aires. “Ese fue uno de los momentos más importantes de mi vida”. 

Los pibes y pibas que movilizaban por la educación pública ya estaban desconcentrando frente a la Casa Rosada, en la Plaza de Mayo. “De pronto, vi una pintada en la Pirámide de Mayo que decía Santucho Vive. Me hizo dar cuenta de mi identidad, sabía toda la historia mi familia, todo lo que había pasado en la lucha, y sin embargo no tenía ningún correlato con la realidad”, intentó explicar Miguel. “Y ahí estaba todo, yo tenía 17 años y sentía que se me estaba escapando la tortuga”, agregó. “Ahí decidí que tenía que volver, hacerme cargo de mi historia y reconstruirla”. 

El año siguiente armó el bolso y se vino solo al país, a acompañar a su abuela y a conocer familiares para hacer su proceso de reconstrucción y búsqueda: “Ese primer año fue de los más difíciles de mi vida”, recordó. Empezó a relacionarse con toda su familia, sobretodo con su primo Diego, hijo de Manuela Santucho. “Hubo algo muy sencillo, muy común. No nos conocíamos, pero éramos dos pibes de 18 años que sentíamos un lazo afectivo como si siempre nos hubiésemos conocido”.

En ese momento Miguel se acercó a Abuelas: “Tenía mucho camino que recorrer todavía para poder aportar a la búsqueda de la institución”. 3 años después comenzó a participar de H.I.J.O.S.: “Para mí fue una etapa muy importante de mi vida; estuve militando desde 1996 hasta el ’99, cuando nació mi primer hijo”, contó. “Desde ese lugar pude reconstruir no solo el cautiverio de mi mamá sino también encontrarme con compañeras y amigas suyas para conocer un poco más”. 

“El primer momento que marcó mi militancia fue, sin dudas, el 24 de marzo del 1996: entrar a la plaza con la bandera de H.IJ.O.S., una plaza repleta, nunca antes la había visto así. La gente que se abría a nuestro paso, eso me ubicó en espacio y tiempo sobre lo que lo que estaba haciendo en Argentina”, explicó. Las relaciones entabladas con otros hijos e hijas también cambió su forma de relacionarse: “Estábamos hermanados por lo que nos había pasado”, detalló. 

Miguel se acordó de sus compañeras: Marina “La Galleguita” o Virginia Ogando, nieta de Delia Giovanola. Fue a partir de ella que logró entrar en comunicación con Alicia Carminatti, que conoció a su mamá por haber estado detenida en pozo de Banfield. 

“Ahora me doy cuenta que, lamentablemente, nuestro trabajo muchas veces no tiene una respuesta sobre lo que se está buscando. Es muy fuerte, es una situación de angustia terrible que alimenta la oscuridad y la perversidad que los genocidas, con sus métodos, lograron generar en todos nosotros. Es una situación de mucha intensidad”, dijo.

Miguel y su primo Diego lograron acceder a los lugares de cautiverio de sus madres. Estuvieron en Orletti cuando todavía no había sido recuperado como Espacio de Memoria. “En ese momento funcionaba un taller clandestino, donde trabajan inmigrantes en condiciones de prácticamente esclavitud”, recordó. “Le pedimos pasar a la persona que nos atendió el timbre, pero nos dijo que no se podía. Pero contó que, de noche, se escuchaban ruidos raros, ruidos de cadenas. Fue un hecho muy simbólico”. Miguel y Diego también fueron al Pozo de Banfield: “la sala de torturas era un cuartito muy chiquito”, recordó y agregó: “Es necesario poder reconocer en el espacio para poder vivir la realidad de los hechos”. 

Obviamente Miguel también tuvo la imperiosa necesidad de buscar a su hermano o hermana nacida en cautiverio. Por eso, en la agrupación H.I.J.O.S. ocupó ese lugar y formó la Comisión de Hermanos: “Era  un intento de colaborar y coordinar acciones con Abuelas para facilitar el encuentro de todos los hermanos y hermanas que estábamos buscando”.

6. La abuela luchona y esa gotita

Nélida Gómez de Navajas nunca dejó de pedir por su hija ni de buscar a su nieto o nieta. Miguel la acompañó. “Mi abuela pudo reconocer en mí esa voluntad de seguir buscando y me pasó todas las carpetas y cartas de búsqueda”, contó con orgullo. 

“No tener respuesta y no conseguir información es esa gotita que te carcome día a día. Va abriendo un surco de dolor, pero la única forma de poder sobrellevar es seguir buscando y buscando el camino de manera colectiva”, sintetizÓ. “Aunque no pude alcanzar esos objetivos me alegro por cada uno de los que lograron avanzar en este proceso”, dijo.

La abuela Nélida murió en 2012. Estuvo un mes internada y Miguel aprovechó ese tiempo: “Por primera vez en mi vida pude elaborar un duelo”, introdujo. “Por mucho tiempo tuve dificultades en expresar dolor, me costaba mucho llorar y esto un poco se revirtió. Pude mostrarle mi reconocimiento y todo el orgullo que tenía por lo que había hecho, la pude dejar ir en paz”, explicó. Una de las últimas voluntades de Nélida fue que sus restos se tiraran al Río de La Plata para poder encontrarse con Cristina, por la posibilidad que haya sido tirada allí. 

“Fue un largo camino de aprendizaje. Cada vez intento apuntalar más y hacerlo mejor. Esta experiencia colectiva va a trascender, lo que lograron las Abuelas de Plaza de Mayo es impresionante, abrieron camino para que nosotros podamos seguir la búsqueda, es impresionante, no tengo palabras”, agregó. 

7. “Yo sé que los imputados tienen la respuesta que mi abuela y yo buscamos toda nuestra vida”

Miguel Santucho declaró poco más de 1 hora y media frente a su cámara y a la vista de jueces, querellantes, abogadas, algunos pocos imputados y quienes acceden a la transmisión audiovisual. Para el cierre dejó las opiniones políticas y sus deseos para los responsables de lo que vivió junto su familia en el genocidio de la última dictadura militar. 

“Es importante que las condenas quede firmes y que no tengan impunidad biológica”, explicó con claridad y agregó al pedido: “Que los responsables de estos crímenes no puedan acceder a beneficios durante el cumplimiento de sus condenas, como la domiciliaria. Es inaceptable que se pidan libertades condicionales”, dijo y agregó: “hasta que no se esclarezcan los crímenes o no aporten lo que saben, no merecen acceder a ningún tipo de beneficio. Yo sé que los imputados tienen la respuesta a las preguntas que mi abuela y yo buscamos toda nuestra vida”, dijo taxativamente. 

“Lo que hago acá es el resultado de un largo recorrido en este compromiso que asumí con mis compañeros y compañeras: buscar hasta el último de estos hermanos y hacer justicia”, dijo para cerrar. “Esta perversidad de la apropiación de bebés no se pueden resolver ni terminar de elaborar. Es un delito que continua todos los días, es esa gota que cada día viene a lastimar nuestra conciencia”. 

El juicio se lleva a cabo a través del Tribunal Criminal N° 1 de La Plata y es transmitido en vivo por La Retaguardia y Pulso Noticias a través de www.juiciobrigadas.wordpress.com

Es melómano y amiguero. También es periodista, docente, trabajador cultural y militante. Nació y se crió en Necochea y ahora hace más de 15 años que corta por diagonales.

Su vicio lo lleva a la sección Cultura de Pulso, pero también se puede mover por Política, Interés General y Derechos Humanos. Hace trabajos radiales para la cooperativa y da una mano para la cuestión de recursos, suscripciones, cocinar para todxs o lo que pinte. Su moto y su ansiedad lo llevan a ser de lxs más puntuales del emprendimiento.

Traficante de stikers. Julia no se acuerda cuando decidió convertirse en periodista, pero a los 11 años escribió un cuento: un fideo de barrio armaba una revolución en la alacena para no morir en la olla. Ella cree que ahí empezó todo, y puede que tenga razón. Nació en Bahía Blanca, una ciudad donde hay demasiado viento, Fuerzas Armadas y un diario impune.
En 2012 recibió un llamado: al día siguiente se fue a Paraguay a cubrir el golpe de Estado a Fernando Lugo. Volvió dos meses después, hincha de Cerro Porteño y hablando en guaraní. Trabajó en varios medios de La Plata y Buenos Aires cubriendo géneros, justicia y derechos humanos. Es docente de Herramientas digitales en ETER y dio clases en la UNLP y en la UNLZ.
Tiene una app para todo, es fundamentalista del excel e intenta entender de qué va el periodismo en esta era transmedia.

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