La declaración del cura Sidders: machista, misógino, egocéntrico y charlatán

Este medio accedió a la declaración indagatoria que el 1° de diciembre el cura imputado por abuso sexual y corrupción de menores en La Plata hizo previo a su detención. Un cúmulo de expresiones que demuestran su cinismo. “Ahora soy una señorita, a los golpes”, graficó para defenderse

Por Estefanía Velo y Daniel Satur*

El “Padre Raúl”, como le dicen sus allegados, espera que el juez platense Carlos Crispo dicte su domiciliaria para irse a la casa de su hermana en Pilar (norte del Gran Buenos Aires). El pobre argumento para obtener ese beneficio es la necesidad de atención sanitaria para incorporar a su organismo vitamina B12. Desde el entorno de Rocío, quien lo denunció por los abusos sexuales agravados y corrupción de menores sufridos cuando era una niña en el Colegio San Vicente de Paul, aseguran que Sidders (de 59 años) puede tranquilamente realizar su tratamiento dentro de la cárcel.

Ya hace cuatro meses que Rocío y sus abogades presentaron la denuncia penal contra el cura Raúl Sidders, quien fue finalmente detenido con prisión preventiva el 1° de diciembre y luego alojado en la Alcaldía Petinatto de La Plata, donde ahora espera una resolución sobre su pedido de domiciliaria. Ese día, antes de ser esposado y enviado a la DDI platense, el cura declaró ante el fiscal Álvaro Garganta durante más de cuatro horas. 

En su extensa declaración, a la que accedieron estes cronistas, Sidders desmintió todo, desconoció y menospreció a su denunciante y hasta aprovechó para hacer campaña contra las mujeres y contra el derecho a la interrupción voluntaria del embarazo.  Además prendió el ventilador y nombró a otros curas.

Es una historia similar a la del excapellán del Servicio Penitenciario Bonaerense Eduardo Lorenzo, lo que denota que las autoridades eclesiásticas, especialmente el Arzobispado de La Plata al mando del bergogliano Víctor “Tucho” Fernández, aplican el mismo manual de procedimiento ante las reiteradas denuncias por delitos sexuales cometidos por sacerdotes de la arquidiócesis.

El sábado, precisamente, el Arzobispado hizo pública a través de un comunicado en su página oficial, la prohibición a Sidders de “evitar la celebración pública de la Misa”. Además le prohibieron “cualquier tipo de actividad que pueda involucrar a menores de edad”. Todo de forma “preventiva” y “hasta que se conozcan las conclusiones de la investigación en curso”.

En el mismo comunicado, el Arzobispado aprovechó para acusar al periodismo por dar “informaciones falsas y no debidamente chequeadas”, buscando desprestigiar a quienes desde medios locales y nacionales dan voz a denunciantes que acusan con coraje, y muchas veces en soledad, a la maquinaria encubridora de los abusos eclesiásticos. Pero fue el propio Tucho Fernández quien en los primeros momentos de la denuncia penal, quizás creyendo que todo jugaría a su favor, acusó de mentirosa tanto a Rocío como a quienes difundieron su testimonio.

¿Qué dijo Sidders ante el fiscal Garganta?

“Soy una figura pública, hace casi veinte años que cumplo servicios en esta ciudad”, arranca la declaración del cura, a la que accedió este medio. Desde el vamos, tratando de ponerse en el centro de la escena en pos de desprestigiar a quien lo denunció.

Sobre su paso por el colegio San Vicente (ubicado en 115 y diagonal 80 de La Plata), Sidders recordó que “en estos casi veinte años el colegio debe haber tenido más de 2.500 chicos por año desde el jardín hasta la técnica y la nocturna”. Tal vez apelando a esa “masa” de estudiantes busque dejar en minoría a Rocío. “Yo siempre estuve ahí en estos años, que fueron 18 a 20 años, cuando salió el decreto del monseñor (Héctor) Aguer”, detalló.

“Después tuve mi programa re picante en televisión, ‘Ave María Purísima’, y según me dijeron era el programa de cable religioso más visto de la provincia de Buenos Aires”, siguió contando su historia. Habla de un ciclo que duró dos años (entre 2012 y 2014), en el canal Somos La Plata y que estaba financiado por el entonces gobernador Daniel Scioli a través del Ministerio de Seguridad y que le valió, entre otras cosas, una denuncia ante el Inadi por sus reiteradas manifestaciones misóginas, homolesbotransfóbicas, machistas, xenófobas y fascistoides.

Sidders busca defenderse de las acusaciones sobre abusos apelando a lo bien que le fue en estos años con el poder político, judicial, policial y con la alta sociedad de la región. En ese marco reivindicó su rol como organizador del “Ejército de Blandengues”, con quienes según él hicieron recreaciones de “todas las batallas en el Fuerte de Barragán, se juntaban 40.000 personas y cruzábamos la ciudad con los chicos desde Los Hornos hasta el Fuerte de Barragan”. Eventos que eran auspiciados por el intendente de Ensenada Mario Secco.

Como parte de esas excelentes relaciones (recordemos que durante años convivió en la misma casa con el arzobispo Aguer), Sidders logró tener a su cargo “los campamentos a la Costa”, el reemplazo en las parroquias a otros curas (“nunca me dejaban estar quieto”) y hasta la fundación de tres capillas en Melchor Romero, “de paraguayos y bolivianos”, según relató ante el fiscal. 

Con orgullo reaccionario, Sidders también recuerda que sigue “siendo capellán castrense, también fui capellán en la base naval de Punta Indio. Yo hacía miles de quilómetros y nunca tuve un problema, en el San Vicente yo eduqué dos generaciones”, continuó. 

El cura Raúl Sidders en plena acción en una de las recreaciones de las Batallas en el Fuerte Barragan

¿No conoce a Rocío?

Estes cronistas publicaron una extensa entrevista a Rocío, la denunciante de Sidders. Allí la hoy adulta de 27 años detalló parte de los abusos sufridos a manos del cura y, tal como lo corroboraron sus pericias psiquiátricas, relató con coherencia las “confesiones” en la capilla y las actitudes en los recreos que claramente ubican a su agresor como un abusador sexual que hizo uso de su poder sobre una niña de 11 años creyéndose absolutamente impune. Sin embargo, Sidders afirmó ante el fiscal Garganta que a Rocío directamente “no la recuerda”.

El cura volvió a intentar diluir la presencia de su denunciante en una masa de niñas y niños a los que difícilmente podría recordar uno por uno. “En el San Vicente son cientos y cientos de chicos, al menos 2000 chicos por día ingresan. Yo vivía en el Arzobispado con el monseñor Aguer, iba al San Vicente a las ocho menos diez de la mañana, iba a la capilla y trataba de pegar una vuelta para mirar por los vidrios y que los chicos me vieran que estaba por si necesitaban algo, aunque al jardín no iba salvo que me llamaran”, afirmó.

Según su versión, él solo recorría los pasillos, iba a la capilla a rezar y luego, en el recreo, recorría los patios “y pasaba cerca de los chicos y les decía ‘quédate quieto’, acompañado de un golpe con la mano abierta en la parte trasera de la cabeza”. Y que en las misas dentro del colegio “había cien chicos por los menos”, quienes volvían todos a clase mientras él se iba al buffet antes de volverse al Arzobispado. Un lugar donde, según numerosos testigos, también invitaba a les niñes para ofrecerles comida o golosinas.

“En los años 2004 a 2007 estábamos todavía en época fundacional, no nos conocían a los sacerdotes, y yo iba por los más alejados, les daba a Jesús y les explicaba el orden natural”, relató.

Las mujeres y el aborto

En su declaración, Sidders tuvo la necesidad de posicionarse ante el aborto, cuya legalización está siendo debatida en estos días en el Congreso de la Nación . “Con el orden natural quiero decir que las cosas son como son, como Dios las creó, no como uno quiere que sea. Matar a un chico por nacer va a ser siempre un asesinato. Si uno pudiera decidir que está bien y que mal según mi voluntad, con eso logro pervertir el orden natural”, afirmó el cura acusado de crímenes sexuales.

Su posición sobre la interrupción voluntaria del embarazo es muy coherente con su misoginia. “Quiero aclarar que yo siempre fui muy arisco con las mujeres”, le dijo al fiscal Garganta, reconociéndose como “muy bruto”, tanto que le negaron ser capellán en el colegio rural de mujeres de Baradero. “Pero sí del de varones, y yo decía que no me jodan con la teoría del género y yo les decía que no era el orden natural. Incluso eso me lo decía el mismo Aguer, yo soy de trinchera y hay otros capellanes menos brutos para dedicarse a la mujer”, se sinceró.

Si algo faltaba, también habló mal de las mujeres hasta en las confesiones: “son complicadas, duran más en sus confesiones, empiezan a hablar de los pecados de sus hermanas, entonces yo iba directo a las tres preguntas. Entonces con esta metodología no se hacía largo, pero cuando terminaban iban y lo contaban a sus compañeros”, dijo el cura facho.

Sotanas y monaguillos

Teniendo en cuenta el motivo de su indagatoria, el fiscal Garganta le preguntó a Sidders cómo llamaba a las cuestiones sexuales en las confesiones de las niñas y los niños. Y el cura se despachó con más definiciones.

“Primero, nunca se pregunta sobre eso y menos con niños, y luego con los adolescentes no te hablan de eso. Segundo, si algún chico dice que tuvo malos pensamientos entre la niñez y la adolescencia, uno entiende que se refiere a cuestiones de ira, pero no de bragueta, nunca, porque la moral va después de la espiritualidad”, intentó explicar el hombre que, supuestamente tiene algo de vocación pedagógica.

En esa misma línea, a Sidders le preguntaron si en el patio usaba sotana. Vale recordar que una de las denuncias de Rocío refiere a abusos realizados a partir de que el cura le pedía que metiera sus manos en los bolsillos de la sotana. Respondió que sí, que usaba una como la que en ese mismo momento llevaba puesta, un hábito talar.

En el medio del patio sería una maniobra escandalosa si una chica me tocará. También escuché que dijeron que había un colchón en la sacristía. Me colgarían de las bolas en el San Vicente, porque no hablamos de 1950 sino de los últimos años, donde la relación entre la gente y el sacerdote en más llana”, explicó el cura. Nadie le preguntó qué quiso decir con eso de “no hablamos de 1950”. ¿Qué sabe de los abusos cometidos por los curas en aquellas épocas?

El acta de la declaración testimonial incorpora, en negritas, el siguiente párrafo: “se deja constancia que, ingresando las manos en los bolsillos de la sotana y direccionando las manos, se logra llegar a tocar la zona genital del declarante debido a la soltura de la prenda, y del mismo modo es posible llegar a la zona de la cola”.

Apelando a ser creíble, el cura aclaró: “ninguna mujer ingresaba a la sacristía de alumna, eran los varones lo que sirven al altar. Las mujeres sólo podían leer la palabra, sin desmerecer la liturgia de la palabra. Llegué a tener 50 monaguillos hasta antes de la pandemia, y nunca un gesto equívoco o que se me haya malinterpretado”. Cuánta misoginia.

Contrariamente a lo que declararon varias mujeres y hombres que recuerdan sus conductas, Sidders afirmó en la Fiscalía que nunca saludó con abrazos a las y los estudiantes y que como todo acercamiento sólo había un gesto paternal. “Venía la fila de chicos, así que yo los esperaba con la mano extendida y me daban una palmada en la mano. Lo único que hacía era el beso del cura en la cabeza”, dijo.

Amigos son los amigos. El sacerdote Rúl Sidders posa junto al exobispo auxiliar de La Plata, Nicolás Baisi (cen.) y el cura Cristian Viña (izq.)

Fuego amigo

En su declaración Sidders calculó cada palabra. Reacomodó varias veces su declaración cuando el secretario del fiscal leía la que parecía su última testimonial. Demostró acordarse detalles increíbles de algunas cosas y lagunas y olvidos de otras. Casi como si hubiera leído el manual de operaciones del Vaticano minutos antes de sentarse frente al fiscal Garganta. Por eso hay que leer en contexto su respuesta cuando su propio abogado Germán Oviedo le preguntó casi con inocencia “¿recuerda qué sacerdotes estaban en el colegio entre 2004 y 2007?”. 

“Había uno que ahora está en España, pero no me acuerdo el nombre. Pero el colegio tiene registro de quiénes concurrían, porque cuando terminaban se les daba un peso o estipendio. Luego también estaba el padre Bernardo Conte Grand, luego otro muy gordo, mendocino, que no me acuerdo el nombre. Y el párroco de Santa Teresita de Berisso”, siguió diciendo Sidders. También mencionó a Cristian Viña como uno de sus compañeros en la capellanía del colegio. Con él, otro reaccionario de manual, hicieron juntos el programa “Ave María Purísima”. 

Poco después su abogado le hizo otra pregunta, evidentemente preparada. “¿Los chicos lo apodaron en alguna oportunidad como ‘Frasquito’?”, le dijo el letrado. “Nunca”, respondió convencido Sidders. “Sólo me llamaban ‘el cura’ o Raúl. Me dijeron hace poco por los chicos del comercial de esa época que el cura a quien apodaban de esa manera es Bernardo Conte Grand, y coincide con la época de esta mujer. Quiero aclarar sobre él que es un buen hombre y que si hubiera pensado que hacía algo fuera de lugar hubiera intervenido. Los chicos cuando me contaron me decían: no saben mentir bien. Yo igual con Bernardo no volví a hablar más y no sé si sabe esto”. 

Esta vez sí le hicieron una repregunta. “¿Sabe el motivo del apodo ‘Frasquito’?” A lo que Sidders largó con certeza: “dicen que Bernardo es un hombre muy estricto y que dice que en el semen hay vida, que no hay que derramar la vida y por eso había que guardarla en un frasquito. Pero bueno, eso es lo que dicen los chicos. Si yo hubiera escuchado esa barbaridad hubiese tomado alguna medida y pedido explicaciones al cura”.

Fueron más de cuatro horas. De explicaciones detalladas de cosas que no hacen a la causa. De relatos de una existencia casi perfecta, gentil, impoluta. Más de cuatro horas en las que Raúl Anatoly Sidders, el “Padre Raúl”, el cura facho, Frasquito o como cada quien guste llamarlo intentó al máximo ubicarse bien lejos de los hechos y circunstancias de las que una mujer, hoy de 27 años, dio detalles precisos. Hechos y circunstancias confirmados por testigos que dieron la cara en la Fiscalía. Hechos y circunstancias que, según él, solo son parte de un plan para joderle la vida a él acusándolo de algo que no hizo y hasta detesta. Demasiada fantasía.

Hoy el cura está a la espera de que lo dejen ir a su casa a transitar su prisión preventiva. Cree que entre esas cuatro paredes y junto a su hermana estará más seguro y “libre”. Sin dudas es un beneficio que no se merece. Pero él sabe que mientras Rocío, sus abogades y quienes se solidarizan activamente en La Plata no bajen los brazos, seguirá estando preso y acusado de graves crímenes sexuales y corrupción de menores. Por eso, aunque hace rato ya no cree ni en Dios ni en las promesas divinas -pese a que hace uso de ellas para beneficio personal-, ahora no deja de rezar.

*Una producción de Pulso Noticias y La Izquierda Diario

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