Maradona en Gimnasia ¿parece mentira, no?

Foto: María Paula Ávila

El Diez asomó su cabeza por la boca del lobo y recibió el cariño de todo un pueblo que espera tenerlo como su salvador en medio de una situación muy compleja. La historia de una familia tripera de toda la vida que se llenó de emociones

Por Lucas Mazzuca

¿Parece mentira, no? decía Lili, mi mamá, una y otra vez mientras íbamos camino al estadio del Bosque, un camino que recorremos juntos hace por lo menos 30 años de los 32 y algo que tengo de vida. Es que, los primeros recuerdos que tengo de ir a ver al Lobo son con ella, cuando se abrían las puertas en los segundos tiempos. Era otra época. Mientras mi papá y mi hermano entraban a ver todo el partido, nosotros nos quedábamos por el zoológico o simplemente jugando por ahí para luego entrar en la parte final. Ayer, en ese camino al estadio pasamos a buscar a Leo, mi hermano y a un amigo. Y nos faltaba mi viejo que se fue de esta vida hace unos días no más. Luis fue el que nos transmitió este amor por Gimnasia. Sin decirnos nada, sin obligarnos a nada, nos hizo hinchas del club al que él siguió toda su vida.

Ese “parece mentira” de mi mamá traía también la ausencia de mi papá, y el cómo de repente la vida hace un cambio tan radical y reparte fichas para que todo vuelva a empezar: el viejo que ya no está y Maradona que es el entrenador de un Gimnasia que parecía otra vez knockout. No siempre un volver a empezar es la mejor opción o la que elegiríamos, pero es un inicio y no deja de ser un desafío saber transitarlo.

Quién iba a decir que nuestro Gimnasia, más cerca del descenso que de esa gloria esquiva a lo largo de su historia futbolística profesional, podía tener un día tan feliz en medio de semejante incertidumbre. El club con un lugar en el corazón del Dr. Favaloro recibió, justamente, a corazón abierto al héroe de todos. Sin importarle el jugarse un gramo de su interminable prestigio, acá está en La Plata, embarrándose los pies de nuevo para demostrar que tiene algo más que el resto de los mortales. Diego Armando Maradona quiere darle la caricia necesaria al Lobo para que se haga posible el milagro.

La cola para entrar arrancó desde temprano. Más que temprano, empezó el miércoles cuando el rumor ganó fuerza hasta convertirse en realidad. Una realidad que tapó al precio del dólar, a la grieta Macri-Fernández, a los amistosos de la Selección y al Boca-River de la semifinal de la Libertadores. Más de 2 mil socios nuevos y otros tantos que se pusieron al día únicamente para verlo a él en el Tripero, colapsaron la sede sin que ponga ni un pie en el club.

Las tribunas se colmaron, desde los tablones hasta la nueva platea. Desde los chicos que con banderas y la 10 en la espalda preguntan a cada rato “papá, ¿quién es?” hasta los mayores de 50 que vieron cada una de sus hazañas. Pero, ¿se puede ser fanático de algo que uno no vio? Eso ya es una cuestión religiosa y todos los que se movilizaron al Juan Carmelo Zerillo fueron fieles detrás de un mismo hombre. Un hombre al que racionalmente no le perdonarían ni uno solo de todos los errores que cometió a lo largo de su vida personal. Pero, como dijo alguna vez Sacheri “aunque tengo perfectamente claras esas cosas, no puedo cambiar mi actitud. Sigo siendo incapaz de juzgarlo con la misma vara con la que juzgo al resto de los seres humanos. Tiene muchos defectos. Pese a todo, señores, sigo sintiéndome incapaz de juzgarlo. Mi juicio crítico se detiene ante él, y lo dispensa”.

A las 13.53 el aire cambió. Mientras el cuerpo técnico daba sus primeros pasos, el mejor jugador de todos los tiempos asomó su cabeza por la boca del lobo. El humo azul y blanco cubrió la popular y el “olé, olé, olé, olé, Diego, Diego” se adueñó del aire para decirle gracias por venir. Con su llegada salió el sol que todo el pueblo tripero esperaba. En la mitad de la cancha y rodeado por todo el plantel, pronunció su primera arenga a las más de 20 mil personas y a todas las almas de los que ya no están pero siguen yendo al Bosque en el recuerdo de los suyos. “Dejar la vida”, afuera y adentro de la cancha, fue la premisa.

Y fue en ese momento que compartí varios sentimientos con Diego Armando Maradona. Va, que compartimos también con mi vieja y mi hermano. Primero porque ahora es hincha de Gimnasia como nosotros. Gritó “dale Lobo”, “vamos Gimnasia”, “dale Lobo viejo nomás”. Y segundo y más movilizante así como el propio Maradona dijo que se le apareció La Tota, su mamá, cuando salió a la cancha, para nosotros apareció Luisito. Mi hermano no pudo contener las lágrimas y los tres nos abrazamos en medio de una tribuna colmada pero que en ese momento parecía que era solo de nosotros tres y de mi papá. Y que adentro sólo estaba Diego con su mamá.

(Sin ponernos de acuerdo, con mi hermano hicimos la misma foto sosteniendo el carnet de nuestro viejo)

“Yo a la plata me la gano corriendo, así lo hice toda mi vida”, tiró Diego Armando, emocionado hasta las lágrimas y agradecido a sus padres Chitoro y Doña Tota. La rodilla derecha, la que se bancó las patadas y fue operada hace poco, no se lo permite, pero sino ya le hubiese pegado varias veces de zurda contra el arco que da a la popular. Sin embargo, no pudo contenerse y le tiró un caño al vicepresidente del Lobo. Eso sí: nada del carrito de golf para moverse. Caminó, dio una media vuelta para retribuir tanto cariño y después, mientras el plantel entró en calor, se sentó en una heladerita ‘a lo Bielsa’ para bajar las revoluciones y charlar con sus ayudantes.

Una vez que la espuma bajó un poco apareció el Diego DT. Supervisó bien de cerca la entrada en calor, les dio órdenes a los profes, se dio una vuelta por el calentamiento de los arqueros y pasó a ver cómo iba la puesta a punto del colombiano Janelier Rivas. Todo sin dejar de abrazar infinitamente al cariño del público. La práctica de fútbol con tres equipos la siguió de cerca Sebastián Méndez, su mano derecha. Después, a la hora de las tareas de definición, el Pelusa fue uno de los pasadores de lujo para sorpresa de todos.

El tiempo dirá si Gimnasia se salva o no del descenso aferrado a su mano. La historia de amor entre Diego y el Lobo puede durar dos partidos o dos años, si su vida es una tómbola y la de nosotros los triperos también lo es. Además, no todas las historias de amor duran toda la vida.

Pero la alegría de verlo otra vez en el fútbol argentino no tiene precio. Y la felicidad que nos generó a los gimnasistas será recordada toda la vida. Nunca en Gimnasia se había dado tanta unidad, tanta algarabía sin una pizca de sufrimiento. Como dijo Víctor Hugo en el relato del mejor gol de todos los tiempos: “gracias Dios, por el fútbol, por Maradona y por estas lágrimas”.

Nunca salimos campeones de un torneo regular y profesional, estamos últimos en la tabla de los promedios y de las posiciones, así y todo nos las ingeniamos siempre para festejar. La salsa de los que tienen poco pero bailan igual… Ayer fue una fiesta, ¿parece mentira, no? Parece, pero es verdad.

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