Cannabis: De amor y de sombra

Encontró en el aceite de cannabis la mejoría para sus tres hijos enfermos. Lo llevaron al Penal de Olmos por dos plantas que cultivó en su patio para poder obtenerlo. Ahora, con prisión domiciliaria y sin derecho al trabajo, espera el juicio que puede condenarlo entre 5 y 15 años de cárcel y dejar a su familia sin sustento

Por Ezequiel Franzino | NOTA PUBLICADA EN MAYO DE 2019 en Pulso Noticias

Cristian Ferrara recorre los ambientes de su casa en bermudas y Crocs. Hace quince meses que anda en sandalias y no sabe qué hacer. Va del patio a la cocina. Se tira un rato en la cama. Mira un poco de televisión. Ordena. Los días se le vuelven eternos. En la vereda, la camioneta F-100 con la que hizo fletes durante quince años está parada y se sigue destartalando. No está jubilado, no está de vacaciones, ni con carpeta médica: está cumpliendo una prisión domiciliaria. ¿El delito? Tener dos plantas de marihuana en un patio de cemento y producir aceite de cannabis para paliar las enfermedades de tres de sus cuatro hijos. 

“Nosotros encontramos la vida con el cannabis. Se lo voy a decir al juez y a quien sea. No plantaré más en mi casa, pero lo voy a seguir haciendo en algún otro lugar. Antes mis hijos no tenían vida y no quiero volver a eso, ni quiero que se lastimen, ni que estén babeando por las pastillas. Encontramos un alivio y pensamos que los habíamos recuperado”, dice Cristian a Pulso Noticias.

El 17 de octubre de 2017, una brigada de la bonaerense entró a su casa de Calle Génova entre 156 y 157 de Berisso y secuestró dos plantas madres de cannabis, 17 brotes que rotularon como 25 esquejes, diez gramos de semillas, una balanza – supuestamente de precisión que uno de sus hijos utiliza en un taller de repostería al que asiste- , un gotero de aceite de cannabis, y $5.125 pesos.

La policía preguntó dónde estaba la droga, la guita y las armas.  Más que lo trataran como si fuera un capo narco, a Cristian le llamó la atención que lo llamaran  “Sombra”, aquel mote que tenía en las calles de Berisso cuando todavía era un adicto a las drogas duras. También le sorprendió que fuera famoso entre los agentes, siendo que nunca en su vida había cometido un delito: nunca robó, nunca vendió drogas, nunca pisó una comisaría, hace diez años que está limpio y que acude regularmente al tratamiento del CPA, donde todavía no recibió el alta. Mientras pensaba en todo eso, le destruyeron la casa. Después se lo llevaron detenido: pasó dos días en la DDI de Ensenada, diez en la comisaría Nº 11 de Ringuelet, y de ahí fue a parar al penal de Olmos, donde estuvo otros dos meses. 

Entre tanta mala, apareció un abogado que a cambio de 150 mil pesos le prometió la libertad inmediata. Mientras Cristian pasaba los días en la cárcel, su esposa desde hace veinte años, Consuelo Navarro, vendía un Fiat 147, pedía plata a familiares y amigos, y sacaba préstamos que tendrá que pagar hasta el año 2025. Aunque llegaron al monto acordado, su representante legal no hizo nada: ni siquiera presentó los certificados de salud de los chicos que comprueban que realizaban la actividad por una cuestión terapéutica. Su causa avanzó, y hoy está en el Tribunal Oral en lo Criminal Nº I. Por estos días lo defiende una abogada oficial, en una causa que está caratulada como venta de estupefacientes y que tiene fecha de juicio para el 11 de noviembre.

Desde la Campaña Nacional Contra la Violencia Institucional, un organismo de Derechos Humanos que interviene generalmente en causas armadas, intentan darle una mano. La primera vez lo ayudaron con una acción inmediata de Amparo para que lo atendiera un odontólogo, cuando tuvo una infección en tres muelas y los del Servicio Penitenciario no lo pasaban a buscar por su casa para llevarlo a una guardia. Ahora, según explicó uno de sus coordinadores de la Campaña “estamos buscando desanudar esta causa que está muy bien armada por la Policía y por la Fiscalía. En la Fiscalía siempre interviene la Secretaría de Estupefacientes, que está bien ducha en armar procesos o en corroborar lo que la Policía arma. Ellos buscan alguna plantita y te caen como si fueras narcotraficante”, explicaron.

Sin Consuelo

El único consuelo que le queda es su nombre. Consuelo Navarro tiene 41 años, pero parece de cincuenta y largos. Aunque diga que todo esto la encontró fuerte, se la ve destrozada. No es para menos: durante más de diez años recorrió hospitales con sus tres hijos enfermos, gastó fortunas en cócteles de drogas que distintos médicos le recetaron para tenerlos dopados todo el día, e hizo lo imposible para mejorarles su calidad de vida. Ahora que había encontrado algo de calma, tiene preso a su marido.

El martirio empezó en 2006, cuando a su hijo Daniel (17), que por entonces tenía cuatro años, le diagnosticaron un retraso mental y más tarde esquizofrenia. Le recetaron ocho pastillas, entre psicofármacos, estabilizadores, antidepresivos y anticonvulsivos, que poco hicieron por la salud del niño. Con el paso del tiempo, algunos de esos fármacos le despertaron hipertensión y prediabetes.

En la escuela Daniel era el raro, el gordo, el excluido. Sin amigos, sin nadie que lo invitara a un cumpleaños, y con voces interiores que lo perseguían invitándolo a matarse, cuando tenía 12 años se tiró en el medio de la Avenida Montevideo para que un colectivo lo pasara por encima. Lo salvó una profesora. En su casa tuvo otro intento de suicidio, y en otra oportunidad atacó brutalmente a su madre. Después de este último episodio, la psiquiatra que lo atendía les recomendó a Cristian y a Consuelo que cuando cumpliera 18 años lo internaran en el Hospital Neuropsiquiátrico de Romero.    

“Lo que más me dolió no fue la agresión física, sino lo que yo sentía como madre, acá adentro. Yo dije que de ninguna manera iba a internarlo, que lo iba a salvar como sea” dice Consuelo que llora pero no se quiebra, “ahora que encontramos algo que funciona (por el cannabis) nos cae  todo esto y otra vez nos aplastan. Uno encuentra una luz, ve que sus hijos están bien, y nos castigan. Es como si no tuviéramos derecho a estar en paz”, agrega Consuelo.  

La salvación

Después de probar con todo tipo de medicamentos y terapias alternativas, la familia Ferrara llegó al cannabis medicinal en 2016. De hecho, al momento de la detención de Cristian, recién habían realizado la segunda extracción. Y no fue por la salud de Daniel que se iniciaron en este camino, sino por el tercero de sus hijos, Lucas (13), que producto de su autismo severo no hablaba una palabra, se hacía encima y se autoagredía. 

En la Escuela de Equinoterapia de Berisso a la que aún llevan a Lucas, una mujer le preguntó a Consuelo si conocía Mamá Cultiva, la fundación sin fines de lucro que tiene por objeto agrupar a madres de niños con epilepsia refractaria, cáncer y otras patologías, que descubrieron en las terapias con aceite de cannabis una mejoría en sus hijos que no habían encontrado con la medicina tradicional.  

“Esta mujer me dijo que estaba probando el cannabis con su hijo y que había notado grandes avances.  Yo dije, vamos para adelante. Empecé a ir y me extrañaba que todo fuera tan oculto. Las inscripciones eran por teléfono y a último momento nos decían la dirección. Yo pensaba qué raro. Me preguntaba por qué nos escondíamos tanto. Ahora entiendo. Porque no es legal”, dice Consuelo.

Aunque desde 2017 rige en nuestro país la ley 27.350, que habilita el uso del cannabis medicinal y garantiza el acceso gratuito al aceite exclusivamente para casos de epilepsia refractaria, el autocultivo no fue contemplado en la legislación, motivo por el cual la actividad continúa siendo ilegal. Por estos días, los concejales platenses estudian la posibilidad de adherir a la Ley Nacional, y de sumar la creación de un registro local de autocultivadores, algo que resulta fundamental para no criminalizar las tenencias de drogas para uso medicinal.

A consuelo poco le importó la legislación: el efecto que produjo en Lucas el aceite confeccionado con una planta de cannabis sativa fue inmediato. En la primera semana de toma, con cuatro gotas diarias, ya lo notaban más calmado.  El milagro ocurrió quince días después de haber comenzado el tratamiento: Lucas se acercó a su mamá y le dijo que la quería mucho. Esa fue la primera vez en trece años que le escucharon la voz. Al tiempo, por recomendación de su médica de cabecera, empezaron a quitarle algunas medicaciones, como por ejemplo el Topiramato, que es antiepiléptico y estabilizador del estado de ánimo. 

“Queríamos hijos que piensen, que actúen por sí mismos, que interactúen con nosotros. Somos papás, no tenemos el libro de lo que hay que hacer, pero con todo lo que nos tocó vivir nos fuimos volviendo especialistas en las patologías de nuestros hijos”, dice Consuelo.

Con el exitoso caso de Lucas, Consuelo y Cristian empezaron a probar con Daniel. Por su patología y por su contextura física, les recomendaron que produjeran un aceite a base de una cepa índica. Y así lo hicieron.

Desde que empezó a tomar sus seis gotas diarias de aceite de cannabis, Daniel ya no escucha voces, asiste a una escuela agraria donde está integrado y donde completa el secundario. También va a Casa Elina, un lugar en el que promueven la salud colectiva recuperando el lazo social, donde completa un taller de repostería.

“De pronto empezó a preguntarme si le enseñaba a hacer bizcochuelos. También empezó a preguntar si necesitaba ayuda en algo, a comunicarse con nosotros, a mostrar sus sentimientos, siendo que antes era un chico cerrado. No te digo que sale a bailar, pero él se siente más tranquilo, siente que está bien”,  explica Consuelo.  

Luego siguieron con Ángel, que por su retraso cognitivo y sensorial no controlaba la fuerza, sus emociones, y los ruidos agudos lo atormentaban. Las dos gotas diarias del mismo aceite que tomaba Lucas, y la continuación de sus terapias, también provocaron efectos positivos en el más chiquito de la familia.

“Si el infierno que  vivimos nosotros sirve para que otros papás no sean criminalizados, entonces esto lo vivo con gusto”, asegura Consuelo.

Hasta el final, el final    

Desde que Cristian cayó preso y le quitaron la posibilidad de trabajar, la familia Ferrara sobrevive gracias a los trabajos de costura que hace Consuelo, y a los productos de limpieza que vende por litro. También algunos comerciantes del barrio le separan  alimentos no aptos para la venta o verduras picadas, que ellos disfrazan para poder servirles a sus hijos un plato de comida.

Además, tienen alquiladas el frente y el fondo de la casa. Con la nueva redistribución de la vivienda, en lo que alguna vez supo ser el garaje hoy está el taller de Consuelo, la computadora, y las dos cuchetas en donde duermen Daniel, Lucas, Ángel y Roque (14), el único de los cuatro hijos que no padece ninguna patología.

Amontonados, los seis integrantes de esta familia pasan las 24 horas del día juntos en tres ambientes. La convivencia no es fácil, y hay veces en que el clima  se  pone denso y hostil. Sin embargo, a su manera, tratan de aprovechar al máximo y de compartir todo lo posible. “Cada día que pasa pienso que no llegue nunca el 11 de noviembre. Si de pronto los jueces tienen un mal día y lo condenan a diez o quince años, yo ya sé que a Cristian no lo veo nunca más”, dice Consuelo. 

En caso de que efectivamente lo condenen, el matrimonio ya consensuó una medida drástica. “No voy a hacer sufrir de vuelta a toda mi familia. Si van a sufrir que sea por última vez. Yo me mato” dice Cristian y lloran los dos.  

Con todo el dolor del alma, ella lo apoya: “es difícil porque uno puede cuestionar, pero lo entiendo también. Él es el que lo vive, así que lo acompaño. Es horrible, pero tampoco puedo ser tan egoísta de negarle esa posibilidad de libertad, porque en ese acto él va a poder encontrar la libertad que le niega la justicia por querer salvar a sus hijos”, concluyó Consuelo.

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