“Las lesbianas tenemos mucho para aportar a la lucha feminista”

Foto: María Paula Ávila

El 7 de marzo de 2010 la Pepa Gaitán fue asesinada por ser lesbiana. La fecha se transformó en el Día de la Visibilidad Lésbica, y Pulso Noticias dialogó con dos activistas platenses, que contaron sus luchas y afirmaron: correrse de la categoría de mujer es un “acto político”

La Pepa Gaitán era hincha de Belgrano, la mayor de cinco hermanos y la favorita de su papá. Tenía 27 años y muchas ganas de terminar el secundario, pero el 7 de marzo de 2010 la mataron por lesbiana. Daniel Torres, el padrastro de su novia, le disparó con la escopeta en su Córdoba natal, barrio Parque Liceo. “La dejaron morir como un perro, no solo por salir con otra chica, sino también por ser pobre”, dijo su mamá. La abandonó la Policía y el Poder Judicial, pero no pudieron evitar que se convirtiera en bandera. Desde entonces, cada 7 de marzo, las lesbianas de nuestro país (las chongas, las tortas, las pibas y no tanto) salen a la calle a gritar, a besarse y a celebrar el Día de la Visibilidad Lésbica.

Disputas y rupturas

“En el juicio, el padrastro alegó que la Pepa le disputaba su espacio de poder como hombre, porque ella era una lesbiana masculina, conocida como chonga. Este caso muestra qué sucede con las identidades lésbicas cuando lo que hacen es interrumpir el código de lectura de lo que tiene que corresponder a un sexo y género determinado. ¿Qué pasa cuando nacés con vagina y no te identificás con la categoría mujer, ni tampoco heterosexual?”, señala Canela Gavrila, histórica activista de nuestra ciudad.

Para Loreley, de la agrupación Arde Pandora, “la visibilidad es una herramienta para salir a las calles y levantar la voz. Pero además, es una apuesta política que busca resistir al sentido común de pensar que se es mujer sólo por la genitalidad, por compartir la vulva y un par de tetas. Ser lesbiana no es sólo una orientación sexual, es una forma de vida, y queremos mostrar nuestra historia, nuestra experiencia, que no es igual a la de las mujeres heterosexuales”.

Los relatos de ambas activistas se cruzan en una consigna: las lesbianas no somos mujeres. Para Loreley, “las lesbianas rompemos con la idea de la biología como constitutiva de las personas”, y Canela señala: “La visibilidad es una pequeña estrategia, pero el acto político de ser lesbiana y correrse de la categoría mujer, supone una ruptura mayor, que es cuestionar el orden social en el que vivimos y el orden disciplinante que hay sobre nuestros cuerpos, en función de un modelo productivo y reproductivo que impone este capitalismo heterosexista y colonial”.

El movimiento LGTB en el feminismo

Loreley entiende, también, que “poder decir quién sos”, ese momento inicial, es una experiencia de las lesbianas compartida con maricas y trans, pero no con mujeres. “Ser expulsada de tu casa y tener que autosustentarte, sobrevivir y reconstruirte, no te sucede por ser heterosexual. Esas experiencias y luchas son propias del movimiento LGTB”, explica.

“Más allá de la discusión por el aborto legal, el movimiento feminista se mete en todos lados y permite el debate sobre la posibilidad de elegir qué vida queremos, si deseamos ser madres o no, cuáles son nuestros vínculos y las violencias que nos atraviesan. Es un momento para revisar nuestras vidas, individuales y colectivas en tanto activistas, y para ello, hay una historia común y una gran experiencia detrás”, señala Loreley, y agrega: “Por eso, cuando las lesbianas, trans, travestis y maricas pedimos ser escuchades, no expulsades de las luchas compartidas con las mujeres heterosexuales, es porque el movimiento LGTB y en particular las lesbianas tenemos mucho para aportar a la lucha feminista. Por ejemplo, para pensar una existencia por fuera de la identidad política e histórica de los varones”.

Por una historia de las tortas platenses

Historiadora, Canela Gavrila es consciente de la necesidad de reconstruir las luchas por la visibilidad. En Argentina, a partir de la publicación de Cuadernos de existencia lesbiana, “a principios de los años 90 empieza a producirse una cultura específica lésbica, no sólo para la visibilidad, sino como punto de encuentro y reconocimiento con otras lesbianas. Porque podés tener el deseo, pero si es invisible, si está segregado, no hay encuentro”, remarca.

En La Plata, “ese proceso se dio más tarde, a mediados de la década del 2000 y tras el asesinato de Sandra Ayala Gamboa. Las colectivas empezaron a juntarse, y en una de ellas, Las Mariposas Mirabal, había muchas lesbianas, entre ellas Ayelén Aramburu, que tenía contacto con Capital Federal y muchas lecturas que las tortitas más chicas no teníamos. Así se formó Malas como las Arañas, que impulsó al activismo lésbico y disidente a partir de entonces, y fue un gran motor de la lucha”.


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