La caravana del dolor y la (des)esperanza

En los últimos meses, miles de hondureños, salvadoreños y guatemaltecos debieron dejar sus países para escapar de la muerte y la pobreza extrema. Solos o con sus familias, recorren miles de kilómetros en busca de un futuro que no asoma sencillo. En diálogo con Pulso Noticias, la especialista en migraciones Laura Bogado intenta explicar un fenómeno marcado por la violencia organizada, la corrupción y una comunidad internacional indiferente

Por Lautaro Castro

Cuando la vida corre peligro, no hay demasiado margen para la especulación. Cualquier duda o vacilación puede resultar fatal. Y esa situación límite obliga, muchas veces, a actuar con rapidez antes de que sea demasiado tarde. Ese sentimiento atraviesa hoy a quienes forman parte de la llamada “Caravana Migrante”, integrada mayormente por ciudadanos de Honduras, Guatemala y El Salvador, quienes decidieron abandonar sus hogares para buscar paz y un futuro mejor en Estados Unidos.

Se estima que, en los últimos dos meses, unas 30.000 personas dejaron su tierra y se sumaron a la oleada migratoria, iniciada el pasado 13 de octubre en San Pedro Sula, al noroeste de Honduras, y que luego tuvo su réplica en los países vecinos. En la mayoría de los casos el motivo es el mismo: la escalada de violencia que, comandada por grupos criminales conocidos como “maras”, mantiene de rehén a los pobladores.

“Es un escándalo la cantidad de asesinatos que ocurren semanalmente en Honduras y Guatemala por organizaciones vinculadas a todos los tráficos posibles: drogas, personas, armas. Muchos de los que huyen han sido amenazados por estos grupos, y lo hacen sin documentación o sin conocer que existe la posibilidad de solicitar algún refugio”, señala Laura Bogado, docente en la Facultad de Ciencias Jurídicas de la Universidad Nacional de La Plata y especialista en migraciones del Instituto de Relaciones Internacionales de la casa de altos estudios.

Más allá de que la violencia es la principal razón del éxodo centroamericano, existen otras como la extrema pobreza y la falta de oportunidades, consecuencia directa de administraciones históricamente “fallidas”. Bogado lo explica: “En Honduras, por citar un caso, el 68% de la población es pobre. Este país, como Guatemala, Haití y muchos otros, tiene índices de desarrollo humano muy alejados de la media en América del Sur. Desde hace décadas hay mucha dificultad para poder organizar un gobierno –del signo que sea- que implemente una política que pueda mínimamente mejorar las condiciones de vida de la población”.

¿Por qué siempre se ha dado este escenario en Centroamérica?

Por la corrupción que está permanentemente latente en estos estados, pero también por las políticas liberales que llevan adelante. Por ejemplo, en El Salvador, 800 familias indígenas fueron desalojadas porque el gobierno decidió vender ese territorio para hacer un hotel all inclusive. O también ocurre que existen zonas donde hay plantaciones de palmas que mantienen cierto equilibrio ecológico y son taladas completamente para construir resorts. Son políticas que realmente no se entienden, ¿cuál es la salida que le queda a la gente sino es huir?

Si bien para muchos migrantes escapar supone la única opción posible, ellos inician un camino plagado de dificultades. No sólo por los peligros a los que se exponen durante el trayecto, sino también por las restricciones que encuentran, sobre todo en Tijuana, en la frontera de México con Estados Unidos. Allí muchos indocumentados se resignan a ser deportados por las autoridades. Otros, en cambio, están dispuestos a jugar una carta más con tal de llegar a destino, sin importar las consecuencias.

Por la frontera de Tijuana pasa “La Bestia”, un tren de carga que está en marcha permanentemente y al que se suben los migrantes con la intención de cruzarla. Nunca se detiene a levantarlos, sino que ellos mismos se montan en pleno movimiento. La jugada no siempre sale bien: muchos pierden extremidades en el intento o incluso mueren. “¿Hasta dónde tiene que estar sometida una persona a una situación crítica para arriesgar su vida y la de su familia?”, se pregunta Bogado.

No obstante, la especialista prefiere aclarar dos cuestiones. La primera, que no todos los migrantes necesariamente llegan a una situación angustiante. “Muchos consiguen trabajo en México y se instalan, sobre todo en el interior, donde hay varios pueblos que los alojan e integran”. Y la segunda, que existen familias que salen de sus países organizadamente: “Se suman a la caravana, pero con alguna perspectiva, algún dinero ahorrado y la documentación para poder atravesar las distintas fronteras. Generalmente tienen algún vínculo en México o EE.UU. que posee residencia en esos países”.

¿La comunidad internacional o a nivel regional se ha comprometido a actuar con respecto a esta problemática?

Existen declaraciones que no son más que manifestaciones de apoyo y solidaridad para con los migrantes. En la OEA –de la cual Estados Unidos es parte- el Acuerdo de la Declaración de Cartagena amplía la categoría de refugiado a personas que huyen de situaciones violentas en sus estados. Si EE.UU. se adhiriera, todos estos migrantes podrían ser aceptados. Y es acá cuando el poder soberano prevalece y chocamos con un derecho internacional que es muy difícil de aplicar y se incumple permanentemente. Los países son bastante egoístas en el sentido de decir: “Bueno, pero yo también tengo mis propias problemáticas internas”.

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