La madre de todas las desdichas

Delia Gamarra tiene 67 años y trabajó como productora agrícola durante gran parte de su vida en condiciones que rozaban la esclavitud. Al jubilarse, abrió un comedor en El Peligro donde hace malabares para darle de comer a 120 personas. Junto a cientos de vendedores ambulantes, reclamó por su dignidad en el Feriazo que se organizó en Plaza Moreno

Por Ezequiel Franzino

La Plaza Moreno está colmada de feriantes, productores de verduras, mujeres que manejan comedores y cooperativistas a los que les arrebataron la posibilidad de ganarse el mango en tareas de mantenimiento de escuelas. En este “Feriazo” de la economía popular brotan los reclamos: se pide que se deje de perseguir a los vendedores ambulantes, se le exige al Municipio que genere espacios comunes donde puedan proliferar las ferias y se reclaman puestos de trabajo dignos. Las más de 300 personas que están aquí se están muriendo de hambre. Y eso que Delia Gamarra hace malabares para darle de comer a la gente.

Entre senegaleses que bien conocen de persecución, puestos de ropa y alimentos que se montaron sobre la plaza y productores del cordón frutihortícola de La Plata que venden sus productos a mitad del precio al que se consiguen en las verdulerías, ahí está Delia Gamarra, que se encuentra ofreciendo panes caseros para ver si puede obtener algo de dinero que le ayude a llenar la olla de su comedor ubicado en El Peligro. En ese lugar situado en la Ruta 2 a la altura del kilómetro 45, desde hace 17 años esta mujer les da de comer a más de 120 personas por día. Antes iban sólo chicos, pero ahora asisten hombres, mujeres, ancianos. Todos necesitan su ración y esta señora de 67 años no da abasto: los cuatro mil pesos que el Municipio asigna para comedores no alcanzan para nada.

“Cada vez viene más gente a comer y no podemos darles a todos. Tengo que sacarle un poquito a uno para poder darle a otro. Algunos chicos me dicen si les puedo dar más comida para llevarle a su mamá y eso me parte el corazón. A veces a la noche lloro por la bronca que me da todo esto”, dice Delia, que tiene 67 años pero aparenta muchos más. La mujer tiene la piel curtida y las manos arruinadas de haberse pasado décadas bajo el sol, cosechando todo tipo de verduras.

En el cuerpo de esta jubilada que cada mañana prende el fuego para cocinar a leña kilos de guiso, polenta con arroz o lentejas para los que menos tienen, están impregnados todos los reclamos y todas las injusticias. Durante largas décadas, como una esclava, tuvo que trabajar la tierra a sol y a sombra para dividir ganancias con su patrón. Así crío a sus cuatro hijos, que por las circunstancias también tenían que trabajar en la quinta al salir de la escuela. “No podíamos tener peones porque lo que ganábamos no alcanzaba para nada. Íbamos a medias con el patrón, con el dueño de la tierra. Aunque diluviara ahí teníamos que estar, si no el patrón nos mandaba patita a la calle”, recuerda con dolor.

Este pasado de Delia es el presente de muchos de los productores del cordón frutihortícola de La Plata. De hecho, por la suba del dólar, la inflación y las boletas de luz que en algunos casos llegan a los 30.000 pesos, varios trabajadores de la tierra abandonaron las quintas y se mudaron a diferentes villas de la ciudad. Así lo asegura Albina Vides, presidenta de la Asociación de Medieros y Afines (Asoma): “Muchos dejaron de ser productores y los que alquilaban pasaron a trabajar a porcentaje. Estamos en una situación muy complicada. Estamos pagando entre 8.000 y 10.000 pesos por hectárea al mes. Así no se puede seguir”.
Y cuando parece que nada puede ir peor, Albina cuenta las condiciones en las que viven: “Al ser arrendatarios tenemos prohibido hacer nuestra casita de material, se nos prohíbe que los chicos estén afuera de la vivienda, o poder criar un perro. Nos prohíben poder festejar los cumpleaños de nuestros hijos”.

La tarde cae en La Plata y Delia, que no logró vender todos los panes y que los convidará mañana en el comedor, comienza a juntar sus pertenencias para emprender el regreso hacia El Peligro: “No sé en qué va a terminar todo esto ni dónde vamos a ir a parar”, dice antes de ir a tomar el colectivo.

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