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sábado 03-12-2022

Valeria del Mar Ramírez: la potencia y la valentía de la primera travesti querellante en un juicio de lesa humanidad

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En la audiencia 88 del megajuicio por las Brigadas de Banfield, Quilmes y Lanús, declaró Valeria del Mar Ramírez, la primera querellante travesti-trans en dar testimonio en un juicio de lesa humanidad. Realizó un histórico aporte a la memoria. Exigió justicia y recordó a sus compañeras que eran secuestradas y torturadas en Camino de Cintura: La Hormiga, La Mono, Vicky, La Andrea, Susana, La Patona, La Romina y La Perica

Valeria cierra los ojos. Cuando recuerda, cierra los ojos. Algo pasa con quienes dan testimonio cuando comienzan a declarar. Se transportan. Cambian las caras, la mirada se va a algún lugar del pasado que, después de la visita ocular del martes pasado, pudimos ver en qué calabozo quedaba. 

Es martes por la mañana, la audiencia 88 del megajuicio de las Brigadas, y lo que está haciendo Valeria es algo histórico. Es la primera testiga travesti-trans que se suma como querellante en un juicio de lesa humanidad. Nunca antes había pasado.

“Yo trabajaba en Camino de Cintura, en ruta 4, entre Seguí y la Rotonda de Llavallol. Ahí conseguí una plaza, las compañeras me consiguieron una plaza y, aparte de eso, tenía que pagarle al jefe de calle. Mi trabajo era ejercer la prostitución, hoy diría que era trabajadora sexual. En ese momento éramos prostitutas”, inició su relato. 

Hay muchas cosas que las está contando por primera vez: “Tenía miedo de que no me creyeran, tenía miedo, tenía vergüenza. Es muy fuerte todo lo que me hicieron”. Valeria declara cómo la secuestraron dos veces. Una a finales de 1976 y otra a principios de 1977. “La primera vez éramos 14 o 15 las que trabajábamos en esa ruta, del lado de Llavallol. A la Hormiga, a Romina y a mí nos llevaron a Banfield. El patrullero nos iba derivando a donde nos tocaba. Entramos por la esquina, que era la comisaría, y entramos por una salida, por abajo, a los calabozos. Ahí estuvimos dos días. Después de esos dos días nos llevaron a Tribunales de Lomas (de Zamora), y cuando nos daban la libertad, nos llevaban a Llavallol a retirar las pertenencias”. 

La segunda detención fue a principios de 1977. “Yo llegué y Romina ya estaba. Serían las 8 o 9 de la noche. Ella a veces se quedaba cuando había poco trabajo. De repente para un Ford Falcon, se bajan dos de atrás y nos agarran del brazo. Nos arrodillan entremedio de las piernas de ellos, con la cabeza para abajo. Les digo que recién habíamos llegado, que no estábamos haciendo nada. Y no nos contestan. El de adelante nos dice: ‘Cállense la boca, ya van a saber a dónde van a ir’. Cuando vamos llegando, levanto la vista, y escucho el ruido de un portón de chapa. Enfrente había campo. Cuando entra el coche, cierran el portón, y había un policía gordo, un escritorio verde, viejo, con vidrio arriba. Agarró esos teléfonos y dijo: ‘Acá tienen las cachorras que habían pedido’. Nos llevaron hasta el segundo piso. Abrieron una reja y me tiraron al primer calabozo. Supongo que a Romina la habrán puesto en un calabozo también. No sabíamos por qué estábamos ahí. Más tarde vinieron dos policías a violarme”, dice en la declaración con total crudeza. 

“Siempre fueron violaciones. Me sacaban del calabozo y me llevaban al mismo lugar. Pensé que era el fin de mi vida. No sabía por qué estaba pasando eso. Pensaba que estaba con gente demente. No entendía ni veía la razón. Yo ya no sabía que hacer. Yo prefería que Dios me llevara. Y eran como seis que estaban ahí. Meta reírse. Y yo meta gritar pidiendo auxilio. No sabía qué más pedir”, agregó conmovida. 

Hace unos años, María Belén Correa, desde el exilio, decía: “las compañeras trans en la dictadura cubrían distintos espacios: eran servicio doméstico, eran las que se encargaban de limpiar los Falcon llenos de sangre. Eran las que se encargaban de limpiar un cuarto luego de una sesión de tortura, las que escuchaban partos. Eran las que escuchaban las torturas, porque ellas estaban del otro lado del calabozo”. 

Durante esos 14 días que pasó secuestrada en el Pozo de Banfield, Valeria también escuchó un parto: “Un día, a la mañana, me estaba bañando y siento correr unos tacos. El policía se quedaba en el corredor y me decía que bajara la vista, que no mirara. Y siento que dicen: ‘Ya, ya, ya, abrí que ya viene’. Se sentía que una chica gritaba. Siento un bebé llorar y una milica que dice: ‘Levantate, agarrá un balde y limpiá toda esta mugre tuya’. Vi entrar a una chica de pelo largo, con el vestidito lleno de sangre, la agarré de la mano y la apoyé en el piletón del baño. No se podía mantener en pie”.

¿Qué había pasado?, le pregunta Germán Camps, quien representa su querella. Y Valeria dice: “Había nacido un bebé. Cuando salgo, veo que el policía tenía un bebé en brazos”.

¿Cuándo terminó la dictadura para la comunidad travesti-trans? 

Valeria vivió escondida y negando su identidad hasta 1999, cuando una amiga la convenció de volver a trabajar en la calle. Habían pasado 16 años del inicio de la democracia. “Cuando salía a la calle, tenía que ponerme un pañuelo para tapar el pelo rubio y disimular con una bolsa de compras, tratar de que el patrullero no me vea”, dice. 

“Era el Pozo de Banfield y era la primera, era la quinta, era la cuarta, tenían otros nombres, porque no había una diferencia entre democracia y dictadura. Es más, cuando se va la dictadura y comienza la democracia -que podemos marcarlo en el año 1983-, la peor matanza de personas travestis en Panamericana comienza en el 84-85-86-87- 88, y queda registrado en casos policiales”, dijo María Belén Correa en el libro Memorias invertidas sudacas. 

En el Archivo de la Memoria Trans marcan una fecha: 2012. La sanción de la Ley de Identidad de Género. “Consideramos que la democracia vino a partir del 2012, cuando el Estado nos consideró personas, nos dio una identificación, nos dio una identidad. Algo que muchas personas desaparecidas siguen buscando: su propia identidad”, dice María Belén Correa, y recuerda que 2012 fue también la fecha de la creación del Archivo y el año en el que murió Claudia Pía Baudracco, referente de la comunidad travesti-trans y gestora, junto con muchas otras como Lohana Berkins y Marlene Wayar del nacimiento de la Ley de Identidad de Género: “Muy parecido a como hicieron las Madres y Abuelas; a partir de la llegada de la democracia, empiezan a buscar los testimonios de los sobrevivientes”. 

Valeria no está bien. “Físicamente y psicológicamente no estoy bien”, dice, para explicar lo notorio. “A veces no quiero salir de mi casa. Tengo una jubilación mínima y estoy pagando moratoria. Si pago el alquiler donde vivo, no como. Estoy en el Sindicato de trabajadoras sexuales y vengo a buscar todos los días comida. Desde hace 10 años que vengo luchando para poder cobrar la indemnización, recién la pude cobrar el año pasado y me dieron 50.000 pesos. Tengo 66 años, trabajé toda la vida, junto con mi madre, y no sé si mañana estaré en la calle. No estoy bien y no sé qué va a ser de mí porque las heridas las tengo en el cuerpo, nadie me las saca, la mochila tampoco”, denuncia e impacta con sus padecimientos. 
Pero como contó, Valeria no fue la única. Este año y antes de que muriera Etchecolatz, el juez federal Ernesto Kreplak y a raíz de la investigación de la fiscalía, procesó al genocida y a Jaime Lamont Smart, Jorge Antonio Bergés, Roberto Balmaceda, Alberto Candioti, Carlos María Romero Pavón, Juan Miguel Wolk, Héctor Di Pasquale y Luis Horacio Castillo por perseguir, detener y torturar a ocho personas travestis trans en el Pozo de Banfield entre 1976 y 1983. 

“Si le reclamamos al Nunca Más que incluya la persecución por motivos sexuales o de identidad de género, pensemos un momento en los problemas situados: ¿Cómo iba a acercarse a denunciar una travesti la desaparición de su compañera si la podían dejar presa porque su existencia ya era una contravención? ¿De qué forma un militante gay iba a denunciar un secuestro si las propias organizaciones políticas de la época le daban vuelta la cara por no cumplir con los valores revolucionarios de la familia? ¿Cómo iban a incluir a la comunidad LGBT+ si el ministro del Interior que se vinculaba con la Conadep opinaba que eran enfermos que había que curar? Para que la comunidad LGBT+ sea parte del proceso de memoria colectiva es necesaria una intención política de poner el foco en estos testimonios. Así como desde 2016 los delitos sexuales en la dictadura son un capítulo propio en las causas de lesa, la comunidad LGBT+ podría tener su propio lugar en la construcción de Memoria, Verdad y Justicia solo si asumimos que existió y persiste una violencia específica. Que hoy te maten por puto, travesti, trans y lesbiana es una continuidad histórica: Nunca Más es una frase que pide a gritos ser ampliada”, reflexiona el periodista Matías Máximo.

Después de declarar Valeria escribió en su facebook: “Por todas las compañeras que me sostienen en esta lucha, por las compañeras de Ammar, las compañeras y amigas de Constitución; por el camino compartido y porque no olvidamos a las compañeras travas que murieron: La Hormiga, La Mono, Vicky, La Andrea, Susana, La Patona, La Romina y La Perica. Porque para ellas también es este pedacito de justicia que llega, aunque tarde pero llega”.  

Edición: Fernando Tebele – La Retaguardia

Traficante de stikers. Julia no se acuerda cuando decidió convertirse en periodista, pero a los 11 años escribió un cuento: un fideo de barrio armaba una revolución en la alacena para no morir en la olla. Ella cree que ahí empezó todo, y puede que tenga razón. Nació en Bahía Blanca, una ciudad donde hay demasiado viento, Fuerzas Armadas y un diario impune.
En 2012 recibió un llamado: al día siguiente se fue a Paraguay a cubrir el golpe de Estado a Fernando Lugo. Volvió dos meses después, hincha de Cerro Porteño y hablando en guaraní. Trabajó en varios medios de La Plata y Buenos Aires cubriendo géneros, justicia y derechos humanos. Es docente de Herramientas digitales en ETER y dio clases en la UNLP y en la UNLZ.
Tiene una app para todo, es fundamentalista del excel e intenta entender de qué va el periodismo en esta era transmedia.

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