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viernes 02-12-2022

Economía circular y moda sustentable: “Tenemos que romper con las imposiciones culturales”

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Cómo ser consumidores conscientes y responsables en el marco de una industria que contamina el planeta, condena a sus trabajadores a condiciones de precariedad y despliega un importante dispositivo de condicionamientos culturales. Por qué es urgente reciclar, reutilizar y romper con los modelos estéticos heredados. Sobre ello charlamos con la diseñadora y divulgadora platense, Paula Herrera

En septiembre de 2020, cuando aún la pandemia estaba en un punto muy álgido, no se alcanzaba a ver la luz al final del túnel y todos prometíamos que con la llegada de la nueva normalidad seríamos mejores, el abogado ambientalista Enrique Viale y la socióloga Maristella Svampa publicaron “El colapso ecológico ya llegó”, libro al que definieron como “una brújula para salir del (mal) desarrollo”.

Allí señalaron que el gran desafío hacia el futuro es “articular las justicia social con la justicia ambiental para garantizar una transición que no puede ni debe ser costeada por los sectores más vulnerables”. En la misma línea indicaron que esa transición debe pensarse en clave de metabolismo social porque “en términos de consumo y distribución el modelo vigente es insostenible”.

“Todo indica que nos aguarda un futuro más austero”, afirmaron con determinación Svampa y Viale. “Sería un error no aceptarlo en nombre del ‘derecho al desarrollo’ de los países del Sur, pues el desarrollo que se propone no es sustentable y ha generado el colapso ecológico que hoy vivimos”, argumentaron.

En ese marco podemos inscribir el concepto de economía circular, el cual apunta a producir, almacenar, distribuir y consumir bienes de manera responsable, utilizando materiales no contaminantes, prolongando la vida útil de los objetos, apelando al reciclaje, la reutilización y reconversión y protegiendo las condiciones dignas de los trabajadores.

Bajo ese paradigma surgió en los últimos años la denominada moda sustentable, una tendencia dentro del diseño de indumentaria y productos textiles que considera el impacto ambiental que puede tener la ropa a lo largo de su ciclo de vida, que promueve la consciencia sobre todo el proceso de producción, la fabricación y los intercambios comerciales.

Parte de esa moda sustentable se explica en la explosión de ferias y los locales de ropa usada, la utilización de algodón orgánico, las experimentaciones con fibra de bambú, de tallo de plátano o cáñamo. Donde los materiales reciclados aparecen como la opción más sostenible, al no requerir de agricultura y ni de un nuevo proceso de fabricación.

Y aunque la moda sostenible aún no supone una competencia a la industria convencional, sí cuestiona un modelo de producción que desde la década del ‘50 del siglo pasado comenzó un proceso de producción desenfrenado, que se aceleró a partir de la década del ‘80 y que llegó a límites insostenibles en los últimos 20 años con la irrupción del fast fashion, la moda rápida.              

Para el fast fashion no hay colecciones, hay ropa nueva todo el tiempo, como corolario hay cada vez hay más prendas en el mundo con un menor tiempo de uso, todo se descarta a mayor velocidad. La exigencia de responder a los ritmos cada vez más acelerados también se expresa en jornadas más extensas de trabajo para su producción (a cambio de bajos salarios en condiciones indignas) y en un fuerte impacto sobre nuestros recursos naturales.

De acuerdo a datos de la Conferencia de la ONU sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD), en un año la industria textil utiliza 93.000 millones de metros cúbicos de agua y tira al mar medio millón de toneladas de microfibra (el equivalente a 3 millones de barriles de petróleo).

El algodón utiliza una gran cantidad de agua durante las fases de crecimiento y teñido. Se calcula que para hacer un jean se usan 10.000 litros de agua y para producir una remera unos 1.000 litros.

Por otro lado, el cultivo de algodón aplica aproximadamente el 25% de los insecticidas del mundo y más del 10% de los pesticidas, con Monsanto como protagonista de lujo de otra de las tragedias que vive el planeta en materia socioambietal.

Paula Herrera (foto) propone diseños alternativos a partir de ropa de descarte

Todo ocurre a diario, delante de nuestros ojos, con nuestras prácticas más frecuentes. “La moda comunica a través de las imágenes y es una comunicación muy directa. Por eso está muy relacionada la moda con las estratificaciones sociales, las cuestiones de género y muchas veces no tenemos la capacidad de decidir. Cuando un bebé nace y le están poniendo una remera azul o una rosa no lo está decidiendo, está heredando una conducta cultural, vos fijate qué poderoso es el sistema. Eso hay que empezar a deconstruirlo, de a poco, en el cotidiano”, expresa la diseñadora y divulgadora platense Paula Herrera.

Con ella dialogamos acerca de le necesidad de ser consumidores más conscientes y responsables, de reciclar y reutilizar, sobre la posibilidad de tejer redes y de romper con las imposiciones culturales. Además, asistimos a una sesión de diseño performático de su autoría, realizada integralmente con materiales de descarte, la cual acompaña esta entrevista.

La crisis de 2001: de la carencia a la posibilidad

-Vos empezaste a involucrarte en el mundo de la economía circular, el reciclaje y la reutilización de productos textiles en el contexto de 2001, pensando en transformar lo que era una carencia en una posibilidad a partir de las cosas que tenemos

“Yo estudiaba diseño y arte acá en La Plata, entonces en plena crisis empezaron a faltar los recursos y empezamos a arreglarnos con lo que teníamos. Ahí es como que aparece la historia personal y social, de acordarte de tu abuela, de tu mamá, de cómo estiraban los recursos, cómo reparaban, cómo hacían que las cosas duraran más, en una época donde el acceso a la indumentaria no era tan fácil, no se podía decir fácilmente me voy a comprar esto, me voy a comprar lo otro, no había tanto acceso al consumo”.

-Había mucha ropa que se heredaba

“Claro, la ropa circulaba de otra manera. Nosotros éramos 6 hermanos, los bolsones de ropa circulaban entre toda la familia, la usaba el más grande, después los más chicos, después pasaba a otra familia. Había una economía circular porque la ropa se iba pasando. Y además era ropa era de otra calidad, no estaba esta cosa de la obsolescencia programada, la ropa y las cosas se hacían para que duraran. Eso después cambia y en el momento de la crisis de 2001, al ver que se terminaban los recursos con los que uno disponía, hubo que empezar a pensar y a poner sobre la mesa lo que sí tengo, en lugar de pensar en lo que tengo, empezar a pensar en qué puedo hacer con lo que tengo. Era un momento de crisis personal y social, había que sobrevivir económicamente con el recurso que se tenía, que era lo que había quedado en el ropero. Empezamos a usarlo, a transformarlo y a usar nuestros saberes”.

-Entonces ahí te encontrás con la historia tanto personal como la del proceso histórico que se estaba viviendo, utilizando los saberes y pensando en lo que tenías más que en lo que faltaba. Vos además decís que tenemos que usar la creatividad y ser responsables.

“Claro, si vos mirás lo que hacen los pueblos originarios, ellos no piensan en lo que no tienen, usan lo que tienen a su alrededor y lo usan con responsabilidad, con agradecimiento, siendo conscientes de que están tomando algo que no les pertenece, que lo están tomando prestado y que lo tienen que devolver. Con el capitalismo y la sociedad de consumo en la que vivimos no somos para nada conscientes de eso. No somos conscientes de lo que consuminos, muchas veces ni de por qué consumismos algo. Y tampoco hay una responsabilidad en cuanto a la cadena de consumo. Esto de la economía circular lo que primero que plantea es ser conscientes de lo que estás consumiendo, por qué lo estás consumiendo, quién lo hizo, quien lo fabricó, por qué tiene este costo, con qué materiales está hecho, de dónde salieron los materiales, por qué vale tanto. Empezar a reflexionar y a ser conscientes de que ese producto tiene toda una cadena atrás. En vez de ser sólo un consumidor tenemos que transformarnos en un protagonista y un ciudadano responsable”.

-Muchas veces la industria, ayudada por la publicidad, se encarga de ocultar esa información, toda esa cadena de producción que está detrás. ¿Crees que se puede acceder a conocer el origen y toda la cadena o es mayor la capacidad y las estrategias de la industria para ocultarlo?

“La moda comunica a través de las imágenes y es una comunicación muy directa. Por eso está muy relacionada la moda con las cuestiones de las estratificaciones sociales, cuestiones de género y muchas veces no tenemos la capacidad de decidir. Cuando un bebé nace y le están poniendo una remera azul o una rosa no lo está decidiendo, está heredadndo una conducta cultural, vos fijate qué poderoso es el sistema. Eso hay que empezar a deconstrurirlo, de a poco, en el cotidiano, no es algo que se pueda revolucionar de un momento para otro. La moda es muy fuerte, muy potente, la moda estigmatiza y no somos conscientes de eso. Es algo que se viene construyendo desde la edad media. Cuando elegimos una determinada prenda nos estamos identificando social y culturalmente. El impacto es visual, no tenemos ni que presentarnos, esa es la primera identificación. Te cuento un caso, en Argentina en 2015 tuvimos una movida feminista muy fuerte, cuando comenzaron las marchas del 8M, de Ni Una Menos, fue como una explosión. Hubo un detalle que fue muy importante desde mi punto de vista como diseñadora. Para asistir a esa marchas se usaban los borcegos, se usaban los zapatos que eran para un uso fuerte. A partir del verano posterior a ese 8M hicieron todas plataformas con las que las mujeres no podían ni caminar. Es re simbólico, es muy fuerte y no somos conscientes de que con esas plataformas no podés caminar, no podés marchar y no te podés escapar si estás en peligro”.

-La industria de la moda se opuso a esa movida feminista con sus diseños

“Totalmente. Y además en ese momento las mujeres estaban muy libres en la elección de la indumentaria. A partir de ese momento se vuelven a poner de moda los valores de los ’90, que era la mujer con el cuerpo perfecto, la cintura afuera, los pechos bien marcados. Es simbólico pero a la vez un mensaje súper directo. Cuando las mujeres están diciendo ‘soy libre, mi cuerpo me pertenece’, se vuelve a montar esta vidriera de la mujer objeto. En ese sentido, la moda ‘dicta’ figuras humanas que no condicen con las proporciones de cuerpos reales, produciendo una imagen totalmente distorsionada de las personas. Lamentablemente existen personas que intentan ‘entrar’ dentro de esa lógica de canon estético, produciéndose aberraciones orgánicas y psicológicas, transtornos de conductas alimenticias, como la bulimia y la anorexia”.

Entre lo cultural, lo ambiental y lo económico

-La idea de “estar a la moda” tiene una valoración simbólica muy alta, pero si empezamos a vincularla con la utilización de recursos naturales que hace, la afectación del medio ambiente, la contaminación del agua, las condiciones de trabajo de la industria, ahí la valoración es diferente

“Sí, toda esta movida de la reutilización, de upcycling, de la gente que está promoviendo que reutilices la ropa y que en el momento que ya no se pueda reutilizar la transformes en otra prenda, eso es sólo una parte. Cuando yo empecé en el 2001 las únicas personas que se animaban a reusar ropa era la gente que estaba vinculada con el arte, con la cabeza más abierta. Ahora estamos más abiertos en general, antes era como que estábamos uniformados, nadie quería sobresalir demasiado. Yo creo que es un resabio de la dictadura, en los años ‘80 cuando yo iba a al colegio se podía usar la ropa marrón, azul, gris o blanca, no podía usar colores, si te ponías un buzo naranja te ponían una infracción. Y eso crea una herencia cultural por un determinando tiempo, hasta que se diluye y se empieza a romper con eso. Yo pienso que ahora hay una generación de jóvenes que se animan a usar más colores, a ir a una feria y comprarse lo que les gusta, a identificarse desde otro lado con las prendas que están usando”.

-¿Crees que en Argentina influye la situación económica también?

“Sí, yo creo que sí. Es una lucha entre lo cultural y lo económico. Hay gente que está luchando por la supervivencia, necesita comprar un buzo y lo va a ir a comprar donde lo pueda comprar. Por una cuestión de supervivencia hay personas que lo van a hacer de por sí. Y otras lo van a hacer como elección, por una cuestión que tiene que ver con el medio ambiente o con la diferenciación social y cultural. Aunque es un proceso lento”.

-Si bien la moda sustentable no logra a imponerse sobre el sistema industrial tradicional, sí lo está empezando a cuestionar

“Justamente a partir de los jóvenes, es revelarse ante una sociedad que masifica. Y, por otro lado, también empieza a darse esto como una salida laboral ante la crisis. Hay una explosión ahora de ferias americanas, donde las manteras son el último eslabón de la cadena porque son quienes tienen que vender sí o sí para llevar el plato de comida a la casa. Aunque no sea planificado, tiene que ver con una economía circular. Porque hay alguien que le compra algo a las manteras, esa persona después lo lleva a una feria en un bar, hay alguien que compra esa prenda en el bar, se genera un circuito virtuoso que nos beneficia a todes”.

-Otra cuestión tiene que ver con los derechos laborales de los trabajadores y trabajadoras. Hoy los precios de las prendas no se condicen con los costos y las condiciones de producción. Por eso vos planteas la idea de apostar a pequeñas empresas, micro emprendimientos, cooperativas.

“Totalmente, si vos te vas a comprar una pollera esa pollera te va a salir 5000 pesos cuando la tela para esa pollera sale 1000 y a quien la confecciona le pagan 100. El empresario lo que hace es montar una logística, compran tela en China, la reparten en talleres del conurbano, en cooperativas de mujeres y pagan por producción. O sea que esas mujeres tienen que estar sentadas un montón de horas en sus casas o en un club de barrio. Y no tienen ningún beneficio social. A veces esas mujeres embolsan, otras veces se las lleva a otro lugar donde se la embolsa y se le pone una etiqueta. Y la pollera que vos ves en la feria de la salada es la misma que vas a ver en el shopping de Palermo con el precio adaptado”.

-¿Lo que cambia es la etiqueta y el packaging de ese producto?

“Y más que nada en lo que invierten es en el local, en la cuestión escenográfica. Si te la venden en la salada te la van dar en la mano, si te la venden en el shopping de Palermo le ponen un montón de cositas, te dan una bolsa, y a veces vale más el packaging que lo que le pagaron a la persona que hizo la pollera”.

¿Hay alguna forma de revertir esa lógica?

“Creo, por un lado, que pasa por ser consumidores responsables. Cuando vas a comprar algo pensar antes si lo necesito, cuánto tiempo me va durar, de dónde salió el producto, dónde estoy invirtiendo el dinero que tanto me costó ganarlo. Y, por otro lado, lo que hace falta es una gestión de estos emprendedores, estos talleres, estos chicos que hacen ropa. Porque como productora una se pone a hacer pero después no hay lugares para vender, están muy acotados los lugares para vender”.

Todo se puede usar

Una de las claves es la del asociativismo o cooperativismo, la posibilidad de tejer redes entre los diferentes emprendedores

“Sí, es una cuestión que hay que empezar a activar. Por eso una de las cuentas pendientes es la de crear un club de costureras. La máquina de coser, que en su momento, con la Revolución Industrial, representaba la esclavitud, ahora tiene que ser algo para la liberación. La máquina de coser es una herramienta, es la herramienta de la trabajadora para liberarse, para ser independiente económicamente. Y no sólo de las mujeres, también de las disidencias y de todas las personas que quieran trabajar con una máquina. Lo que falta es un eslabón en el medio”.

¿Cuál sería ese eslabón?

“Hay mucha gente que está vendiendo en upcycling, que está reciclando, que es consciente de la cuestión ecológica, que no quiere identificarse con una marca. El problema que hay se puede ver en las plazas con las manteras, que las están sacando de a poco, porque si no tienen gacebo no pueden vender. Entonces para mí lo que hace falta es gestionar espacios para la venta de esta ropa”.

¿Crees que se puede educar sobre el reciclado y la reutilización de productos textiles?

“Sí, y creo que los que son menores de 20 lo tienen súper incorporado. Los adultos somos el problema. Yo estuve dando clases en la Biblioteca ‘Del otro lado del árbol’, después estuve dando clases en un comedor, en el CEC N°80 de Berisso, estuve con otro grupo en Los Hornos y la verdad es que me quedé asombrada con respecto al conocimiento que tienen ellos del reciclado. Lo tiene súper incorporado. Y también tiene mucho que ver con la luchas de sus mamás por la supervivencia de los hogares. En un sector social es una cuestión más ecológica o del medio ambiente, pero en otros es una cuestión económica. O sea, reciclar porque no queda otra. En el curso que yo doy lo único que necesitás para empezar es un cartón y tejés con una técnica de tapiz, hay que romper con esa lógica capitalista de que si no tenés todas las herramientas no podés trabajar. El plus está en el trabajo y en el trabajador. Hoy se dice que estamos en la época de la inteligencia artificial, nosotros usamos la inteligencia natural, que es la que usaban los pueblos originarios con todo lo que tenían a su alrededor. Esa es la inteligencia natural, usar lo que tenés, usar la creatividad y aportarle tu trabajo”.

-¿Crees que estas ideas o estos talleres educativos se pueden introducir en las escuelas?

“Yo creo que sí, es algo que debería institucionalizarse porque es algo que los chicos quieren y lo incorporan. Me pasó con la experiencia en el CEC de Berisso y lo mismo en la secundaria de Los Hornos. Había 20 chicos y chicas y todos se re coparon. Yo veía a varones tejiendo y no lo podía creer. Hay que empezar a dar, a enseñar técnicas para que las personas empiecen a ver cómo a través del reciclado se pueden generar cosas autogestivas, por la cuestión ecológica, que es fundamental, y como una cuestión económica, para generar recursos. Podríamos estar colaborando sólo con separar la basura, porque todo se puede usar. Con los residuos de los restaurantes se produce hasta gas, se producen tinturas para la ropa, se produce abono para la plantas. Todo se puede reutilizar, es una tarea titánica pero hay que comenzar a hacerla en algún momento”.

Rompiendo con la academia

Consultada sobre su trabajo de divulgación y la labor que realiza con sus diseños alternativos, Paula Herrera expresó: “A mí lo que me pasa es que no hago bocetos, por eso yo lo llamo diseño performático. Cuando me invitan a un evento de divulgación yo llevo una valija llena de cosas y lo que hago es lo que me nace en el momento. Rompo con lo que es la academia. La academia te dice que te tenés que sentar en un escritorio, trabajar con cánones, de determinada manera. Y a mí eso me aburre. Tiene que ver con confiar más en los saberes que uno tiene incorporado, todas las personas los tenemos, lo que pasa es que el sistema está preparado para hacerte dudar. Y también lo vinculo con lo lúdico, cuando éramos chiquitos no estábamos tan estructurados, vos no hacías una planilla de cálculo para ponerte a jugar. Nosotros tenemos que empezar a romper con estas cuestiones impuestas culturalmente y adaptarnos a lo que se nos presenta. Y más en este país donde estamos preparados para cualquier cosa”.

Periodista - Papá primerizo y asador de departamento.
Walter Amori nació en Villa Ramallo, en 1983, pero ya lleva más años transcurridos en La Plata que en su ciudad natal. Se recibió de Licenciado en Comunicación Social en la UNLP, lugar donde además fue docente de Opinión Pública. En la capital bonaerense trabajó en prensa institucional y desarrolló tareas periodísticas en medios privados y públicos. Desde 2018 forma parte de Pulso Noticias. Anda en eso de ver de qué se trata la vida después de empalmar paternidad primeriza y dos años de pandemia. Tiene una parrilla en el balcón con poco uso.

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