Salud mental y pandemia: cómo manejar nuestras emociones

Mucho se habla de los contagios, las muertes por COVID y del plan de vacunación, pero poco de los coletazos emocionales que deja la pandemia. ¿Qué sentimientos afloran en estos momentos? ¿Qué podemos hacer para sentirnos mejor? La especialista en psicología clínica, Mónica Fernández, nos aporta su mirada

Por Lautaro Castro

Hace más de un año que nuestras vidas han cambiado, en mayor o menor medida, por la pandemia. De un día para otro tuvimos que encerrarnos en casa (quienes tienen la suerte de disponer de una, claro), restringir el contacto con nuestro entorno y reordenar actividades en función del contexto sanitario. Primero se habló de aislamiento social, luego de distanciamiento, hasta que fue posible una apertura escalonada a partir del último tramo de 2020 y durante el verano. Pero tan solo se trató de un oasis en el desierto: la segunda ola de contagios se vino con todo a partir de abril y aquí estamos hoy, nuevamente con restricciones duras. 

Pero, ¿cómo impacta todo ello en nuestro ánimo? En los medios se habla mucho de la cantidad de casos, de los muertos que deja la pandemia, de la vacunación, de los cuidados que hay que tomar, etc. La agenda COVID gira en torno a la estrictamente sanitario, pero muy poco se aborda acerca de los coletazos emocionales que esta situación nos deja. 

Mónica Fernández es psicóloga especializada en psicología clínica y co-creadora -junto al psiquiatra Rubén Bernasconi Espósito- de Crecer y Ser, un espacio de talleres con los que se busca desarrollar las potencialidades personales a partir de la conexión con nuestras emociones. 

En diálogo con Pulso Noticias, Fernández habla de una situación generalizada de incertidumbre en las que nos hacemos muchas preguntas sobre el futuro y pocas son las respuestas: “Lo que aflora por estos tiempos es la angustia, la desazón y, fundamentalmente, la ira reprimida, producto del no saber qué hacer. Por un lado, piden que nos restrinjamos pero, al restringirnos tanto tiempo, es como si tuviéramos pelotitas de ping pong en la cabeza y cada pelotita que va de un lado para otro constantemente nos dice: ¿Qué voy a hacer?, ¿Qué va a pasar?, ¿Dónde estaré mañana?, ¿Para dónde voy?, ¿Hago esto o aquello? Todo eso genera una serie de emociones displacenteras que se han ido acumulando. Sentimos que nos han cortado las alas, porque como seres humanos lo que nos distingue es el libre albedrío, es decir, la libertad de elegir.

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¿Qué hay del miedo en este contexto? 

—Hay dos extremos bien marcados. Aquellas personas que hacen cualquier cosa y viven su vida sin ningún tipo de cuidado y las que todavía no se animan a salir y están generando fobias importantes. En cuanto a estas últimas, el día que les digan “ya pueden salir a trabajar y volver a la oficina”, yo quisiera saber quién las saca de la casa. Se ha generado un miedo que no es usado en forma positiva. El miedo, como emoción, nos marca un peligro. Vos ante ese peligro reaccionás, si lo usas bien, cuidándote, alejándote de ese peligro, tomando medidas… Si se te vuelve en contra, te paraliza y no te permite pensar ni actuar en forma inteligente. El miedo paralizante es algo que percibo en general.

Respecto a este sentimiento displacentero, la especialista cuenta acerca de cómo suelen canalizarlo algunas personas: “Lo habitual es que se encierran mucho y maratonean series o películas hasta muy tarde. Eso te da la pauta de que al otro día no tienen que levantarse a hacer nada en concreto. Con lo que llamo el chupete electrónico puesto, acompañado de comida y bebida, se trata de tapar la angustia que hay dentro. Asimismo, la ira reprimida puede dispararse en situaciones que -a priori- no tienen nada que ver: violencia intrafamiliar -algo de lo que no se habla, pero ocurre mucho- o en la calle, que se expresa en cómo manejamos, por ejemplo. La gente que se ha quedado, que ha parado la actividad y no ha buscado la forma de mantener su mente ocupada, hoy está muy mal”.

Ante la situación inédita que atravesamos, Fernández enuncia una frase con la que marca su postura e invita a reflexionar: “Quiero morir viviendo y no vivir muriendo”. ¿Será que vivimos agazapados, pendientes de lo que vendrá, y no ponemos el foco en el tiempo presente? La clave está, según ella, en aceptar lo que toca y amoldarnos de la mejor manera posible: “Hay gente que ‘vive’, pero en el encierro, con miedo, viendo si sale o no, si ve a una persona que quiere o no. Vive muriendo. Respetando los cuidados podemos mantener la socialización sin problemas. Tenemos que aprender a convivir con el virus porque va a pasar mucho tiempo hasta que la mayoría estemos inmunizados. La vida es hoy; mañana nadie sabe qué va a pasar. Vivamos el hoy, cuidadosamente, pero el hoy. No nos privemos de estar conectados con los afectos, porque eso nos hará sentir que vivimos y no que envejecemos”.

¿Qué herramientas concretas recomendarías para transitar esto de la mejor manera y preservar nuestro bienestar mental?

—Sacar a relucir la creatividad para reinventarse; caminar, hacer ejercicio, bailar, pintar, escribir, leer un libro y adentrarnos en ese mundo, hacer meditación y yoga. Todo lo que sea creativo y permita liberar lo emocional, ayuda mucho a aquietar la mente. Recomiendo mucho sentarse, poner una música tranquila de fondo si lo deseo, respirar profundo y parar los pensamientos. Cuando vuelven a aparecer, hay que centrarse en la respiración, en cómo entra el aire por la nariz y en cómo sale. Poco a poco vas a ir logrando meditar, que es dejar de pensar. Aquietar la mente permite reducir el estrés, bajar el nivel de disparada emocional y centrarnos en el presente. Y, -¡por favor!- apaguemos el televisor. Tanta información solo genera confusión y hasta desinforma. 

Las consultas sobre salud mental han crecido notablemente en el último tiempo, lo cual marca el impacto que esta situación está teniendo sobre nuestras emociones. Mónica cuenta que entre marzo de 2020 -cuando comenzaron las restricciones- y agosto no hubo grandes movimientos, pero que a partir de septiembre se desató una avalancha de llamados que continúa hasta hoy. “La verdad es que nadie previó el tema de la salud mental. No se ha hecho más que dar alguna recomendación muy por el aire, pero nada en concreto. En los hospitales públicos, por ejemplo, es una de las áreas que no se están atendiendo. Todo está mayormente abocado a la atención del COVID”, dice.

¿Está preparado el sistema de salud para satisfacer esta creciente demanda?

—Hay un sector muy grande que está quedando afuera, especialmente quienes tienen bajos recursos. La realidad es que no se están planteando políticas que cuiden la salud mental. Aunque sea charlas abiertas e interactivas desde el Ministerio de Salud o de Desarrollo Social para aquellos que no pueden acceder a una consulta. O incluso desde los colegios profesionales o mutuales podrían propiciarse instancias similares. También es cierto que mucha gente no tiene acceso a conectividad como para seguir una charla virtual. No es fácil. Ojalá se empiece a dar más bolilla a la salud mental, no solo en el ámbito público, sino también en el privado. Muchas prepagas son bastante amarretas a la hora de brindar acceso a la salud mental a personas que pagan cuotas considerables.

—¿Crees que a partir de esta situación que vivimos la sociedad en general va a tener más en cuenta su salud mental y no solo la física? 
—En general creo que hay una mayor toma de conciencia. Si estás mal emocional o mentalmente, hay una pelotita que en algún momento va a rebotar en algún área de tu cuerpo. Suele pasar cuando tenes un ataque de hígado y decís: “La pucha, qué habré comido?”. Y en realidad no comiste nada que te hiciera mal, sino que te agarraste un enojo que vino de otro lado y, al ser el hígado un órgano receptor de la ira, te dio una patada. Y ni hablemos del aumento de las migrañas, ACV e infartos que hubo durante el año pasado. Nada es casual. Cuerpo y mente conforman una unidad. Las separamos en la práctica, pero nuestra salud es una.

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