El Palomar: una arqueología en el acento del barrio

La editorial platense Club Hem presenta la primera novela del editor y escritor Francisco Magallanes, una épica barrial con su mitología, sus héroes y traidores

Por Juan L. Delaygue

Es difícil nombrarlos porque los personajes se mezclan en el flujo de la voz, que como una corriente arrastra sedimentos y los mezcla, pero el Arveja, el Flaquito y el Loquillo se funden con el otro (el que habla) y son todos las caras intercambiables de la vida empujada por la pasión: la primera, el fútbol (el Tripa, claro), pero también la pasión de sobrevivir, de no terminar “en Canadá”. Podríamos decir, para empezar, que el protagonista es en realidad esa voz.

Leemos en El Palomar una épica barrial, con su mitología, sus héroes y sus traidores, donde las disputas simbólicas son territoriales y dan de refilón en una atmósfera posapocalíptica, que trae también nuevas y efímeras formaciones sociales como modos de la supervivencia. Una atmósfera confusa que, como “la orden” que amenaza con ser dada desde la primera línea de la novela, puede aparecer o “puede que llegue la noche y nada: nada de nada”.  De este modo la voz se confunde (en el sentido más literal): “¿Qué es lo que vamos a hacer?”

El idioma de la novela enrula la lengua del barrio hasta condensarla en un fluido de una potencia lírica concentrada, compacta. Áspera, podría decir sin temor a irme de tema, como caricia del albañil. Una lengua que Magallanes retuerce como un trapo hasta exprimirle el jugo sucio de la poesía (no en vano los textos que separan los bloques más narrativos están a su vez escandidos por vírgulas). 

Puede ser que estemos ante una de las últimas manifestaciones de lo que, ahora ya diluido, fue conocido en otro tiempo como lunfardo. Me explico: jergas, que las hay, habrá siempre, pero el lunfardo, como tal, se encuentra virtualmente extinto. Si sobrevive es como resto o memoria, un testimonio de otro estado de la lengua que, por supuesto, también es político. O quizás sobrevive en su cambio, porque eso es lo que hace la lengua. Y en El Palomar hay mucho de supervivencia.

Si tuviese que sumar uno o dos nombres a los que acertadamente menciona Mario Arteca en el prólogo del libro para hablar de su filiación literaria, mencionaría, por un lado, la lengua delirada de Carlos Ríos –a cuyo amparo crece mucha de la producción literaria en La Plata (aunque no sólo allí)– y, en una línea más larga, Juan Carlos Martini, más precisamente su novela La vida entera. Por otra parte, la confusión del plan (si es que lo hay) da una nota en clave absurda que hace eco en nombres como el de Doc Sportello o el Dude Lebowski, otros que también estaban algo perdidos. Los personajes de El Palomar forjan sus sueños a expensas de la misma violencia que puede darse vuelta y voltearlos a ellos mismos. Puesto así, todo queda al borde del peligro. En ese territorio se mueve segura la prosa de Magallanes, que tiene oído de hinchada y mano de artesano.

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