Rubén Wolkowyski y su recuerdo de la Generación Dorada

Rubén Wolkowyski se encuentra en España. Fue noticia en estos últimos meses por contraer Coronavirus y pasarla muy mal. Ya más aliviado dialogó con la APB

Por Martin Parise

Rubén Wolkowyski se encuentra en Najir, de la Costa Azul (España). Fue noticia en estos últimos meses por contraer Coronavirus y pasarla muy mal. Ya más aliviado, se dispone a participar de la quinta edición del Café Najnudel. El ex pivote que jugó en La Liga Nacional, Europa y NBA, habló con Gustavo De Benedetti sobre la Generación Dorada. La charla se encuentra disponible en el canal de YouTube de la Asociación Platense de Básquet. 

Los recuerdos del comienzo de la epopeya de la Selección Argentina lo llevan al año 2001, a Neuquén, al torneo de Las Américas, que otorgaba el boleto al Mundial del próximo año. Allí empezaron a desplegar un gran básquet y fueron los ganadores de la competencia. Rubén Magnano ya había formado un equipo que estaba encendiendo su mecha.

Una de las piezas claves, además del talento, fue la preparación: “Con Rubén antes de los partidos de preparación entrenábamos tanto que no podíamos caminar en el hotel, y después lo sentís, pero cuando nos soltaron teníamos una preparación excelente”. 

Un año más tarde, la cita fue en Indianápolis, Estados Unidos. Argentina se dio el lujo de eliminar al local: “el quiebre del equipo fue después de ese partido, fuimos al mundial con el objetivo de salir octavos, pero Rubén confiaba en nosotros y nos decía que podíamos ganarles a todos. Ganamos respeto, antes en el hotel no nos saludaba nadie, después todos”. Cuenta el ex Quilmes, Boca y Estudiantes de Olavarría.

Cuando se da un salto tan grande hay muchas posibilidades de no poder mantener los pies en el suelo, pero el entrenador los bajó de un hondazo, así lo cuenta el pivote: “cuando llegamos al hotel nos reunimos y nos dijo que no habíamos ganado nada todavía, después ganamos con lo justo a Brasil. Por eso casi no hay disfrute es todo muy rápido, no te podés relajar”.

El equipo demostró una química dentro de la cancha, pero también estaba (y está) fuera de ella. A lo largo de los años todos los jugadores de la Generación Dorada lo dicen en cada entrevista: “Nosotros nos apoyábamos mutuamente, día a día, charlábamos, estábamos juntos, juagábamos al truco. Era llegar y sacarse la mochila del egoísmo, no había caciques, éramos todos indios”. La única figura que destaca el Colo que se imponía era Magnano: “El entrenador es el que marca el camino, su trabajo fue excelente”.

En Indianápolis perdieron la final contra Yugoslavia, pero dos años más tarde, en los Juegos Olímpicos, pudieron tener su revancha. Lograron el Oro por primera vez en la historia. “Cuando vos a un chico le das un dulce y se lo sacas lo quiere, y al otro día quiero dos y al otro tres. Nos pasaba eso; cuando descubrimos la felicidad que daba ganar, nos alimentaba”. Tuvieron que soportar una presión psicológica que pocos deportistas aguantan: “La cabeza quiere más, te empuja a seguir”.

En 2004 un entrenador estadounidense los llamó el Alma, apodo que quedaría impregnado a fuego en la selección: “estábamos por entrar a jugar un partido y nos vio la unión que teníamos”. El entrenador se lo comentó a Popovich, su ayudante, y permaneció.

Una década más tarde, Argentina volvió a jugar una final en un Mundial, ya con pocos jugadores de esa generación y un gran recambio, superaron las expectativas de propios y ajenos: “el basquetbolista argentino que llega a la elite, quiere imitar lo que pasó y probar lo que es eso, porque todo lo que te pueden decir no lo sabes hasta que lo probas”, se deshace de elogios a este grupo que logró el segundo puesto en China, remarcando su fortaleza mental.

La Generación Dorada marcó un antes y después en el básquet argentino. Dejaron triunfos y también aprendizaje, por eso, siempre, es un placer escucharlos. 

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