Docencia en cuarentena: de la sobreexigencia al acoso laboral

La virtualidad impuesta para combatir la pandemia hizo que empezaran a trabajar a toda hora, día y noche, sin horario fijo, fines de semana ni feriados. La propuesta de continuidad pedagógica no tiene en cuenta la realidad de muchos chicos y chicas, pero tampoco la de sus docentes. Y ante la menor falta, la amenaza de sanción. Una historia en una escuela de La Plata que expresa el momento que atraviesan muchas maestras, maestros, preceptores y preceptoras

Por David Barresi

Trabajar feriados y fines de semana; recibir mensajes de WhatsApp a cualquier hora del día o la noche, tanto de estudiantes como de directivos; tener más tareas y responsabilidades laborales que las habituales bajo amenaza de sanciones y por sobre todas las cosas: no quejarse. El Aislamiento Social, Preventivo y Obligatorio brinda un marco que permite que la docencia sea exigida al máximo bajo el precepto de sostener una continuidad pedagógica virtual, aun en situaciones en que la misma es prácticamente imposible.

La situación que vivió el sábado Verónica Oholeguy, preceptora de la Escuela Técnica N°5 de Villa Elvira, no es aislada ni particular. Es apenas un ejemplo que en mayor o menor medida se da también en otros establecimientos educativos de la ciudad. A través de un mail, el director del colegio, Fabián Labella, le notificó formalmente que podía ser sancionada por no haber hecho “en tiempo y forma” las tareas que le habían ordenado. Prácticamente la acusó de ser responsable de que decenas de niños y niñas no hayan recibido el alimento del Servicio Alimentario Escolar ni el cuadernillo para continuar con sus clases. Nada más, y nada menos.

Oholeguy trabaja en esa escuela desde hace diez años. Está embarazada de cinco meses y medio pero siguió yendo de forma presencial hasta el último día que pudo. Luego comenzó la emergencia sanitaria nacional por la pandemia del COVID-19, y al encontrarse dentro del “grupo de riesgo”, tuvo que tomarse su correspondiente licencia. Sin embargo, lejos estuvo de ser una licencia común y corriente.

“Nos empezaron a pedir trabajos de contacto con los chicos y con los profes, para irles pasando las tareas. A través de WhatsApp, por los grupos. Cuestiones que en algunos casos ni llegamos a poder hacer previamente, porque tuvimos muy pocos días de clase”, explicó.

“Luego hicieron las plataformas de classroom, para hacer aulas virtuales y pasar por ahí las tareas. Después nos pidieron que llenáramos unas planillas de excell, en las que teníamos que llenar además de los datos de los chicos, el contacto con la familias, el mail de los adultos y las adultas responsables… una cosa no diría imposible pero sí descabellada”.

La razón por la que calificó de esa forma al requerimiento de las autoridades tiene que ver con el contexto social en el que se inscribe este establecimiento: “Nosotros laburamos con chicos que en muchos casos no tienen ni computadora ni internet, que viven en condiciones muy difíciles. La población educativa de esta escuela es de la zona de Villa Elvira, Barrio Aeropuerto, Altos de San Lorenzo, donde los chicos en muchos casos viven hacinados, en viviendas precarias. Pasan la cuarentena como pueden, en condiciones lamentables la mayoría de los pibes”, indicó Oholeguy.

“Los teléfonos de los padres que teníamos, algunos ni siquiera te contestan, porque no deben tener ni crédito”, remarcó la preceptora y señaló: “A mí se me hizo imposible entregar eso a tiempo. Se me fue complicando reunir esos datos y lo entregué tarde”.

A todo esto, las condiciones para poder cumplir con el trabajo exigido no sólo son dificultosas para el alumnado, también lo son para la docencia. “No tienen en cuenta la conectividad de las pibas y los pibes, pero tampoco tienen en cuenta los recursos de los profes y de los preceptores y las preceptoras. Yo no tengo la netbook de la escuela, otros las tienen pero están bloqueadas, tenemos celulares que no soportan tanta sobrecarga. Nada de esto se tiene en cuenta”, afirmó.

El portón de la escuela

Sobrecarga y luego sanción

La dirección del colegio no tuvo en cuenta las condiciones que Oholeguy menciona, ni tampoco el hecho de que ella estaba de licencia por ser grupo de riesgo, e incluso ya pudo haberse pedido una licencia por embarazo.

“Entregué las planillas más tarde, e incompletas con los datos de los padres con los cuales no me pude comunicar”, relató y agregó: “me llamó la vicedirectora, me dijo que el director estaba haciendo actas a las compañeras y compañeros que no estábamos conectándonos con las notificaciones que recibíamos”.

El fin de semana llegó el mail del director, con las acusaciones mencionadas, cargando toda la responsabilidad del contexto social en la preceptora. “Las situaciones de acoso laboral por parte de esa escuela y de ese director, son históricas”, puntualizó la preceptora, y señaló que no es la única que está en una situación de total sobreexigencia: “la mayoría de las compañeras se queja de esto, y terminan haciendo las tareas a los ponchazos, como pueden”.

En la nota le aclararan que el no haber cumplido con “sus tareas” puede implicarle una sanción o incluso que se le baje la calificación anual docente. “Desde que empezó todo esto, nos mandan pedidos sábados, domingos feriados, todo el tiempo. Hay una exigencia de arriba para cumplir con estas tareas que realmente son descabelladas”, aseguró.

“Se desvirtuó el horario de trabajo nuestro, los días de laburo, los feriados ya ni existen. Y de algún modo te sentís obligada a estar pendiente, porque no podés dejar de contestarle a un chico. Además, terminamos expuestas a este tipo de aprietes, porque pensás ¿si no respondo esta nota qué pasa? ¿me bajan la calificación?”, indicó la preceptora.

Mientras se asesora para saber si realmente esa nota es válida -la dirección, por ejemplo, considera un instrumento válido de notificación el correo electrónico o el mensaje WhatsApp- Oholeguy reflexiona sobre la forma en que se encaró desde el Ministerio de Educación el trabajo durante la pandemia: “No hay un concepto de acompañamiento, hay un concepto de continuidad. Pero la continuidad sin presencia es algo prácticamente imposible. Entonces sigue habiendo tareas para los pibes permanentes y exigencia para nosotros permanentes, y no hay un sentido de acompañamiento en esto. Nos piden recabar información que no se sabe para qué es”.

“Me parece, por otro lado, que es una falta de respeto a los pibes. Los mails de los padres no entiendo para qué los quieren. Y después atosigarlos en esta situación, sin tener en cuenta si están bien, si tienen para comer. Esas cosas me parecían mucho más importantes de saber o de indagar antes de pasarle la tarea a los pibes”, sostuvo.

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