Trabaja de periodista y en los días de sudestada se pone el traje de surfer

Un surfista de La Plata transforma el temporal en una oportunidad para sentirse como en Hawái. Montó un surf shop en el barrio menos pensado. Por qué asegura que el surf es como la mafia

Por Ezequiel Franzino

Practicar algún deporte, cualquiera que sea, además de cierta habilidad requiere nacer en el lugar justo. No es casualidad que los mejores esquiadores del mundo provengan de países nórdicos ni que los campeones de beach voley generalmente surjan en Brasil ¿Alguna vez vieron a un keniata o un jamaiquino lento? Es ley: la geografía determina las habilidades de los atletas. Sin embargo, La Plata, una ciudad a la que sólo le falta el mar para ser perfecta, tiene entre sus vecinos a un deportista que rompe las máximas: un surfer.  Cuando el Río de La Plata crece y el viento se pone del sudeste, Agustín Mauad, el hombre que desafía las leyes de la naturaleza, sale en búsqueda de la ola de agua dulce  que se forma contra el murallón de contención de Punta Lara.

Por suerte para todos menos para él, este fenómeno climático se produce, como mucho, una vez por mes. En esos días de tormenta Agustín se escapa de la redacción en la que trabaja de periodista, se calza el traje de neoprene y se tira al río para surfear a la muerte.

“El choque del agua contra el muro genera un efecto rebote que forma una ola muy interesante. Eso sí, requiere andar a centímetros de la pared y no hay posibilidad de error”, dice Agustín, que en acción es una suerte de Patrick Swayze en la película Tiempo límite, y devela el truco: Hay que tener cuidado con los grandes troncos que trae la sudestada y conocer muy bien el terreno”.

La sudestada a veces puede extenderse durante un día entero, en otras oportunidades dos días, pero eso que Agustín llama “su máxima expresión” apenas dura un rato. Este surfista del río trata de encontrarse con ella en el momento que sea, incluso si está cayendo el sol. “La última vez me vino a sacar prefectura porque el río estaba bravo y se estaba haciendo de noche”, recuerda entre risas este adicto al peligro. Cuando el fenómeno meteorológico no se produce, para matar la abstinencia se embarca con amigos para surfear las olas que generan las lanchas.  

Más allá de la inconsciencia que requiere practicar este deporte, el más peligroso de los de riesgo, el joven Mauad (27) tiene un límite: cuando el agua supera los muros de contención deja de surfear.

 “No da que uno ande divirtiéndose mientras al resto de la gente se le está llenando de agua la casa. Ahí salgo y trato de darle una mano a los vecinos que se inundan”, explicó este hombre anfibio.

Pero no crean que para realizar esta actividad sólo se necesita una dosis de locura. De hecho hay que tener una técnica muy entrenada, paciencia extrema y el sacrificio de un monje. Todo eso para poder permanecer arriba de la ola durante 15 segundos. “Pero esos instantes son adrenalina pura, te ves controlando la situación, caminando sobre el agua, domando al río y a tu tabla. Cuando la ola es muy grande te agarra algo en la panza, una sensación de incertidumbre porque no sabés cuándo vas a caer. Todo esto hace que el surf sea como la mafia: una vez que entrás no podés salir”, confiesa Agustín.

Como es sabido, en la Argentina el surf está asociado a las clases sociales altas. En algún punto tiene sentido si se tiene en cuenta que una tabla no baja de los 5000 pesos y que los trajes de neoprene rondan los 2000. Sin embargo, así como logró desafiar las leyes de la naturaleza, Agustín puso en jaque al marketing y se propuso democratizar el deporte con una idea que cualquier especialista en negocios habría boicoteado de antemano: montó un surf shop en el corazón de Villa Elvira, el barrio con menos tradición surfer del planeta. Y le va muy bien.“Si en países como Brasil o Perú  lo practica gente de cualquier clase social, por qué no hacer lo mismo acá”, se preguntó Agustín antes de montar su exitoso negocio.

Los miércoles por la tarde, el único día que Agustín puede dedicarse a este emprendimiento,en esas cuatro paredes de calle 119 entre 71 y 72 pueden reunirse más 30 personas, que más que clientes son amigos. Ahí, además de tomar mates, planificar  escapadas a la costa o consumar ventas de tablas o accesorios, se planifican estrategias para difundir el deporte en la ciudad.

Años atrás, Agustín introdujo a su “mafia surfer” a Rocío, su esposa, cuando todavía iban juntos a la escuela secundaria. Desde entonces, cuando se planifican las vacaciones familiares, el destino se elige en función del tamaño de las olas que tiene ese lugar. 

Bajo estas condiciones conocieron Lobitos y Máncora de Perú, La Paloma y Punta del Diablo de Uruguay y toda la costa argentina. “Queremos viajar a Playa Unión, en Chubut, ahí sí que sopla el viento”, dice Agustín.

Con la mente y el alma en dirección al mar, a principios de año, cuando nació su primera hija, la elección del nombre resultó más sencilla que barrenar una olita de la Costa Atlántica con una tabla de telgopor: “Le pusimos Joaquina, por una playa de Brasil que es una especie de templo para los surfistas y que todavía no conocemos”, dice entre risas Agustín, que en verano puede pasarse hasta 12 horas en el agua hasta salir todo arrugado y que en invierno, aún con temperaturas bajo cero, no baja de las dos horas. “Me quedo hasta que empiezo a congelarme”, confiesa.

Así como algunas embarazadas se ponen los auriculares en la panza para transmitirles a sus hijos estímulos musicales, Joaquina tuvo su bautismo con el mar antes de conocer el mundo exterior. Con una panza de seis meses, su mamá, Rocío, se subió a la tabla para que ella pudiera sentir eso mismo que a sus padres los hace tan felices.     

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