Birocho: el bicicletero runner de Barrio Hipódromo

Fotos: Nicolás Braicovich (Pulso Noticias)

Tiene 70 años y está por terminar la Primaria. Enviudó a los 31, es padre de cinco hijos y ya fue bisabuelo. Llegó a La Plata desde Roque Pérez y trabajó 20 años en YPF. Fue ciclista y ahora se dedica a correr. “Todo es cuestión de ponerse una meta”, asegura desde la humildad

Por Facundo Diorio

Una compañera me había contado que era corredor. Yo le llevé un par de veces la bicicleta a arreglar, y apenas lo tenía de nombre. Cuando el otro día, casi de casualidad, me contó que está por terminar la Primaria me conmovió. Pensé: cómo alguien de su edad, que labura, tendría semejante voluntad. Y así, en menos de una hora, me resumió su vida charlando.

Se llama Omar Birocho. Tiene la bicicletería en 38 entre 119 y 120, en pleno Barrio Hipódromo, y es atleta. Este año completará los estudios primarios en la nocturna de 7 y 32, pero dice que no se va a conformar con eso. Quiere seguir estudiando y enseñar matemática. En su taller, que tiene desde hace cuatro años en el barrio, expone sus trofeos, fotos y medallas. La última la ganó el domingo pasado, cuando salió segundo en su categoría en una carrera de 8 kilómetros en Pipinas. 

Trabaja de ocho de la mañana a cinco de la tarde, poniendo a punto las bicicletas de los vecinos de la zona. Varios pasan y lo saludan. Otros frenan a conversar. Nunca le va a faltar una anécdota y siempre está dispuesto a ayudar. “Reparar una bici para mí es darle vida, es lo más lindo que hay”, admite.

Cuando cierra el local se va a cursar. Después de la escuela se pone los cortos y sale a entrenar. Pero no como los que hacemos dos o tres kilómetros, dejando todo, una vez cada tanto. Birocho ha hecho maratones (42 kilómetros), media maratones (21km.) y entrena casi todos los días para competir en las más de 30 carreras que se hacen al año en la región. Las tiene a todas en mente. “Ayer salí a dar una vuelta de 15 kilómetros”, dio como ejemplo.

Si bien corre desde que tenía seis años, antes era ciclista. De allí su vínculo con las bicicletas, a las que reconoce como una pasión. Dejó de competir porque es muy costoso mantener una bici de carrera, y porque requiere mantenerse en forma con mucha disciplina. Pero siguió corriendo, y ahora es su propio cuerpo el que atraviesa kilómetros para cumplir un objetivo. Tal como se maneja en la vida: “Vos tenés que tener una meta de acá a unos años, porque el día ya lo estamos viviendo”, dice.

“Acá todos me conocen, pasan y conversan”, cuenta el hombre de tez morena, cuerpo fibroso y manos engrasadas por el oficio. No aparenta la edad que tiene. Si bien reconoce que últimamente el barrio es “peligroso”, dice que tiene una excelente relación con los vecinos y que está allí desde que se fue del barrio Cementerio, donde empezó con el rubro hace 25 años. “Tuve un taller mucho tiempo en la zona de 82 y 29”, relató.

Antes de ser bicicletero trabajó en YPF. Lo hizo de 1982 al 2002 como operario de una empresa, cuando finalmente inició los trámites para jubilarse, a los 63. Llegó a La Plata proveniente de un campo de Carlos Beguerie, partido de Roque de Pérez, donde hoy viven cuatro de sus cinco hijos. El otro está en Mar Azul. Trabajó desde los doce años en estancias de la zona y ya siendo mayor armó las valijas y se vino. Dice que allá le decían que “era un vago, que andaba con las bicicletas”.

Había nacido el 23 de junio de 1949. Sus padres lo dejaron dentro de un cajón en una zona rural porque no lo podían tener. Y se crió con otra persona. Cuenta que cuando en 1955 el peronismo legalizó el reconocimiento de hijos de matrimonios divorciados lo volvieron a reconocer. Fue allí cuando le pusieron el apellido de su padre: Birocho. Él ya tenía unos cinco años.

Una vez en La Plata y, como siempre, entrenaba. “Me fundí en Roque Pérez y me vine para acá”, contó sobre su llegada. Hoy, ya jubilado tras dos décadas de trabajo en la planta de Ensenada, disfruta de su presente y sobrevive con el taller. Está en pareja con una mujer hace más de 10 años, a la que también le gusta correr. “Ella fumaba y pesaba varios kilos más”, dice mostrándome una foto, “pero ahora entrenamos juntos”.

Como si esto fuera poco, conoció a su hermana recién en 2013. Y unos pocos años antes a otro de sus ocho hermanos. No sabían que lo eran hasta que un amigo del pueblo los conectó. Ella estaba viviendo en Lobos, con el apellido de la madre. Aún recuerda con emoción una cena de 400 personas que hicieron para celebrar el reencuentro. Con el otro hermano hasta habían competido juntos como ciclistas y lo supieron dos años después.

Se lo ve fuerte y revitalizado. Un diente de ajo por día y una pequeña dosis de polen de abeja son algunos de sus secretos. Además, dejó entrever que es cuidadoso con las comidas. “Yo me puedo comer una pizza y una cerveza con vos, pero eso no le hace bien al cuerpo”, reconoció. Así de estricto es con lo que hace. Porque es su vida. “Gracias al deporte soy bicicletero”, admitió.

Y si hay algún día que no puede salir a entrenar se las rebusca. Toma dos pesas que tiene dentro del taller con sus manos y trota en el lugar. Como para no estar demasiado quieto. “Si naciera de vuelta volvería a hacer esta vida”, me dijo. Ahora anda con ganas de escribir un libro con todas sus experiencias. Y si se lo propuso, lo va a hacer.

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