Las dos desapariciones de Jorge Julio López

Fotos: Nicolás Braicovich (Pulso Noticias)

Jorge Pastor Asuaje fue su compañero de militancia y amigo. En estos diálogos cuenta cómo fueron los días compartidos con la persona que desapareció dos veces en nuestro país y fue un testigo clave en los Juicios por la Verdad

Por Paulina Tarantino (Nota publicada en edición impresa Pulso Noticias)

Para Pastor, recordar es difícil.

Trata de explicar lo que le pasa cuando hace memoria y se asemeja a un esfuerzo descomunal que lo deja extenuado. Ahora mismo me pide que nos sentemos. Respira agitado, se acaricia la frente y posa los ojos en un punto de la pared; como si viniéramos de correr y quisiera usar el aire que le queda en restablecer el equilibrio.

Sin embargo, vuelve a hablar: “Yo a López trato de tenerlo presente todos los días. Lo puse de fondo de pantalla de mi computadora, así cada vez que la enciendo, él está ahí”, dice.

Pienso en las cosas que hace la gente para no olvidar. Jorge Julio López por ejemplo, escribió y dibujó los tres peores años de su vida en unos papelitos, para ganarle la pulseada al tiempo. Son el primer cuerpo de once hojas utilizadas en el reverso de impuestos, bolsas de cal, almanaques, y volantes, que narraban las torturas, dolor, incertidumbre, frío y hambre por los que había pasado desde el 27 de octubre de 1976 -en que fue secuestrado de su casa de Los Hornos- hasta el mediodía del 25 de junio de 1979 en que fue liberado. En esos 942 días, López estuvo en los Centros Clandestinos el Destacamento de Arana, Pozo de Arana, Comisaría Quinta y Comisaría Octava de La Plata y -ya blanqueado como preso político- en la Unidad 9. Pero sin duda, esos escritos contenían lo más terrible que le tocó vivir: los fusilamientos de varios de sus compañeros por las fuerzas de seguridad a mando del comisario Miguel Etchecolatz.

Era el 2005 y como Pastor, López estaba cansado:

– Tomá, a ver si podés hacer algo con todo esto-, le dijo a su amigo entregándole los manuscritos.

“A penas faltaba año y pico para que pudiera testimoniar en los Juicios por la Verdad llevados cabo en La Plata sobre el Circuito Camps, pero él estaba muy desesperanzado, por eso me los habrá dado”, cuenta Pastor.

La otra parte de la documentación escrita fue encontrada por su familia tiempo después, en una valija empolvada en lo alto de un placard, a donde no podía llegar la curiosidad de su mujer Irene que se oponía fervientemente al recuerdo de aquellos años y al compromiso del viejo con la militancia peronista.

López tenía 44 años cuando comenzó a concurrir a la Unidad Básica Juan Pablo Maestre de 66 y 140. “Ahí nos conocimos. Habíamos conseguido el local con unos compañeros de la secundaria entre los que estaba Ambrosio de Marco; López se sumó y fueron años en los que hicimos cosas reivindicativas para el barrio, desde arreglar las veredas, armar campeonatos de fútbol y peñas”, explica Pastor. “La última primera vez que lo vi, no la recuerdo, yo ya me había a trabajar a otro barrio y el contacto era asiduo con los compañeros de la Maestre, pero sí me acuerdo el día que nos reencontramos luego de su primera desaparición forzada, me contó todo lo que después testificó en el juicio y fue muy doloroso escuchar cómo habían muerto mis amigos Ambrosio y su compañera Patricia Dell´Orto.”

Pastor Asuaje volvió a ser compañero de Jorge Julio López entre los años 2004 a 2006 en que se abría una esperanza en el país de ajusticiar a los detenidos desaparecidos de la Dictadura. “Le ayudé a tramitar una indemnización por los días que lo habían chupado y en cuanto la cobró se la dio a los hijos”. Pero también, Pastor oficiaba de mensajero entre la Asociación de Ex Detenidos Desaparecidos de La Plata, cuya máxima referente era Nilda Eloy y la casa de López, en donde todavía el pánico de su mujer y la resistencia de su familia no dejaban que él mencionara los temas del pasado, a pesar de su imperiosa necesidad de hablar.

Será por eso que Pastor lo escuchaba tanto. “No le hacía preguntas”, repasa. “Y le llevaba y traía mensajes de las personas que trabajaban en la querella porque a veces se hacía difícil comunicarse con él por teléfono y por la situación en la casa”, expresa Pastor.

La segunda última vez que lo vio estaban en la parada del micro 307 en Plaza Moreno. “No quiso que lo acompañara a Los Hornos”, dice.

Después de aquel 18 de septiembre de 2006 en que uno de los testigos que había condenado a prisión perpetua a Etchecolatz desapareciera por segunda vez, Pastor buscó a su amigo como un mes junto al hermano de Patricia Dell´Orto por la zona de Arana. Después, por otras localidades de Gran La Plata. Después, pensó que quizá López se había ido. Luego, lo desechó y comenzó a hilvanar nuevas pistas que lo condujeron a ninguna parte.  Ahora, que han pasado trece años me dice: “No tenemos nada. Sólo la memoria de lo que pasó y de lo que hay que hacer. Hay que hacer una sociedad más digna de López, más digna de personas como López que es un ejemplo para todo el género humano”.

Comentarios