El amigo que nunca quiso ser mi amigo

Por Ezequiel Franzino

Oscar y yo nunca pudimos ser amigos. Así lo dispuso él desde el principio.

— Yo soy tu papá, no soy tu amigo

— ¿cuál es la diferencia? — pregunté yo con seis años.

— Podemos divertirnos juntos. También podés — y debés- contarme todo. Pero cuando te mandes cagadas te voy a retar y poner en penitencia. Y los amigos no ponen penitencias.

— Pero yo no hice nada papi

— Andá a la habitación. Vas a salir cuando yo te diga

Todavía encerrado en la pieza, no podía creer lo que había sucedido. La historia es larga, pero la voy a resumir: en la calle donde vivía y jugaba al fútbol, nunca pasaba un auto. Le pegué fuerte a una pelota, el viento bahiense la arrastró hasta la esquina y — sin ninguna intención más que la de meter un gol- derribé a un tipo que venía a las chapas en una Zanella 50. El hombre voló treinta metros y no murió de casualidad.

— Te voy a matar a vos y a tu papá- dijo el hombre que estaba todo raspado

— Mi papá está trabajando. Estoy con la señora que me cuida.

— Qué venga tu viejo ya y me pague todo este desastre — dijo enfurecido.

Desesperado lo llamé al trabajo. Le dije que era una situación difícil de explicar, pero que viniera urgente a casa porque había tenido un accidente y que lo estaba esperando un hombre para cobrar los daños ocasionados. En menos de diez minutos Oscar llegó, amenazó de muerte al herido y lo despachó sin indemnización alguna.

— Nunca más volvés a hablarle así a un nene de seis años. Menos a mi hijo. La próxima te cago a trompadas.

El héroe, que me había defendido y salvado, ahora me castigaba. Lo peor de todo no era la penitencia, sino su renuncia a esa amistad que creía tener con él. Todavía en la pieza, aún cumplido el horario de sanción, me quedé pensando de qué manera podía recuperar el vínculo. No encontré peor solución que refugiarme en una frase suya: “siempre decime la verdad” dijo “así vamos a llevarnos bien”.

Aquella expresión iba a marcarme a fuego y a transformarse en una especie de sincericidio permanente. Algo que me traería algunos beneficios, pero sobre todo complicaciones.

A los doce años, mi viejo cortaba el pasto y le pedí que apagara la máquina. Tenía que hablar con él.

— ¿Qué pasó?

— Nada. Te quería contar que fumo.

— ¿Qué? — Dijo mi papá y mostró sus colmillos.

— Sí, pero no te hagas problema. Ya dejé.

Oscar se debatía entre fajarme o soltar la carcajada. Me había tomado muy a pecho eso de decirle siempre la verdad. Ya no iba a haber retorno; transparencia absoluta. Además, para ese entonces, ya había aprendido a medirle el pulso. Sabía que en la medida que él estuviera al tanto de las cosas en las que andaba podía hacer lo que se me cantara. Si a mis amigos les daban permiso hasta las doce de la noche, a mí me dejaban hasta las dos de la mañana. Si estaba en penitencia por haber traído bajas notas en el boletín, le decía que esa noche me veía con alguna chica.

— Andá, pero la semana que viene seguimos con la penitencia

En algún momento creí tener impunidad. Mi viejo no era mi amigo, pero yo seguía convencido de que efectivamente lo era. Una noche, después de la matineé, lo llamé por teléfono para pedirle un permiso:

— Hola, Pa

— ¿Qué te pasó? ¿No tenés plata para el taxi?

— Sí, te llamaba para avisarte que ahora nos vamos al cabaret con los chicos

— Ezequiel, tenés 13 años. Veníte para casa.

— No, pero está todo bien. Tenemos documentos truchos.

— Vení inmediatamente para acá.

Ahora, que ya no tengo que pedirle permisos, pensé que el anhelo de poder convertirme en su amigo podía volverse realidad. El último 20 de julio lo llamé para saludarlo.

— Feliz día

— Yo no soy tu amigo- dijo otra vez- soy tu papá

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