Día Mundial Sin Tabaco: crónica de un fumador

Por Ezequiel Franzino

Hoy, como todos los 31 de mayo, en todo el mundo se celebra el Día internacional sin tabaco, pero en mi casa Lucía se encarga de conmemorarlo los 365 días del año: “Qué asco ese aliento a pucho que tenés”, “Nos vamos a casar el día que dejes el cigarro de mierda ese”, “¿Te das cuenta que hace 20 años que fumas?”, “Te vas a cagar muriendo”.

Ahora me persigue, me vuelve loco y me desprecia por ser un fumador, pero bien que cuando nos pusimos de novios, hace ya cinco años, me pedía que- cual modelo de Philip Morris- posara para la cámara con un cigarro en la boca. Lo peor es que lejos de negarme, como un gil tiraba bocanadas de humo hacia el lente y hasta me creía sexy. A veces, fumando en el patio de mi casa, pienso en lo lejano que quedó aquel tiempo. Y también pienso que ni bien entre tendré que cepillarme los dientes y lavarme las manos para poder acostarme a su lado en el sillón para mirar alguna película.

Una vez le mentí. Le dije que lo había dejado porque esa fue la condición que puso para que nos fuéramos a vivir juntos al regreso de su viaje de tres meses por el sudoeste asiático. La noticia se celebró tanto, que hasta me llamaron mis suegros para felicitarme y para preguntarme si estaba usando el cigarrillo electrónico que me habían comprado unos meses atrás: “Es espectacular”, fingía yo con el cenicero lleno de colillas, en un monoambiente donde no se veía la cama por la cantidad de humo que había.

Todos estos problemas conyugales explican los motivos por los cuales apenas compré cuatro atados de cigarrillos antes de que nos fuéramos de viaje por Europa. Para saciar mi vicio hubiese necesitado — de mínimo- un cartón, pero con tal de evitar sus desplantes me juré que sólo iba a fumar cuatro por día, bastante menos que los diez que suelo pitar por jornada. Imposible de cumplir. A la mitad de la estadía ya estaba en cero.

– ¿Seis euros? Ni en pedo. Pedirás a lo sumo — me dijo Lucía en la cigarrería, mientras yo le hacía caras al vendedor buscando complicidad y algún descuentito, tal vez. Dije gracias, hasta luego, y me fui resignado como un nene al que la madre no le compra la golosina que pide en el almacén.

De nada sirvió mi acting de ira y malhumor que extendí durante las horas posteriores como para que ella notara las falsas alteraciones físicas y mentales que me estaba produciendo la abstinencia. Para esta luchadora incansable, para esta mujer tenaz que no se resigna a tener una pareja fumadora, era un proceso por el cual “teníamos que pasar”.

Pero yo no quería pasar por ningún proceso, yo sólo quería fumar. Y el malhumor dejó de ser actuado e invadió mi cuerpo. En Roma, iracundo y alterado, pedí puchos en un italiano rústico e inentendible, acompañado siempre del gesto universal del dedo índice y el mayor en dirección hacia la boca: “Tené un cigarette”, “me convidá un Cigaritto”. En Londres, mis limitaciones idiomáticas fueron peores todavía: “Can ai Cigarette”. En Ámsterdam, jugado, directamente hacía solo el gesto con los deditos.

Desde hace tres meses descansa en mi mesa de luz “Es fácil dejar de fumar, si sabes cómo”, un libro que Lucía le pidió a una compañera de trabajo que pudo dejar gracias a este método “Infalible”. Hoy, que leí que más de 5 millones de personas mueren al año por tabaquismo, me prometí leerlo antes de que lo devuelva.

Comentarios

- Advertisement -