Diego Martez: en busca del nombre propio

Foto María Paula Ávila (Pulso Noticias)

El cantautor platense celebra sus 15 años en la música con el recital más importante de su carrera en el Teatro Argentino. En esta entrevista, su camino, sus proyectos y las luchas de los artistas independientes

Por Facundo Montiel (Publicado en la edición impresa de Pulso Noticias)

Hay algo de ésta ciudad que se condensa en la música de Diego Martez.

Con esa tesis en la cabeza toco el timbre de su departamento, un ph amplio y viejo en pleno centro platense, su pequeña isla ruidosa. Más tarde me dirá que ha ensayado por la mañana con el martilleo de los edificios continuos de fondo, como si fueran beats sobre los cuales improvisa. “Tenes que hacer algo con eso, sino es insoportable, y realmente me asombra la cadencia del martilleo, me pregunto cómo pueden sostener ese ritmo…”, confesará. Después, porque ahora me abre la puerta, y tiene la barba más corta que en las últimas fotos, no lleva el poncho que suele usar en sus presentaciones ni es tan alto ahí, abajo del escenario.

Pensaba encontrarme al Horacio Guaraní joven que me habían descripto. Pero Diego Vázquez Espiro, el hombre detrás del proyecto Diego Martez, platense, 36 años, es distinto. “Soy muy manija” asegura. Mientras, intenta poner un disco desde la computadora (nunca lo logrará) y prende el primer pucho. Con el cenicero en el centro de la mesa, Paula (fotógrafa) y yo lo secundamos en el vicio y tratamos de seguirle el hilo. Está ansioso por su presentación, la más importante de su carrera, el próximo 18 de mayo en el Teatro Argentino.

“Para cualquier músico independiente, llegar a la Sala Astor Piazzolla (300 personas, excelente acústica) es un lujo. Tuve momentos maravillosos, pero este es un punto de quiebre en el camino que estoy recorriendo desde hace más de 15 años. Es la celebración”, reflexiona Diego. Son 31 personas trabajando desde principios de abril: el catering, los invitados y la banda que se agranda  con un trío de cuerdas, un piano de cola, un coro. “Es una producción compleja”, reconoce, aunque sabe que tiene un as de espadas. Junto a Alexis, compañero y coequiper (“una simbiosis perfecta”), llevan adelante la productora Caminar de Elefante, que desde hace años destaca en la agenda cultural de la ciudad.

Foto María Paula Ávila (Pulso Noticias)

En cuanto al show, “habrá un recorrido por todos los discos”, que fueron cinco: desde el primero, Proyecto Vol. 1, grabado en una habitación con una guitarra acústica (2002, el rostro desnudo, la voz cruda y melancólica); hasta el último, Lo perdido (2017), donde encontró lo que buscaba: “En Lo perdido hay otro salto, otro sonido, otra etapa. Cuando se me ocurrió grabarlo sabía que iba a ser distinto a lo que venía haciendo”, recuerda. Producido por Shaman Herrera, tomó la oscuridad de sus canciones, que compartió con Sofía Viola, Charo Bogarín, María Ezquiagay el mismo Shaman.

Pérdidas y descubrimientos

Escribo estas líneas mientras escucho su primeros temas (año 2001, 2002). Tenemos casi la misma edad y me trae recuerdos de época: la crisis, la juventud y sus crisis. “El que canta es otro chabón”, me dijo. Entre esas primeras búsquedas y Lo perdido hay casi dos décadas. Y aunque no le guste la referencia, en el medio pasaron cosas.

“Bellas Artes me cagó la vida”, dice, y nos reímos con el prometedor título de esta nota, del ego de los profesores, de la academia y su estructura. “En la secundaria era un ratón de biblioteca, un ñoño, no me gustaba la gente”, cuenta, pero la Universidad lo decepcionó. Estudio cine y huyó, estudió teatro y le encantó. Eligió la música, con sus contrastes.

Una vez, por ejemplo, lo invitaron a cantar en la inauguración de una cervecería. 200 personas riendo eufóricas y él con su guitarra acústica y un cajón peruano. “Era un caos”. En un último intento, Diego se subió a las mesas de los comensales y empezó a cantar un tema a capella. Una a una, mientras las caminaba, las mesas iban haciendo silencio. Fue el tema más aplaudido, y el que más se escuchó.

“Piedras en el camino, frustraciones y dudas, tuve todas las que pude tener. No voy por la vida con certezas, voy arriesgandome como muchos músicos que estamos en este camino de lucha y autogestión. Tenemos momentos donde empezas y tocas para mucha gente, porque van tus conocidos, amigos, familia. También tocas en lugares semi vacíos. Al no tener todo servido, como en proyectos más mainstream, la frustración me atravesó, pero también me hizo tratar de ganar ciertas batallas”, asegura Diego y prende otro cigarro. Hay menos latas de cerveza en el freezer. En el cenicero la ceniza. Dos luces tenues sobre la mesa. A su espalda, en el living iluminado por un mundo (un globo terráqueo), una biblioteca atiborrada con libros de Stephen King y colecciones de muñecos de Star Wars.

En La Plata hay cientos, miles de artistas independientes. Se cruzan, se juntan, forman colectivos y centros culturales. Cineastas que fundan productoras, ciclos de cine y series web; actores y actrices que sostienen salas de teatros con los hombros y las manos, músicos que la reman siempre, solos o en banda. Escribo y pienso: ¿cómo se construye un estilo, una impronta, un nombre propio en la música, en un universo como nuestra ciudad, atravezada por el arte y sus dificultades?

Esbozo una respuesta.

Diego se prepara para sacar dos discos, completamente distintos uno del otro, aunque dice que Lo Perdido es el sonido donde más quiere quedarse. Es inquieto, “manija”. Apaga el último cigarrillo y explica: “Me gusta la tranquilidad, la soledad de mi casa a la noche. Pero en la música tengo la necesidad de moverme, de buscar mi personalidad artística, mis maneras de cantar. Es mi forma de vida más natural, ahí no puedo descansar”.

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