A seis años del #2A: el agua todavía no se va

¿Cuántas historias faltan contar? ¿Cuánto tiene que llover para que el sufrimiento vuelva? ¿Cuándo habrá justicia?

Por Ramiro Laterza y Paulina Tarantino

Cuánto tiempo significa quince horas para una persona que quiere abrazar a otra.

Para Hernán Améndola, el 2 de abril de 2013, el tiempo se volvió más hostil que una ciudad convertida en un río furioso; donde -aún dejando todo el aire de sus pulmones- nada era suficiente para poder avanzar.

A las siete de la tarde se dio cuenta de que la cortina de agua de las horas anteriores no había sido absorbida por el suelo y estaba subiendo. Para eso, tuvo que verse a sí mismo rodeado de objetos flotando en la casa que compartía con dos perros mestizos en 38 y 117; ir hasta lo de su madre y pasar por el hogar convivencial el “Angel Azul” del cual era -y es- coordinador.

Algo andaba lo suficientemente mal como para dejar a la deriva a su hermana Sonia y a seis de los chicos más adultos del hogar, que venían de pasar un fin de semana en la costa y estaban entrando a la ciudad.

– Quedate tranquila vieja que el micro está en 520 y 15. Ya los voy a buscar.

Lo que Hernán no sabía era que cada vez que tirara su canoa al agua para intentar llegar hasta 520 y 15 alguien le suplicaría: “Por favor, ayudame”.

Como primera opción para buscar a sus hermanos -él llamaba así a todos los miembros del hogar-, subió al auto una mochila, un cortapluma, un pedazo de soga y algunas bolsas de nylon y manejó hasta 6 y 520. “Estoy a 9 cuadras”, se dijo. Un centenar de personas lo miraban desorbitadas cuando encaró por la avenida. Pero no fue necesario que intentaran detenerlo porque en pocos metros el agua ya le daba al pecho y lo devolvió para 7. Hernán se quedó agarrado a un poste de luz y se acordó de que en el Río Limay de Neuquén había que hacer una fuerza semejante para no terminar en la provincia de Río Negro.

Después, quiso cruzar por 32. Nada.

Por 44, 66, 72: imposible.

“No había manera de ir al otro lado de la ciudad, había quedado dividida”, explicará Hernán a Pulso Noticias.

Entonces, volviendo para su barrio -en 3 y 526-, rescató a las dos primeras personas: en la vereda de la delegación se encontró con un hombre en pleno infarto y con su mujer en shock. Los cargó y los dejó en el Hospital Rossi. Luego volvería para llevarles ropa seca y unas milanesas caseras que le había encargado a su madre.

Otra vez volvió a su casa, pero esta vez para proveerse de agua bebible y una canoa que le había regalado un amigo y kayakista rosarino.

– La canoa ahora está colgada en el garage de mi casa– nos dirá seis años después- Con mi amigo decimos que no hay que volver a regalarla, porque a donde va tiene un único destino: rescatar gente inundada. Lo había hecho en las inundaciones de Santa Fe, lo hizo acá el 2 de abril de 2013.

En 6 y 524 una piba no podía bajar de arriba de un árbol y los vecinos, comandados por Hernán, armaron una soga larguísima con mangueras, cables y sábanas de las casas para amarrarla y traerla. Fue el segundo rescate, y a partir de ahí perdió la cuenta de cuántas personas fueron.

“Más que nada por la desesperación que tenía de no saber dónde estaban mis hermanos”, cuenta.

“A la canoa la tenía con una soga y me la colgaba cruzada del pecho. Mientras podía caminar caminaba, sino nadaba; y donde no había correntadas entraba con el bote. Cuando la gente me veía entrar con la canoa me pedía ayuda: yo la subía y la traía acá”.

Cuando hace unos días llegamos a Hernán por intermedio de Soledad Escobar (una de las principales colaboradoras en la investigación judicial del derecho a la información (Habeas Data) llevada adelante por el juez Luis Arias cuyo resultado arrojó 89 víctimas fatales por causas directas e indirectas de la inundación) no sabíamos por qué este hombre alto vestido con bombacha y alpargatas, nos había convocado en una plazoleta en 528 y 6.  Sólo había esbozado: “Porque es un lugar significativo para mí”. Ahora entendemos cómo estos 50 metros cuadrados anclados en Tolosa hicieron de tierra firme para que muchos inundados pudieran salvarse.

Para la una de la madruga ya había perdido su linterna, remaba valiéndose de los destellos de algunas alarmas de autos, o luces que habían entrado en corto. En eso escuchó un pedido de auxilio por una señora que estaba atrapada en un pasillo al fondo. Tuvo que recurrir a un cesto de hierro para poder romper la puerta y acceder a la mujer, que se encontraba subida a una silla para no ahogarse.

“Me acuerdo que estaba desnuda, y que cuando la subí al bote me pidió por favor si podía volver a su casa por unas mantas”.

La señora le daba ánimos para que Hernán pudiera sostener su peso sobre la canoa y acarrearla hasta donde no hubiera agua. “Pero en un momento ella dejó de responderme”, cuenta, y agrega: “La dejé a grito desesperado en la plazoleta y los ambulancieros me pidieron que me calmara. Nunca supe si sobrevivió”.

A veces trata de recordar su rostro para ir por ahí preguntando por ella. Pero se da cuenta de que tampoco puede reconocer el PH de donde la rescató. Las casas fueron todas iguales aquella noche: una trampa para los que querían salir, un laberinto para los que querían entrar.

Después de eso, a Hernán lo invadió una bronca frenética y se zambulló al agua. Se propuso sacar más y más gente.

En el momento en que la noche cambiaba a día, Hernán vió desde arriba de la embarcación que la superficie del agua estaba teñida de aceite. Entonces dejó de remar y lo envolvió el silencio apocalíptico. “Ahí fue que me cayó la ficha y me quebré… lloré y pensé mil cosas, después estuve  un tiempo como a la deriva, hasta que escuché un auxilio de nuevo y volví”.

“Unos vecinos me indicaron de una señora postrada en una cama, entonces logro abrir la puerta, entro, y sí, estaba ahí; el agua al borde de la cama y apenas me podía responder del frío que tenía. Enfrente había un matrimonio con tres nenes agarrados de una reja; el agua les llegaba arriba del ombligo y la pareja los tenía alzados. Fue muy duro porque no podía llevarme a todos y difícilmente podría regresar por el que quedaría atrapado”, explica.

Entre los traumas psicológicos de las víctimas del 2 de abril este quizá sea el más cruel de todos: recordar todo lo que tuviste que dejar atrás para poder sobrevivir. Es algo que los damnificados directos y familiares de fallecidos tuvieron que sortear casi en soledad, ya que el estado diezmó ayudas y previno poco. De hecho, una de las últimas irresponsabilidades políticas y judiciales en torno a la tragedia aconteció hace menos de un mes cuando se realizó un juicio express que contempló un solo imputado y una multa de $12.500 (ver para más información
https://pulsonoticias.com.ar/35279/juicio-expres-y-una-condena-irrisoria-por-la-inundacion-del-2013/) .

¿Qué es la justicia entonces?

Lo más parecido a la justicia para Hernán sobrevino unos meses después de la inundación.

“Yo estaba trabajando en un vivero y veo entrar por la puerta una mujer aleteando los brazos y llorando de emoción. Me miró y me dijo: Gracias“.


La plazoleta de Tolosa (528 y 6) donde Hernán dejaba a las personas que rescataba

De no haber sido por el fuego que sentía en los hombros, Hernán no se hubiera percatado de que tenía un cuerpo. Sólo era un tipo caminando de manera inercial por la rambla de 32, arrastrando  su canoa, y que acababa de pegarle un trompón a un periodista que le había metido el micrófono en la cara porque -pobre- creía que en eso consistía su trabajo.

Eran las diez de la mañana del 3 de abril pero él no lo sabía.

Hasta que escuchó unos gritos del otro lado de la rambla y pudo reconocer los sonidos.

Entonces sí, cuando abrazó a los suyos, el tiempo se unió en mil pedazos.

Comentarios

- Advertisement -