Sandra Ayala Gamboa: crónica de un femicidio a través del tiempo


Hace doce años, violaron y mataron a una joven peruana que había venido a estudiar Medicina a La Plata. Su cuerpo fue encontrado en una dependencia gubernamental y sólo una persona resultó condenada. Nélida Gamboa, Nelly, su mamá, fundó una casa contra la violencia de género en el lugar del femicidio y se encarga personalmente de recibir a las mujeres y seguir sus casos

Por Paulina Tarantino

Fotos: Nicolás Mañez

Para Nélida Gamboa Guillén el tiempo es un confín de tristeza.

Es así desde el 22 de febrero de 2007, cuando su única hija fue encontrada asesinada y violada en el ex archivo del Ministerio de Economía de la capital de la provincia de Buenos Aires (ARBA) en calle 7 entre 46 y 47.

Entonces Nelly tenía 38 años, una vida en la ciudad costera de Ancón, un trabajo y otro hijo a quien cuidar. Pero bastó un llamado telefónico que advertía sobre la desaparición de Sandra, para que embalara una muda de ropa y se venga para Argentina.

Eso fue un domingo.

Nelly tenía en el bolsillo unos dólares para cambiar y también el pasaje para que Sandra volviera con ella a Perú. Nada sabía de este país ni de su gente, tampoco cómo salir de Ezeiza ni cómo llegar a La Plata. Pero aunque sea a tientas -y con la ayuda de un matrimonio con quien se tomó la combi de Tienda León- logró desembarcar en la ciudad y llegar a la comisaría primera.

“Vengo a hacer una denuncia por la desaparición de mi hija”, le dijo a la oficial.

La mujer casi no la miró pero le dijo que bueno.

“¿Cómo se llama su hija?”, preguntó.

“Se llama Sandra Ayala Gamboa”, respondió Nelly.

“¿Usted es la mamá de Sandra?”

Nelly dijo sí y por primera vez sintió mucho miedo de no poder llevarse a su hija de vuelta.

En la  víspera del martes Nelly fue a la pensión donde se alojaba Sandra y conoció a sus compañeras. También a su novio. Todos le comentaron que la chica de 21 años había salido después de almorzar y no había regresado. Lo último que había mencionado es que tenía una entrevista de trabajo para niñera que un compadre de su tierra Walter Silva de la Cruz -que también se alojaba en la pensión- le había vehiculizado con el señor Diego Cadícamo.

“No recuerdo si pasé exactamente por acá”, dice Nelly, “pero salí a pegar afiches con la cara de mi hija por avenida siete a ver si la encontraba”.

La mujer está sentada a la puerta de acceso de lo que fueron las ex oficinas de ARBA, ahora transformadas gracias a su esfuerzo en la casa Sandra Ayala Gamboa, un lugar donde las personas víctimas de violencia de género pueden acudir para asesoramiento, denuncia y contención.

Nadie la mueve de ahí por las mañanas de lunes a viernes de 9 a 15 horas. Quiere asegurarse de que las mujeres que entren se lleven lo que fueron a buscar. No como le ocurrió a Sandra, que hace doce años cruzó esa puerta y no salió más.

La casa

“Me cuesta ir arriba porque ahí pasó todo, a veces no tengo fuerzas para subir la escalera”, explica Nelly.

En el primer piso de ese edificio fue donde violaron y asesinaron a Sandra. Su cuerpo estuvo cinco días -de viernes a miércoles- tendido en el suelo y ninguno de los cinco hombres que frecuentaron el lugar que se encontraba en refacción pudieron justificar no haber visto el cadáver un año después cuando la fiscalía les tomó declaración. Ni el arquitecto Alberto Lucio Castillo, el maestro mayor de obras Luis Batteria, el electricista Luis Vega, ni el técnico Horacio Alfonsín junto a un herrero.

Tampoco el gobierno de la provincia de Buenos Aires -en ese entonces en manos de Felipe Solá y el representante de ARBA -Daniel Montoya-, argumentaron cómo un violador llamado Diego Cadícamo -que abuso sexualmente de otras ocho jóvenes entre el 2006 y el 2007 en la ciudad de La Plata- tenía la llave de un archivo ministerial y tomaba falsas entrevistas de trabajo en las instalaciones para levar a cabo su modus operandi. La trama de irregularidades en los procederes de la Policía y la Justicia está aún en suspenso: ya que no se procesó a los policías que en su inspección ocular sólo realizaron una descripción exterior, afirmando que se trataba de “un edificio abandonado y antiguo”.  

Una mujer interrumpe la entrevista con nerviosismo.

“Hola, cómo hago para saber por violencia de género. Es por mi hija”, dice.

Nelly se levanta, le indica el camino, se queda un rato en silencio observando quién la recibe y cómo la saludan. Porque Nélida Gamboa no es sólo la madre de Sandra. Ahora es la guardiana de la casa que ella misma levantó a fuerza de impotencia y de tristeza.


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