Ku Ku: el rey de los gustos excéntricos de helados vive en La Plata y es altruista

Fabrica sabores como arroz con leche, crema de aceite de oliva y calabaza, entre otros rarísimos. Vende una versión para todo público a 5 pesos y resiste como puede los apremios de la crisis. Una historia que te va a dejar helado…

Por Ezequiel Franzino

Hagamos un juego. Abrí la heladera y hacé un repaso de todos los alimentos que hay en la misma. Te apuesto a que este hombre que está al lado mío convirtió en gusto de helado a más del 80% de los productos que hay en tu refrigerador. ¿Cerveza? Hizo. ¿Palta? También. ¿Fernet? Obvio. ¿Calabaza? Más vale. También hizo de Campari y de mate cocido. Es más, te diría que convirtió en postre a alimentos que ni de casualidad aparecen en tu heladera. ¿Arroz con leche? Él lo presenta en su carta de gustos. ¿Aceite de oliva? Su crema de oliva es de los más solicitados en su local. El más loco de todos es el de melón con granizado de jamón crudo. Sí, aunque suene difícil de creer, a ese fiambre de verano este hombre también lo convirtió en gusto de helado.

“No es otra cosa que la desesperación por querer trabajar. De esta manera me hice una fama. La gente comenta que hay un estúpido que vende helado de melón con jamón y otros quieren venir a probar. Después tal vez no les gusta y piden dulce de leche”, dice entre risas el Rey de la Alquimia.  

Se llama Luis Merlo, tiene 56 años, y es el dueño de la heladería Ku Ku, un clásico de la ciudad que nació en 1953 el barrio de Los Hornos, y que desde hace más de 30 años está ubicado en el mítico local de calle 19 entre 57 y 58. Allí la decoración de este emprendimiento familiar parece de otra época: hay bebedero para niños, todo está pintado de blanco impoluto, hay algunas luces de led, y está lleno de cuadros de Los Tres Chiflados, sus ídolos de la infancia.

Su única propaganda, además de los sabores excéntricos, es el “boca en boca”. Tan poco marketing tiene Ku Ku, que no tiene número de teléfono, ni página web, ni redes sociales. Eso sí, en sitios como Tripadvisor o Foursquare, donde la gente opina sobre locales gastronómicos, la crítica es inmejorable. La mayoría lo califica con 5 estrellas y lo recomiendan como una experiencia obligada si se pasa por La Plata.

También los precios accesibles resultan ser buenos llamadores. Para que ningún niño se quede sin probar el postre que aquí preparan, ofrecen el “Helado para todos”, una bochita en cucurucho a 5 pesos, que es una tradición de la casa, y que en los años noventa tenía un valor de 0,50 centavos.   

“La idea siempre es tratar de usar la mejor materia prima, sin ser egoísta, tratando de ganar lo justo y dando lo mejor, apuntando a que el precio siempre sea el menor posible”, dice el Rey de la Alquimia y agrega “en Argentina la única grieta está entre el altruismo y el egoísmo. Me di cuenta de que el altruismo es la mejor palabra. Lo más triste es que hay muchos que no saben lo que significa, y todos conocen el concepto de egoísmo”, dice Luis.

El hombre tiene vasta experiencia en crisis. En el año 1988, en medio de la hiperinflación, emigró a Italia buscando una mejor suerte. “Era una época en la que decían que el último que se fuera de Argentina que apagara la luz”, recuerda. En Roma tuvo que hacer zanjas, después fue mozo, y terminó, como no podía ser de otra manera, de heladero: “Era una receta difícil la de allá porque abarataban al máximo los costos y el helado quedaba duro”, recuerda Luis y agrega: “De allá me traje el torroncino, el tartufo y el mascarpone, que acá no lo conocía nadie”.

En este contexto hostil en el que en la ciudad cierran locales a diario, Ku Ku resiste como puede. “Esta es la peor crisis que me toca atravesar. Ahora no hay trabajo, no hay futuro, no hay proyecto laboral. Hasta ahora aguanto con los ahorros, pero cuando se terminen se acabará la posibilidad de luchar. Y ya no me queda cuerpo para luchar. Cuando tenía 20 años era capaz de levantar una vaca al hombro y salir corriendo, pero ya ni siquiera puedo correr”, dice Luis con resignación.    

Y eso que este hombre no quiere hacerse rico con los helados ni mucho menos. En épocas del kirchnerismo, como un deber ciudadano, renunció al subsidio eléctrico. También en algún momento supo tener un reparto con seis empleados. A los trabajadores les daba la moto, casco, cada uno tenía su equipo de lluvia, los empleados tenían ART, y él se encargaba del mantenimiento general de los rodados: “No era como esta época infame donde a los chicos le ponen una caja de tortuga en la cabeza y los sacan a repartir”. Después todo se vino a pique y suspendió el envío a domicilio.

Aunque el Rey de la Alquimia tenga un aspecto vigoroso, lo cierto es que en el lomo lleva varias desventuras que le pesan. Y en la piel lleva impresa una especie de biografía autorizada. Tiene tatuados a sus padres, el nombre de cada uno de sus hijos, los logos de Honda y Harley Davidson, un buceador, a León Gieco, el Ángel Miguel y, claro, un reloj Cucú. “Son el equipaje que quiero tener para mi último viaje. Todo lo que me causó emoción en la vida me lo tatué y lo que me quiero llevar”, concluyó Luis.


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