#LibrosDeVacaciones: 30 de febrero

Con este título del físico francés Olivier Marchon publicado en Argentina por Godot, Pulso Noticias inaugura la sección de reseñas veraniegas, que abordará libros de editoriales independientes nacionales, con lecturas para la playa, la montaña, el río o donde sea que vayas de vacaciones

Por Juan L. Delaygue

El pasaje de un año a otro suele presentarse como un rito o un umbral que viene a desacomodar las estructuras de lo cotidiano. Las personas le atribuyen un simbolismo trascendental y aprovechan la fecha para hacer promesas o establecerse metas. Pero ¿qué pasaría si, detrás de la ilusión de que ese traspaso está dictado por leyes naturales, nos encontráramos con que su verdadera naturaleza es tan artificial como cualquier otro producto manufacturado por humanos? Justamente de eso trata 30 de febrero, de Olivier Marchon (Godot, 2018), una curiosa recopilación de curiosidades en la historia de la medición del tiempo.

Es probable que, al pensar en un libro para llevar a la playa, el primer impulso sea el de buscar una novela, pero los editores de la excelente Godot fueron muy persuasivos con respecto a este título cuando en diciembre nos encontramos en la feria EDITA. Y, además, se trata de un libro muy apropiado para esta fecha (o para cualquier fecha de importancia). Es que 30 de febrero plantea un recorrido por las distintas formas en que Occidente ha conceptualizado el tiempo y su medición –con mucho humor, por cierto– a través de los puntos en que los sistemas se han desajustado y fallado, “esos pequeños momentos en los que el tiempo enloquece”: el año de 445 días que precedió al nacimiento del calendario juliano, los cambios de eras que han provocado sucesiones de años inverosímiles (de 1421 a 1384 en España, por ejemplo), la supresión de fechas por la aplicación del calendario gregoriano, la creación de los husos horarios en EE.UU. impulsada por requerimientos del mercado y la implementación de nuevos sistemas semanales para aumentar la producción en la Rusia soviética, entre otros hitos impensados.  

“La medición del tiempo es, en efecto, como un barniz tranquilizador: cuando se rasga, el tiempo se nos aparece desnudo y no podemos evitar hacernos preguntas más esenciales. Nombrar el tiempo, contarlo, brinda la ilusión de que lo controlamos y permite tal vez ahorrarnos la pregunta angustiante de su esencia”, dice Marchon en la introducción del libro. Y se trata precisamente de eso: correr el velo de naturalidad que recubre a los sistemas de medición temporal para revelar su carácter artificioso, porque, como dice el autor, “el tiempo, tanto o más que el espacio, es un objeto político: hay que ocuparlo, poseerlo, para controlar mejor los espíritus”.

Comentarios

- Advertisement -