El equipo de amigos que marcó un hito en la historia del fútbol platense

Se trata de El Silencio, un combinado de estudiantes universitarios que entre finales de los sesenta y principio de los setenta participó en la Liga Amateur de nuestra ciudad contra equipos semi profesionales.  Medio siglo más tarde, mantienen viva la amistad, patean los domingos a la mañana, e invitan a sus nietos cuando les falta algún jugador

Por Ezequiel Franzino

Si hay algo que no le falta a esta ciudad  son las epopeyas deportivas. Sólo por nombrar algunas, Estudiantes campeón del mundo en 1968, El Terremoto de José Perdomo de Gimnasia en 1992, El 7 a 0 del Pincha contra su eterno rival en 2006, o las cuatro Copas Libertadores de América del club de 1 y 57 son recuerdos que quedarán impregnados en la memoria de los futboleros. Hay otras historias que buscan convertirse en gestas, como la posibilidad que el Lobo tiene esta noche de coronarse campeón después de 25 años. Y hay una que durante más de 50 años pasó desapercibida. Una de las historias más emocionantes del fútbol platense. Una hazaña que no salió en ningún diario, y que recién ahora queda inmortalizada en forma de libro. Qué paradoja: la leyenda de El Silencio se mantuvo en silencio durante medio siglo.

Esta historia empezó en el año 1968, en una quinta en Villa Elisa. En el fondo de esa casa en la que un grupo de jóvenes de 18 años se reunía los fines de semana había un campito con yuyales crecidos. “Saltamos el alambrado, cortamos el pasto, pusimos dos arcos, compramos redes y empezamos a jugar al fútbol”, recuerda  Daniel Sergnese, uno de los fundadores de El Silencio.

Este grupo de amigos, por ese entonces todavía sin nombre, estaba compuesto por estudiantes universitarios de la UNLP. Algunos se conocían de la facultad, otros del barrio, otros de la vida, y todos se juntaban a tirar facha en un local de ropa ubicado en el centro. Fue ahí donde empezaron a darle forma al sueño. Esta gran banda – conformada por Raúl Fortín, Daniel Sergnese, Alberto Wainer, Oscar Rodríguez, Rubén Pagliettini, Leandro Sangiácomo, Emir Marino, Carlos Gil, Raúl Sangiácomo,  Basilio Rodrigo, Emilio Belvedere, Jorge González y Néstor Gaspari – no se propuso salir campeón del mundo ni jugar una Libertadores. Apenas quisieron armar un conjunto que fuera capaz de hacerle partido a otros combinados que jugaban en diferentes quintas. Sin saberlo, estaban conformando el mejor equipo de amigos de la historia del fútbol platense.

A pesar de tener sólo tres suplentes, y pese a que jugaban los domingos después de largas caravanas, este grupo de muchachos se volvió imbatible dentro del circuito interquintas. No sólo atendían a sus rivales en ese campito que acondicionaron en Villa Elisa, sino que también se plantaban de visitante. A base de buen fútbol y gracias a su estilo lírico se fueron ganando el mote de invencibles. En total llegaron a tener un récord de 53 partidos invictos.

“Como no nos ganaba nadie, nos entusiasmamos y decidimos anotarnos en la Liga Amateur Platense. Parecía que nos conocíamos de toda la vida. Y armamos un lindo grupo “,  cuenta Daniel Sergnese, que por ese entonces estudiaba Diseño en Comunicación Visual.

Su primera derrota, en instancias finales de un torneo organizado por La Plata Rugby Club, se convirtió en una oportunidad. El equipo verdugo, ese que supo quitarle el invicto interminable, terminó siendo un eslabón fundamental para que El Silencio pudiera participar en la competencia más importante del fútbol de la ciudad.  “Fuimos a proponerles que nos acompañaran en la aventura de participar en la Liga. Ellos aceptaron y armaron la reserva, a la que llamaron Colegiales. Esos muchachos todavía hoy son nuestros amigos “, dice a Pulso Noticias Daniel Sergnese.

Contra equipos de la talla de Everton, Estrella de Berisso, Villa San Carlos, o Defensores de Cambaceres,  El Silencio competía en desventaja. Además, no sólo tenían que preocuparse por jugar: para poder conseguir los avales necesarios para participar del torneo tuvieron que conseguir 200 socios, tenían que lavar las camisetas, contratar a la policía para los operativos de los partidos, y asistir a las reuniones de la comisión de la liga. “No nos seguía nadie, éramos unos desahuciados. La única hinchada que teníamos era el equipo de reserva”, recuerda entre risas Daniel Sergnese.

El nombre de El Silencio tiene una serie de interpretaciones. Algunos dicen que le pusieron así porque los jugadores eran muy charlatanes y bulliciosos. Otros aseguran que se debe al poco aliento que tenían. Y hay una tercera lectura, vinculada a la palabra prohibida en tiempos de dictadura. Sin embargo, para Daniel Sergnese el nombre tiene que ver con un proverbio sufí que dice que “la respuesta a un tonto es el silencio porque cualquier otra respuesta genera el mismo efecto” dice Sergnese y agrega “nosotros usábamos barba y bigote y éramos considerados los raros de la liga. No era un ambiente para nosotros. Por ser estudiantes nos trataban mal y nos discriminaban”.

El grupo fundador de El silencio participó apenas una temporada de la Liga Amateur Platense. Ese año, hicieron las veces de local en la vieja cancha de El Cruce, a la altura del Distribuidor, en un terreno de juego en donde “había un viento terrible. A veces pateábamos desde la mitad de la cancha y llegábamos al arco”, recuerda Sergnese.

Tras una serie de derrotas, y de comprobar que era imposible pelear por el campeonato, sumado a que el trofeo era más chico que el que se entregaba por buena conducta, este grupo de amigos se propuso destacarse en el juego limpio. Con respeto y sin meter la pata de más,  los muchachos iban en búsqueda de esa copa gigante y preciosa. Sin embargo, cuando advirtieron sus intenciones, las autoridades del torneo los boicotearon: “nos ponían ausente en las reuniones, nos echaban a jugadores sin sentido. Finalmente todos se cansaron y dejamos de participar”, dice Sergnese.

Con el tiempo, muchos del plantel original se bajaron. La primera quedó a manos de Colegiales La Plata, que era la reserva y la base del equipo que le había ganado aquella vez por penales en La Plata Rugby. Así participaron otros tres años, llegando a obtener un inolvidable tercer puesto en la liga. “No hacíamos malos desempeños, pero los otros equipos tenían jugadores más físicos y entrenaban, algo que nosotros no hacíamos. Éramos estudiantes y la prioridad nuestra era la Facultad. Más allá de todo hacíamos papeles decorosos”, dice Daniel, que hoy tiene 68 años.

Medio siglo más tarde, excepto algunos pocos que fallecieron, u otros que padecen algún problema de salud, los integrantes de El Silencio y Colegiales se siguen juntando los domingos por la mañana para jugar partidos de fútbol. La amistad sigue rodando como la pelota. Cuando falta algún jugador, al turno se suman algunos nietos o hijos. “Cuando llueve vamos a jugar a una canchita de fútbol 5. Cortar no se corta nunca”, explicó Daniel, quien asegura que “el hecho de hacer deporte toda la vida y estar en contacto con la naturaleza nos hizo muy bien”.  

Hermanados en este club, mantuvieron viva la llama de la amistad con viajes a Jujuy, Salta, compartiendo familia, realizando fiesta de disfraces y hasta acciones solidarias. Aquellos jóvenes entusiastas hoy son hombres de entrada de edad, en su mayoría pisando los 70. Esos estudiantes universitarios rebeldes y habilidosos con la redonda hoy son médicos, contadores, y algunos otros comerciantes.  

Su historia quedó inmortalizada en el libro “El Silencio es Fútbol”, una compilación de relatos cortos adaptados por Eduardo Maica, dibujante y guionista de la revista Humor fallecido a mitad de año. La semana pasada la publicación fue presentada en el Centro Cultural Islas Malvinas ante más de 200 personas. Durante el acto, Juan Sebastián Verón y el Chavo Desabato homenajearon a estos héroes anónimos, con un vídeo que emocionó a todo el equipo, incluso a los que simpatizan por Gimnasia.

El Silencio le demostró a toda una ciudad que no hace falta ser campeón para quedar en la historia. En tiempos donde el fútbol se desvirtuó por completo, ellos siguen representando la verdadera esencia de este deporte.

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