Enemigos, no rivales

El partido entre River y Boca que no pudo ser tal por los hechos conocidos, dejó en evidencia la distancia que existe entre los clubes más grandes del país, la cual es mucho más que deportiva

Por Lucas Mazzuca

River y Boca son los clubes más convocantes y ganadores de la República Argentina. Así mismo son los más poderosos dentro de un fútbol tan concurrido como el argentino. Esto significa que eternamente son los más favorecidos por AFA, los árbitros y la televisación. A la vez que son los más protegidos por los grandes medios de comunicación.

En este contexto de paridad dentro y fuera de la cancha fue que para el último sábado se esperaba vivir una verdadera fiesta del fútbol mundial, se jugaba nada menos que el Superclásico entre River y Boca con el condimento de tratarse de una final por Copa Libertadores de América. Pero, la fiesta no pudo ser. El micro de Boca fue atacado a piedrazos por hinchas de River a pocos metros del estadio Monumental. Por esta razón, varios jugadores visitantes sufrieron heridas y no pudieron disputar el encuentro, el cual en primer momento se postergó una hora, luego dos horas y más tarde se reprogramó para el domingo a las 17, cosa que tampoco fue efectiva.

En el medio la imagen de la madre pegándole bengalas en el cuerpo a un niño para ingresar de manera ilegal a la cancha, balas de goma, gases lacrimógenos, corridas, personas con entradas falsas y un caos absoluto dentro y fuera del estadio Monumental.

A partir de ese momento, cada cual atendió su juego. En primer lugar y siendo el principal perjudicado por lo sucedido, el plantel de Boca se negó a jugar (con justa razón) pero todo no terminó ahí por el lado Xeneize, ya que de inmediato algunos de sus jugadores declararon ante la prensa que la Conmebol está del lado de River a la vez que pidieron obtener el título acudiendo a trazar un paralelismo con lo sucedido en 2015.  Justamente, da la sensación de que esta final comenzó a jugarse a mediados de 2015 cuando en instancias de octavos de final de la Copa Libertadores cuando el encuentro de vuelta no pudo disputarse completo debido a una agresión por parte de hinchas de Boca para con los jugadores de River. Dicha instancia culminó con la descalificación al equipo de la Ribera y la clasificación del conjunto de Núñez. Más luego, la banda se consagró en el certamen, lo que generó remordimiento en el mundo Boca.

Por su parte, desde River parecieron ocuparse poco por lo que en realidad sucedió. De inmediato la gran preocupación del presidente Rodolfo D´onofrio pasó por tener la certeza de que el encuentro se dispute, en River y con público. Mientras tanto, pocos gestos hubo con los jugadores agredidos y poco autocrítica como club organizador del que quizá pudo haber sido el evento deportivo más importante de la historia argentina.

En tanto que, desde Conmebol volvió a quedar claro cuánto les cuesta tomar decisiones. En primera instancia postergaron el partido una hora, y luego dos ¿ese retraso de dos horas, habrá sido como dijo Tevez porque para la televisión europea estaba vendido un producto de dos horas? Nadie siquiera se lo pregunta, pero puede ser así. Luego, pospuso el partido para el domingo a las 17 y en medio hizo firmar un pacto a los dos presidentes de que el encuentro sí iba a disputarse a pesar de todo. Un pacto que carece de veracidad desde el mismo momento en el que dice “cayó una piedra sobre el micro de Boca” cuando en realidad lo que hubo tanto adentro como afuera de la cancha fue inseguridad.

Mientras tanto, el estado argentino deberá revisar de manera fehaciente su seguridad. No es lógico que tras un hecho como el que sucedió el sábado todavía no esté del todo claro quién es el verdadero responsable. La seguridad también debería pasar por la prevención sin que esa prevención signifique represión. Era cuestión de manejar de otra manera la llegada del micro de Boca y los alrededores del estadio para los ingresos.

No obstante, por un lado, Bullrich ministra de Seguridad culpa a la barra de River por haber organizado todo. Desde River apuntan a la seguridad por haber entregado el micro de River. La propia seguridad, se desepega del problema acusándose entre ellos la policía y la Gendarmería. Al mismo tiempo, Mauricio Macri parece poder ver la realidad y dice “no es razonable que esto pase, hay que cambiar y hacer como en los juegos olímpicos”. Justo él, que primero pidió por favor que no se diera el superclásico en la final y días después se arrepintió y hasta pidió que se jugaran con visitantes. Ahora, las últimas informaciones dan cuenta de que el ministro de Seguridad de Capital renunció a su cargo.

Ahora, con los ánimos más caldeados y con las horas que fueron pasando, la dirigencia Xeneize buscará ganar el partido en Conmebol y desde la dirigencia riverplatense que el partido se juegue.

Así las cosas y con un partido que pudo ser el mejor de la historia y no lo fue ni lo será aunque se juegue, queda más que claro que River y Boca son enemigos y no rivales nada más. Sus dirigentes, jugadores e hinchas tienen entre sí un odio que hace imposible que pueda disputarse un encuentro tan preponderante para la historia de los clubes. Esa conocida campaña de Rivales, No Enemigos parece haberse invertido.

Los hinchas genuinos, rehenes y cómplices

Sabido es que los hinchas argentinos sufren para ir a la cancha. En primer lugar porque el maltrato policial es moneda corriente en cada estadio del fútbol argentino. Segundo porque cada vez tienen más limitaciones para poder ir: solo pueden entrar banderas que midan 2 metros por un metro, no pueden entrar pirotecnia ni papelitos, no pueden ir de visitantes y cada vez les sale más caro poder asistir. Sin embargo, también son ellos los que cuando un jugador del rival se predispone a patear un tiro de esquina bajan de inmediato desde la tribuna para escupirlo, lo insultan a más no poder y los hacen sentir verdaderamente enemigos aunque sea por 90 minutos. De la misma manera que lo hizo River esperan a los micros de la delegación visitante para maltratarla.

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