La escasez obligada

Un cronista de Pulso fue al supermercado a realizar las compras con el  50% de descuento. Volvió deprimido a su casa, reflexionando acerca de todo lo que perdió durante el 2018

Por Ezequiel Franzino

Con cinco bolsas en las manos camino las dos cuadras que separan mi casa de Coto. Doy pasos cansinos, tristes. Voy con la cabeza gacha. Así como cuando era chico y le pedía al kiosquero que me diera “todo esto” en caramelos, el “todo esto” de hoy fueron 3 mil pesos y me alcanzaron para comprar mercadería que cabe en dos estantes de la heladera. Y pensar que me pasé una semana entera a la espera de la promoción del 50% del Banco Provincia.

Tanto la esperé, que durante siete días tomé mate amargo porque en casa no había ningún endulzante. También usé rollo de cocina en lugar del papel higiénico, diluí con agua el último resto de detergente que quedaba, y los copitos de cereales todavía esperan ansiosos zambullirse algún día en un vaso de yogurt.

Pero la compra en el Coto es apenas la punta del ovillo. Yo, que a principio de año anduve de viaje por Europa y que tomaba whisky del bueno, en menos de seis meses caí al vacío de la escasez.

De mayo a esta parte me convertí en un desdichado que trabaja 10 horas por días para ganar 15 mil pesos por mes. De esos quince, ocho se  van en alquiler, dos en la renovación de contrato, mil quinientos en gastos comunes y otros mil quinientos en el súper (que es de 3.000 pero te devuelven el 50%). Me quedan dos mil pesos para salidas, cigarrillos y alguna compra diaria.

Con tantos nervios me estoy quedando pelado, y de yapa tuve que dejar de comprar el shampoo Tío Nacho, que engrosaba mi pelo y me daba la sensación de tener 33.000 nuevos cabellos. Volví al Plusbelle. También dejé de ir a la peluquería. Ahora me corta mi hermana, que se da cierta maña con la tijera, y que si no me deja escaleras en los tres pelos locos que tengo ya quedo conforme.

Soy un pelado que ahora sólo llama por Whatsapp para ahorrar el crédito. Un caminante que tiene auto y que lo deja estacionado en la puerta porque no tiene para pagar la cochera ni el combustible. Un vegetariano que abandonó los asados con amigos. Un abstemio que ya no toma alcohol porque no puede comprarlo. Una cretona que no puede resfriarse porque no tiene obra social.

Soy un laburante al que no me importa si este año tendrá vacaciones, porque no tiene a dónde ir. Un hombre que espera que el verano no sea tan caluroso, para no tener que usar el aire acondicionado.

También soy un hijo que el 20 de cada mes pide a sus padres algún salvavidas económico para llegar a fin de mes: mi madre se ganó el mote de FMI (Familiar muy íntimo), pero responde sin esperar nada a cambio, y no pretende devoluciones ni cobra intereses.

Soy uno de los tantos millones de ciudadanos argentinos que en un abrir y cerrar de ojos perdió muchos de sus derechos.

 

 

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