Crítica de la película “El Potro”, de Lorena Muñoz

Por Melina Chain

Es difícil empezar a hacer la crítica de esta película porque no es de mis preferidas, pero de todos modos me pareció necesario escribir sobre ella. El fin de semana largo volví a Córdoba de visita y mi mamá me pidió que la acompañe a ver El Potro, que quería ir, que le gusta ir al cine conmigo y esas cosas. Yo, un poco reacia (porque tenía mis dudas con respecto a esta película), la acompañé, en parte porque la acompañaría a todos lados y también porque me prometió pururús, y a eso en esta época de escasez (perdón por el descargo) no se le puede negar.

De prejuiciosa, mis críticas de antemano eran las clásicas de alguien de Córdoba: no puede ser que a la Betty Olave la interprete Florencia Peña (no porque no fuera una buena actriz, sino porque no es de Córdoba) y nunca conocí a nadie que imitara bien nuestra tonada. Esto no es “córdobacentrismo” -o a lo mejor un poquito sí- pero la realidad es que las imitaciones casi siempre distan bastante de la realidad.

Todos conocemos más o menos la historia de Rodrigo: el cantante llega a la fama en Buenos Aires y hace que el cuarteto llegue a todo el país. A sus 27 años fallece en un accidente en la autopista que va de La Plata a Capital Federal luego de un recital en City Bell. Es real que El Potro no pudo triunfar en su ciudad de origen, que Buenos Aires lo adoptó y que eso hizo que el llegue al Luna Park y lo llene varias veces. Entiendo que en Córdoba existen cantantes de cuarteto consagrados hace muchos años que no permiten que nuevas y buenas figuras puedan tener éxito. También sé que lo que Rodrigo generó en Buenos Aires fue hermoso, pero, y espero que no se me malinterprete, él era Cordobés, su familia era de Córdoba, su estilo, su música, su ritmo y lo que tanto impresionó de él era ese toque de Córdoba, entre burlón y simpático, esa cosa extraña que hace que nos amen y muchas veces que nos odien también.

Explico todo esto porque en la peli nunca vi una calle de córdoba, un lugar, un recital o algo que me refiera a su ciudad, ni siquiera los actores (salvo algunos como el principal, Rodrigo Romero, y Daniel Aráoz) eran de Córdoba. Por otra parte, aplaudo como en todas las películas en las que está al increíble Fernán Mirás.

Un dato pequeño y al margen es que el fernet que estaban tomando en todos lados era 1882. Yo entiendo que probablemente hayan conseguido convenio con esta empresa, pero en el 2000 este Fernet no existía y, en Córdoba, rara vez encontrás a alguien que no tome Branca.

La peli se me hizo larga. Muchos diálogos eran vacíos, no contaban demasiado, sólo mostraban un músico lleno de excesos. No discuto que así haya sido, pero Rodrigo también fue una personalidad extrovertida que no logré ver en casi ningún momento.

Cuando salí, mi mamá estaba re contenta, a ella le gustó. Entonces me puse a pensar qué era lo que me había molestado tanto y pude concluir que, más allá de si me gustó o no El Potro (que es algo totalmente subjetivo), me molestó que una película que necesita de Córdoba para ser, no tenga nada de eso. Eso me hizo pensar en la complicada situación del INCAA, que es uno de los pocos organismos que tenemos hoy en nuestro país para hacer cine. Las nuevas formas de fomento que se están implementando son cada vez más selectivas y apuntan a un grupo de grandes productoras que pueden realizar extravagantes películas con un gran presupuesto. Nosotros, los que apoyamos el cine independiente, entendemos esto como un vaciamiento de las distintas formas de cultura que deben existir en un país. Somos productores de muchas películas que llegan a distintos festivales clase A, no perdamos la costumbre y el orgullo por estas obras.

Sabemos que Dios atiende en capital, pero el interior también existe. Defendamos el cine independiente en todas sus formas.

Comentarios

- Advertisement -