Película recomendada: “Princesas”, de Fernando León de Aranoa

“Hay un día, ya verás, que es la hostia. Ese día todo es bueno. Ves a la gente que quieres ver, comes la comida que más te gusta y todo lo que te pasa ese día es lo que quieres que te pase. (…) Pasa sólo una vez en la vida, por eso hay que estar muy atenta, no sea que se te pase. Es como un desvío, como cuando vas por la carretera y hay un desvío pero a lo mejor vas hablando por el móvil o lo que sea y se te pasa y te jodiste porque ya no puedes volver atrás”

Por Melina Chain

Esta es la historia de dos mujeres, dos prostitutas, dos princesas. Una de ellas se llama Caye, es española, tiene casi treinta años y una madre en la cual se ve reflejada y no le gusta. La otra se llama Zulema, es de República Dominicana y es una princesa desterrada, dulce y oscura, que vive a diario el exilio forzoso de la desesperación.

Cuando se conocen están en lugares diferentes, casi enfrentados. Son muchas las chicas que ven con recelo la llegada de inmigrantes a la prostitución. Pese a eso, Caye y Zulema no tardan en comprender que, con cierta distancia, las dos caminan por la misma cuerda floja. De su complicidad nace esta historia.

La película de León de Aranoa, como “Los Lunes al sol” y “Barrio”, tiene un alto contenido social, no tanto en relación a la prostitución como profesión (no habla sobre su legalización, aunque sí critica la violencia en la que viven muchas mujeres que la ejercen) como en cuanto a la regularización de las personas inmigrantes, que sin papeles no tienen derechos.

La película se realizó en el año 2005. Entonces no había muchos films que pudieran retratar la amistad entre las mujeres sin recaer en el pensamiento patriarcal que alimenta la rivalidad femenina en lugar de la complicidad entre iguales. Sin embargo, en Princesas, vemos cómo cambia este patrón y acompañamos la amistad y la solidaridad entre ambas. Vemos la sororidad entre los personajes.

En la selección musical, más allá de la música caribeña e instrumental que acompaña el relato, está el hallazgo de la música mestiza, que simboliza la mezcla entre los mundos de Caye y Zulema y que está representada por Manu Chao con la canción “Me llaman calle”, realizada para esta película.

La puesta en escena no se basa en lo duro y difícil del trabajo que llevan las personajes, sino más bien en el drama humano que tienen ambas. Es una construcción que utiliza cámara en mano para darle una impronta realista y dramática junto con el uso de teleobjetivos y zooms que le imprimen una irresistible percepción de verdad.

Los diálogos, al igual que en los otros films de Aranoa, son la estructura firme del relato, que se centra en ellos para poder plasmar la nostalgia de estos personajes. Nos invitan a reflexionar nuestros sentimientos y nos hacen empatizar con ellas. El guión juega constantemente con el recuerdo de la inocencia de la infancia y la dureza de la adultez. Vemos el mundo de la prostitución, reflejado desde un drama urbano, que podría ser cualquiera: no importa la profesión sino el dolor con el que las protagonistas conviven.

De esta película se podrían rescatar tantos diálogos y sentimientos que nos interpelan, desde la nostalgia por las cosas que no sucedieron y la necesidad de amar y entregarse sin saber cómo hacerlo, hasta el miedo de volver a cometer los mismos errores una y otra vez. Pero me quedo con el cuento que Caye le cuenta a Zulema: dice que las princesas son tan sensibles que no pueden vivir alejadas de sus reinos, porque se morirían de pena. Algo de razón tiene, porque a Zulema los días se le hacen cada vez más difíciles, más duros y oscuros. Su improvisada amistad les da a ambas un refugio temporal, un poder compartir, hablar, reírse, encontrarse, conocerse, acompañarse. El poder de la amistad y la sororidad en esta película nos llena de ternura y nos hace sentir que cuando ellas están juntas, aunque sea por un ratito, afuera no pasa nada, nadie las puede lastimar. Ese mundo oscuro que las acompaña se borra para transformarse en algo ameno, que brilla con luz propia.

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