Chau Manu, buen viaje al Olimpo

Uno de los mejores deportistas argentinos de la historia dijo adiós a las canchas. El mundo se rindió a sus pies, agradecido por dos décadas de emociones en Europa, Estados Unidos y en cada cancha que pisó

Por Daniel Castaldo para Pulso Noticias

En su debut en la liga Nacional en Andino de la Rioja no deslumbró, pero al año siguiente en el Estudiantes de Bahía Blanca, su ciudad natal, se convirtió en una promesa enseguida catapultada a Europa, la meca del basket FIBA. Allí fue amo y señor del Reggio Calabria primero y, luego, del Kinder Bologna, para convertirse antes del mundial 2002 en el inobjetable mejor jugador de Europa. Ese verano en Indianápolis lo marcaría a fuego. Primero se despachó con el primer gran hito de la Generación Dorada, el primer triunfo por los puntos de un equipo FIBA frente a un combinado estelarizado por figuras de la NBA. Luego de hacer historia llegó el primer gran golpe de su carrera: un esguince de tobillo en la semifinal contra Alemania lo dejó afuera de una final que Yugoslavia con ayuda de los árbitros se llevó.

“Soy Manu Ginóbili y soy un Spur”, recordarían años después que le dijo en ese torneo a Tim Duncan.

“No, no lo sos”, le respondió el pivote, quien ya se había mostrado reacio ante los experimentos de Gregg Popovich y descreía de las habilidades del número 5 de la selección argentina, un flaco cuya velocidad y contorsionismo en la cancha habían dejado sin chances al elenco estadounidense, que debido a su atletismo humillaba históricamente a sus rivales desde las Olimpíadas de Barcelona 1992.

El 29 de octubre de 2002 pisó el parquet del Staples Center en Los Ángeles mientras esperaba en la mesa técnica para sustituir a un compañero y los relatores de la NBA se rieron al nombrarlo por primera vez. Al minuto de juego, ni Tim Duncan, ni Gregg Popovich ni los periodistas de la televisión podían creer que el experimento de Pop se le plantaba a Kobe Bryant, el por ese entonces indiscutido número 1 de la liga, como si no le tuviera respeto. La leyenda comenzaba.

En sus primeros cinco años en la NBA ganó tres finales. Una bestialidad. Su historia en la mejor liga profesional de cualquier deporte en el mundo fue soñada desde los hitos que logró y la cantidad de increíbles, emocionantes, ridículamente geniales horas de jugadas que llevó adelante. Pero los dioses del Olimpo tienen lugar para unos pocos allí arriba, por eso no le alcanzó con sus primeros tres anillos, y en la misma temporada en la que obtuvo el segundo, siendo una figura determinante en el séptimo partido contra los Pistons con una planilla de MVP, se dio el lujo de volver a ganarle a Estados Unidos con sus amigos en Atenas, allí donde las competencias deportivas nacieron, y se colgó la medalla dorada para dejar atónito al mundo del básquet.

Su liderazgo en los Spurs es admirable y una de las discusiones que se dan en Estados Unidos pone un poco en jaque que realmente Manu vaya a ser parte del Salón de la Fama. Claro que los enamorados de las estadísticas tienen razones para postergar ese logro que al 20 de los Spurs le va a llegar. Por los intangibles, las jugadas que están fuera de la planilla, el pase extra, el sacrificar trillones de jugadas su cuerpo para obtener una falta ofensiva. También por los innumerables caños a sus rivales, la admiración de estos, el odio respetuoso de los equipos y de los hinchas a los que amargaba con una manera de jugar que eclipsaba a las advenedizas estrellas que el negocio trataba de imponer.

Leer lo que sus compañeros y colegas dijeron a través de los años es un ejercicio mucho mejor que ver cuanta cantidad de puntos y asistencias hizo en su carrera. Luego de su tercer anillo, Manu  tomó una decisión ante un pedido de Pop: no iba a ser titular de su equipo, iba a salir como sexto hombre y sus minutos iban a ser menores, pero iba a estar sí o sí en cada definición del partido. Ahí cuando las papas queman, cuando los hombres se convierten en héroes o se esconden, el clutch time, como le llaman los expertos de la naranja, era su zona de confort.

Nunca consiguió un triple doble en la NBA (más de 10 en tres categorías diferentes). Un día estuvo cerca, pero el partido estaba definido, un asistente le dijo a Pop que le faltaba muy poco para el logro, fue a buscarlo a su asiento y le dijo que volviera a la cancha. El bahiense le dijo que no. Esos gestos lo hacían ser más respetado por sus compañeros, un líder que no busca lucirse ni busca que se luzca otro, sino que busca que su equipo gane, el resultado final, busca dignificar el significado de un deporte colectivo. Allí no tiene rival, ni en el Salón de la Fama, ni en ningún otro lado.

El canadiense Steve Nash, uno de los grandes fantasistas de la historia, dijo en 2005: “Todo lo que hace es con el objetivo de ganar. Puede parecer que a veces hace algunas jugadas increíbles, pero no es con el objetivo del show”. Su segundo padre, Gregg Popovich, quien dijo que lo usaría hasta el final como un jabón, nunca se cansó de elogiarlo: “Es un jugador especial, un ser humano especial. Lo he dicho muchas veces antes, pero es uno de esos tipos que se transforman en el alma y el corazón de tu equipo”. Ese elogio viene precedido por una historia fantástica contada por Duncan, Parker y el propio Pop: Manu era ingobernable; todo lo esquemático que su entrenador era, por su pasado como militar estadounidense, se fue al demonio en los primeros tiempos entrenando a Gino. Un día se cansó y le preguntó por qué se la hacía tan difícil, a lo que el zurdo le respondió: “Soy Manu, y esto es lo que hago”. A partir de allí lo dejó ser hasta que llegó a convertirse en el jugador preferido de la comunidad que lo cobijó durante 16 años.

Las semblanzas nunca se van a terminar, por culpa del legado que dejó. Va a haber en un lapso en que su franquicia decidirá, que probablemente sea a fin de año, un momento mucho más emotivo que este, ya que el anuncio dispara melancolía, nostalgia por algo que ya no podrá ser. Pero cuando los Spurs retiren el número 20 y quede en el pabellón su casaca, veremos a toda una ciudad rendida a los pies del que fue su máximo ídolo, aún por encima de Tim Duncan. Después habrá un letargo y se sonreirá ante las divertidas historias junto a su gran compañera Many y sus tres hijos. Se cumplirán 20 años de los triunfos con la Generación Dorada, habrá documentales, programas enteros, libros y se compartirán millones de veces en las redes sus mejores jugadas, o momentos inauditos como cuando cazó en pleno partido un murciélago que se había metido en la cancha. Hasta que en el año 2023, cinco años después del 27 de agosto del 2018, Emanuel David Ginóbili, contra todos los pronósticos sea elegido el primer y probablemente único argentino en llegar al Salón de la Fama de la NBA, y allí junto a otras glorias, se eternice en el Olimpo de la historia del deporte.

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