Colombia: entre ser hijos de la guerra o padres de la paz

A tan sólo 6 días de las elecciones que definen la presidencia del país, un análisis que se propone entender qué puede suceder en un escenario polarizado que se disputa entre el candidato de Uribe, Iván Duque, o la figura de la Colombia Humana, Gustavo Petro

Por Matías Kraber

Las elecciones del próximo 17 de junio en Colombia son el termómetro del futuro político en Latinoamérica. Pende de un hilo la decisión del pueblo que no está obligado a votar y que se ha caracterizado por no participar o elegir el voto en blanco como una alternativa que siempre, o casi siempre, favorece a los poderosos.

En este caso, ayudaría a la victoria del candidato de la ultraderecha, Iván Duque, del Centro Democrático, un candidato que inventó Uribe y en la primera vuelta obtuvo el 39% de los votos -7 millones-, contra el 25% -4.851.254- que sacó el candidato de la Colombia Humana, Gustavo Petro.  Para obtener la presidencia,  cualquiera de los candidatos debe sacar la mitad más uno de los sufragios. Lo histórico ya sucedió: son casi 10 millones de colombianos quienes le hicieron un corte de manga a las maquinarias tradicionales de la política clientelar. Sin embargo, los bemoles existen y debemos afinar la mirada sobre ellos.

En el medio está el mundial de fútbol como una gran cortina de humo del pueblo colombiano y el clásico desinterés cívico que promueve la abstención o el voto en blanco, empujado por la decisión de los candidatos que quedaron por fuera de la segunda vuelta en un clima de polarización inaudita entre la derecha y la centro izquierda, que tras 72 años de historia volvió a sacar un porcentaje del 25% como lograra el líder popular Jorge Eliécer Gaitán, asesinado por los liberales del país con el apoyo de la CIA en 1948.

Pronóstico de cifras

La variable que puede incidir en la segunda vuelta es el destino de los sufragios de los candidatos que quedaron al margen: Sergio Fajardo, de Coalición Colombia (23,73%: 4.589.696. de votos); Germán Vargas Lleras, de Mejor Vargas Lleras (7,28%: 1.407.840); y Humberto de la Calle, del Partido Liberal (0,39%: 75.614 votos).

El lado pesimista de estas cifras es que tanto De la Calle como Fajardo han declarado que votarán en blanco en la segunda vuelta, lo que le quita el apoyo directo a Gustavo Petro y favorece, de manera indirecta, el triunfo de Iván Duque, o sea, del expresidente Álvaro Uribe Vélez. Una neutralidad benévola por parte de ellos que en sus gestos no permiten un giro a la izquierda, sino que prefieren respetar la posición de centro despegándose de un eventual gobierno del exmilitante del M-19 y mantener así la naturalización de la violencia y el abismo social en Colombia. En tanto, Vargas Lleras trasladó su apoyo a Iván Duque por afinidad ideológica. Sería impensado que un hombre de la aristocracia como Vargas Lleras o el actual presidente Juan Manuel Santos apoyaran a un candidato popular. No. Ellos también son cómplices de la construcción del miedo. Son la connivencia entre la centroderecha y la ultra, es decir, la delgada línea entre Guatemala y Guatepeor.

La posverdad del miedo

Que Colombia se convertirá en Venezuela. Que son castro-chavistas. Que expropiará tierras y será un mesías de los pobres. Que no habrá inversiones extranjeras en el país o que se irán las empresas de Colombia. Estos son algunos de los spams de miedo que siembran sobre la figura de Gustavo Petro y su núcleo político, Colombia Humana. La derecha en el país cafetero es aliada de los grandes medios de comunicación que también son un poco los dueños de la República–Ardila Lule de RCN o Santo Domingo de Caracol-, los cuales tiran esos dardos para infundir el miedo al cambio en una sociedad que está desinformada a gran escala o que no pone en duda el rol de los medios masivos.

La metáfora de los bomberos que prenden fuego la historia en la obra Farenheit 451 del escritor norteamericano Ray Bradbury es un giro de ciencia ficción que le cabe justo al papel de los medios de comunicación colombianos en materia política. Durante la caída de las torres gemelas en 2001, el entonces presidente Álvaro Uribe Vélez introdujo el concepto de terrorismo para referirse a las guerrillas de la FARC o el ELN y así justificar su violencia incluso con los casos de “falsos positivos”: hizo pasar víctimas campesinas como militantes de la guerrilla. Los noticieros del país informaban de esa manera sobre grupos guerrilleros, mientras el paramilitarismo que financió Uribe con dinero del narcotráfico se cobró casi 10.000 víctimas en los 10 años que duró el gobierno del exalcalde de Medellín y gobernador de Antioquia, es decir, el heredero de Pablo Escobar Gaviria.

Costos políticos

Más allá de las matemáticas electorales, es menester analizar cuáles serían las consecuencias que puede aparejar la victoria de un candidato de la ultraderecha – el Centro Democrático- o en el otro caso el triunfo histórico de una fuerza progresista que jamás fue gobierno en el país cafetero.

La victoria de Duque amenaza con el fin del proceso de paz que tiene el antecedente directo de la campaña por el “No” que resultó ganadora el 2 de noviembre de 2016 con la figura de Uribe a la cabeza en los principales distritos del país en los que no hay guerra: Cali, Bogotá y Medellín. El fin del proceso de paz significa la perpetuidad de la violencia: la persecución a las figuras o líderes progresistas, el regreso de la guerrilla a los montes y al mismo tiempo el rearme del paramilitarismo como brazo armado del poder con la ruta del narcotráfico a su merced.

Por otra parte, el Centro Democrático tiene prevista la creación del Tribunal Constitucional Supremo: un solo órgano de cierre que concentre las jurisdicciones que hoy están en cabeza de la Corte Constitucional, la Corte Suprema de Justicia y el Consejo de Estado.  Es decir que tanto la Corte Constitucional como la Suprema se eliminarían y pasarían a ser “salas especializadas” dentro de este gran tribunal. Además, el presidente tendría el superpoder de nombrar al Fiscal General –para que luego lo ratifique el Senado-, cuando hoy lo decide la Corte Suprema en una terna que el primer mandatario integra.

Además, el mismo partido goza de mayoría en el Senado. Uribe fue el senador más votado de la historia de Colombia y obtuvieron 18 escaños en la Cámara alta como primera fuerza, mientras que quienes lo secundan son todos partidos de la maquinaria: Conservador, Liberal y La U.  En tanto, en la Cámara baja la situación no es diferente: el Partido Liberal es mayoría con 35 curules y lo sigue el Centro Democrático de Uribe con 32, Cambio Radical de Vargas Lleras con 30, el Partido de La U de Santos con 25 y el Conservador con 21 curules. Una síntesis de la maquinaria tradicional.

El cambio de Paradigma

La fórmula que lidera Gustavo Petro es el timón del cambio. La posibilidad de establecer de una vez por todas el punto de inflexión en la política colombiana, que ha tenido siempre el uniforme de una dictadura blanda que se traduce en el ejercicio swinger del poder entre liberales y conservadores.

El líder de la Colombia Humana tiene como punto fuerte de crítica su arrogancia discursiva o el pasado guerrillero, que carga como un estigma para un amplio sector de la opinión pública. No obstante, su compañera de fórmula, Ángela María Robledo, es un cuadro político de buena imagen, proveniente del Partido Verde  y con una gran labor en equidad de género, Derechos Humanos e inclusión social. Asimismo, otras figuras políticas que refuerzan la Colombia Humana son Antanas Mockus –exalcalde de Bogotá, figura intelectual del Partido Verde- y Claudia López.

El proyecto que encabeza Petro tiene como principal eje de su campaña la educación pública y universal para permitir la transformación de los ciudadanos desde todos sus niveles; el acceso a la salud como un derecho para todos y no una propiedad privada; el fortalecimiento de una economía a base de energías renovables y otras variables que auspician la justicia social junto con la reparación de la memoria –“somos hijos de la guerra pero seremos padres de la paz”- en un pueblo con heridas abiertas que tiene la cifra más alta de desaparecidos en América Latina: 82.998 personas entre 1958 y 2015 según el Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH), lo que equivale a una persona desaparecida cada 8 horas.  No obstante, sería inoportuno desconocer los posibles ataques a la gobernabilidad y la persecución que podría sufrir el progresismo desde el otro flanco político.

La moneda está en el aire hasta las últimas horas del domingo 17 y el mundo se pregunta cómo caerá: si cae de un lado hablaremos de farsa, pero si cae del otro podremos volver a hablar de la esperanza.  

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