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sábado 03-12-2022

El baúl de Malvinas

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A 40 años del inicio del conflicto en el Atlántico Sur, Florencia, hija del ex combatiente platense Jorge Claudio Mártire, reconstruye la historia de su papá. Los padecimientos durante y después de la guerra, el silencio inducido por el poder y una decisión dolorosa

“Quería que su vida transcurriera sin sobresaltos.

De momento lo había conseguido”.

Ernest Hemingway, La patria del soldado

Por Florencia Mártire 

[Este texto pertenece a la antología de crónicas latinoamericanas “La voz de las cosas”, compilada por el periodista argentino Roberto Herrscher y editada en 2021 bajo el sello Carena (Barcelona)] 

Un baúl. ¿Por qué un baúl? Todo empezó con una caja bordó que en un momento quedó chica. Una tarde, años atrás, mi mamá tocó el timbre de mi departamento y me dijo:

-Te traigo la caja de Malvinas.

O tal vez haya dicho te traigo la caja de tu papá. Muchas veces decir Malvinas o decir papá es casi lo mismo, algo intercambiable, confuso.

Guardé la caja bordó en el último estante de la biblioteca, el más amplio de todos, para moverla con comodidad. Lejos de ser una caja estática, se abría y se cerraba con frecuencia porque regularmente aparecía algo nuevo para guardar. Algún artículo periodístico, una placa del último 2 de abril, piedras y turba que algún conocido traía de las islas.

La caja, por suerte, había salido del coma. Después de mucho tiempo de silencio, se volvía a hablar de la guerra de Malvinas y también de la historia de Jorge Claudio Mártire, un hombre que fue, entre otras cosas, un soldado conscripto clase 62, que fue, entre otras cosas, mi papá.

Llegó un día en que la caja ya no cerraba. Entonces dije: necesito un baúl.

Después de recorrer varios locales de La Plata, encargué un baúl de pino y a los días pasé a retirarlo. En una esquina, con el baúl apoyado en el piso, paré un taxi. El  conductor me ayudó a subirlo y me hizo un chiste sobre guardar un tesoro.

-Algo así – le contesté.- Es para los recuerdos de mi papá que fue ex combatiente.

Le pasé un protector de madera, le puse manijas a los costados, le pegué unas fotos lindas en el interior de la tapa para sonreír al abrirlo. Entró todo holgadamente. Pasó a convivir con la dinámica del departamento hasta que me mudé unos años después y le pedí a mi mamá si podíamos guardarlo en su taller de telar. Pasó a convivir con la dinámica del taller de mi mamá un tiempo hasta que lo cerró al sexto mes de cuarentena por la pandemia del coronavirus.

-¿Qué hacemos con el baúl?

Pareciera que a veces armamos para desarmar después.

***

Era media mañana de un día de semana. Mi mamá me ofreció un té verde, me mostró las plantas del patio de su casa y dijo: bueno, vamos. Habíamos decidido revisar el baúl de Malvinas, o de papá, y guardar solo lo importante. Hacer limpieza parece haber sido una práctica común durante la cuarentena.

Nos sentamos adelante del cajón, en el medio del living; lo miramos en silencio, sin mirarnos entre nosotras, hasta que ella levantó la tapa. Primero entraron sus manos, sin temblar como otras veces, después las mías. Entraron despacio, como cuando se toca el agua con la punta del pie antes de tirarse a la pileta.

-Esto sí, esto no.

De a poco empezábamos a vaciarlo.

Al final, el contenido quedó reducido a una caja de diez por diez, algunas fotos y una pila de cartas. Allí estaba lo importante, y todo lo importante le había pertenecido o lo había tenido como autor, que es lo mismo que decir que todo lo importante del baúl transcurrió únicamente mientras vivía. Y tiene sentido. Tiene tanto sentido que parece burdo aclararlo.

Dejamos ir para siempre placas conmemorativas y repetitivas de distintas instituciones, también recortes, revistas, medallas y gorras militares. Todo eso lo pusimos en bolsas para entregarlo a institutos y centros que trabajan por la memoria de Malvinas.

***

Jorge nació en La Plata, provincia de Buenos Aires, el 18 de julio de 1961. Su familia la integraban Rosa, su mamá, y Aquiles, su papá -descendientes de italianos ella, italiano él-, su hermana Gladys y su hermano Pascual. Él era el menor. El círculo grande lo conformaban un sinfín de parientes que se ayudaban unos a otros, vecinos y amigos.

Hizo la primaria en la Escuela Santa Margarita María de Alacoque, de donde egresó en 1974,  y la secundaria en la Escuela Nacional de Educación Técnica N°1 “Albert Thomas”. El ciclo básico lo cursó entre 1975-1977 y el superior entre 1978-1980, año en el que egresó con el título de Maestro Mayor de Obras.

Su adolescencia transcurrió durante la última dictadura (1976-1983). A la salida del colegio lo esperaba el servicio militar y a la salida del servicio militar la guerra entre Argentina y el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte.

Diez años después de la guerra, una depresión le costó la vida.

***

-Esto sí –dijimos ambas-. Son las fotos.

Al desparramarlas sobre la mesa los contrastes se tornaron evidentes. Se lo veía de niño, en blanco y negro, con un rosario en la mano. Raya al costado, camisa, un moño en el brazo, la piel de porcelana, una imagen de su primera comunión que estuvo mucho tiempo en el hall de la casa de mis abuelos. Se lo veía de adulto, en un retrato a color, con traje y corbata, bigote, el pelo oscuro, el ojo derecho en sombra, una de sus últimas imágenes que estuvo desde que tengo memoria en un portarretratos sobre la cómoda de la habitación de mis abuelos, siempre junto a una flor recién cortada.

Además de esas imágenes sueltas, reparamos en una tanda de fotos sacadas por él en un viaje a la ciudad de Las Lomitas, en la provincia de Formosa, donde viajó con un grupo de compañeros del secundario a construir una escuela. Se trataba del programa “Argentinos. Marchemos a las Fronteras”, impulsado por la Gendarmería Nacional y el Ministerio de Educación de la Nación. Están prolijamente enumeradas atrás con tinta negra, tienen sus iniciales -JCM- y dicen TÍO ‘79.

También nos detuvimos en una foto revelada en octubre de 1980 en la que finge con un compañero una escena de batalla. Él tiene una campera de algodón, un casco y una espada prestada con la que le apunta al otro, y sonríe. Los dos sonríen; es probable que cualquiera sonría al verla. En otra foto del mismo día, ambos están sentados en el piso junto a un grupo de chicos y hay tres hombres de uniforme parados atrás, con certeza los dueños del casco y la espada de la foto en broma.

Pero otras fotos de 1981 revelan que nada de eso fue divertido durante el servicio militar obligatorio en el Regimiento 7 de Infantería Mecanizada “Coronel Conde” ni en las prácticas de instrucción en el Parque Pereyra Iraola, el campo de San Miguel del Monte o en General Acha, La Pampa. Parecen sepia aunque son a color, el campo está seco y su ropa de conscripto se camufla con el pasto. Lleva casco, un fusil, borceguíes, la pose rígida, los labios en una línea recta. Todo lo que no es, todo lo que no era.

***

Era tranquilo, muy tranquilo. Sano, sensato, enamoradizo. Le gustaba caminar, ir a pescar, dibujar. Juntarse con amigos, tomar mate con su mamá. Las facturas, los aviones. Era pulcro, meticuloso, prolijo. En la familia y en el barrio le decían “negro”, en el colegio “tío”. Era hincha de Estudiantes de La Plata. Tenía, dicen, el abrazo generoso.

– Le decían tío porque una vez lo llamaron al frente en una materia y dijo que no había estudiado porque había sido tío. No sé si fue verdad. Y le encantaba poner sus iniciales, J.C.Mártire, porque todo el mundo decía “Juan Carlos”, y cuando él decía “no, Jorge Claudio”, le decían “¡ah, qué lindo nombre!” –recordó Adriana Sperandio, la única compañera mujer de mi papá en el secundario.

Efectivamente, le decían tío por los sobrinos, y encontramos sus iniciales por todos lados.

“¡La letra de tu papá! Letra hermosa y bien delineada. Perfecta”, indicó Adriana. Ella, que durante un tiempo se sentó a su lado en el Industrial, donde compartían el tablero y las charlas, todavía conserva algunos recuerdos de esa época escritos por él.

El día del sorteo público para convocar a los varones de su generación a cumplir el servicio de conscripción estaban en clase.

***

El 23 de marzo de 1981 ingresó al servicio militar -obligatorio en el país hasta 1994-, donde fue designado asistente del subteniente Juan Domingo Baldini.

-Un día en Monte nos pusieron a los dos a dibujar. Había que dibujar figuras humanas que después se usaron para hacer una instrucción. Ahí lo conocí, estuvimos como dos horas dibujando. Ese trabajo que hicimos le valió para que Baldini lo lleve como asistente suyo. Y él siempre tenía buena caligrafía; hizo los diplomas de quienes nos íbamos de baja –me contó el ex combatiente Luis Aparicio.

-¡Tenía una mano! Esa mano de dibujo… y le hacía a Baldini las carpetas que presentaban los oficiales –recordó Aníbal Grillo, que lo conocía del barrio y de la primaria primero, de la colimba y de la guerra después.

Algunos fines de semana, con alguna excusa, Aníbal y mi papá “se escapaban” del Regimiento para ir a almorzar o a tomar mate a lo de mi abuela, y a la noche volvían.

Le dieron la baja el 13 noviembre. Pero unos meses más tarde, el 9 de abril de 1982, lo reincorporaron.

El 2 de abril la junta militar argentina había resuelto desembarcar en las Islas Malvinas, ocupadas por el Reino Unido desde 1833, y la respuesta británica fue fiel a su tradición: bélica. Así empezaba la guerra de Malvinas, adonde lo mandaron como soldado conscripto de la primera sección de la Compañía B del Regimiento 7 de Infantería, encargada de cubrir la cima de Monte Longdon, en Puerto Argentino.

***

-Esto sí, son las cartas de Malvinas –dije -. Tengo que devolvérselas a la tía.

Llegaron al baúl unos años atrás. Se daba por sobrentendido que existían pero yo nunca me lo había preguntado y no era algo sobre lo que se charlara un día cualquiera. Las habían guardado mis abuelos en el fondo del ropero de su habitación, donde las encontró mi tía Gladys haciendo orden después de la muerte de Aquiles en 2013.

Una tarde fui a buscarlas con altas expectativas. Me intrigaba conocer qué había escrito mi papá por aquellos días. Las catalogué mentalmente en cuatro tipos: las cartas de mi papá a sus padres, las cartas de mi abuela y mi tía a mi papá, las cartas del resto de sus seres queridos, y las cartas de estudiantes de colegios primarios dirigidas “a un soldado”. Son más de cincuenta y las leí casi todas.

Al principio me pareció tan poco: solo un manojo de los textos eran de su puño y letra entre el bulto que me llevaba. Sin embargo, cuando los leí no tardé en darme cuenta que esos papeles me bastaban para conocer su esencia. Todo lo plasmado en esos textos es bellísimo por su profundidad, su picardía o su coherencia.

Releí las cartas después de desarmar el baúl, ya de vuelta en mi casa. Intenté moverlas con cuidado, pensando en lo que me diría un equipo de archivistas. No les hubiera gustado como las abrí, las cerré, las llevé del escritorio al patio, hasta se me voló alguna y corrí a juntarla.

Entre los papeles encontré una copia de un aerograma, dirigido al Sr. Jacinto Suárez, con domicilio en Banfield, Buenos Aires, de parte del “Soldado c/62 Suárez Jorge”. Es un papel oficial doblado en cuatro, despachado sin sobre por correo aéreo, de modo que el remitente y el destinatario quedan al frente. En el interior, tres conscriptos lo compartían para comunicarse con sus familias.

Narraba Jorge Suárez: “Me hubiera gustado escribirles antes y hacerles una carta grande contándoles un montón de cosas pero como ves la carta la tuvimos que dividir en varios chicos. (…) Cuando llegue la carta quiero que los otros chicos también reciban en la casa este pedazo de papel así que después a la vuelta de la hoja ya les voy a dar instrucciones.” A la vuelta de la hoja, dice: “Atención: Papá, aclará y decile a los padres de los chicos que se puede escribir y mandar encomiendas con los siguientes datos (colocárselos a c/u de las cartas de los chicos aclarándoles bien en un papel aparte…). Soldado clase 62 Suárez Jorge, Mártire Jorge o Stella Juan, 1° Sección Compañía de Infantería “B” Maipú Regimiento de Infantería 7 “Coronel Conde” X Brigada de Infantería. Islas Malvinas C.P. 9409”.

A través de otras cartas descubrí que unas vecinas de la familia Suárez que estudiaban en la Universidad Nacional de La Plata les llevaron a mis abuelos la copia desde Banfield.

En su pedazo de aerograma, mi papá escribía: “Queridos padres, hermanos, sobrinos (y ahijado), futuro sobrino, abuelos, tíos y amigos: me encuentro en las Islas Malvinas (como ven un poco lejos de todo aquello), el viaje y todo lo demás muy bien, es una experiencia poco común que se siente, que yo les voy a contar (no se hagan problema) cuando regrese con Uds.(…) Les pido encarecidamente que me escriban todos Uds y mis amigos y amigas, todos, avísenles. Escriban. Pueden mandar encomiendas bien cerradas. Los padres del soldado Suárez (tel 424-3505 Banfield) ya les van a aclarar como mandar las cartas y encomiendas. (…) Ténganme cerca suyo como yo los tengo a Uds. en todo momento. Un beso, un abrazo caluroso y hasta la vuelta”. Más tarde, su hermana le respondía: “Leímos tu carta entre unos cuantos pues nos emocionamos tanto que ninguno podía leerla en voz alta y llorábamos en vez de leer.”

Mientras buceaba en aquellos días de 1982, advertí que mi abuela escribía las cartas de a ratos y las continuaba durante una serie de días, como si fueran entradas de un diario personal. El 18 de mayo de 1982, abajo del “Querido hijo”, le contaba: “Son las 7 de la tarde, estoy sola, todos se fueron al hospital a ver a la gorda; es hermosa, blanca más que Hernán, tuvo un parto bárbaro gracias a Dios, en menos de una hora tenía la nena en brazos”. (…) Acá el barrio está pendiente de vos, la familia entera mía y de papi lo mismo, cuando vuelvas vas a tener que dar una conferencia en serio. Son las 7.58 y recibí un telegrama que estás bien, gracias.” El telegrama, fechado ese mismo día, dice las benditas palabras: “Estoy bien telegrafíen Jorge”.

Dos días antes nacía su tercera sobrina. En sus cartas, mi papá le deseaba lo mejor “al nuevo”, le mandaba “dos mil besos” y apostaba que sería varón, mientras su hermana le escribía: “Aquí todos te extrañamos mucho, cada vez más y queremos que nos mandes a decir aunque sea “estoy bien” cada tanto, como el telegrama que nos llegó que fue una bendición. Sabés que mami justo ese día no fue a la clínica y recibió el telegrama ella que se había quedado por las dudas vinieran noticias, parecía que lo presentía. Así que fueron dos alegrías juntas: el telegrama y M.Paula que llegó al fin.”

Entre los escritos, hay también tres pedazos mínimos de papel, que parecen cortados con la mano del borde de una revista, en los que agregaba información a modo de posdata. Las oraciones empiezan de un lado del papel y terminan del revés.

PD: Conozco la ciudad, estamos a 15 km en los cerros y bajamos a veces a bañarnos y a descansar 24 hs. Fue un adelanto de noticias. Jorge. Adiós.

PD: Ya les voy a contar todo lo que viví, vivo, conocí de estas Malvinas. Vi la Gente del 15 de abril, es todo tal cual y fíjense en los soldados que facha que tenemos. ¡Pobre ingleses!

PD: Sé que están en contacto con la madre de Grillo y de Cavallero, los 3 estamos en la misma sección con Baldini. Estamos los 3 bien. Saludos. Jorge

Con una de las cartas tuve especial cuidado. Está escrita a hoja entera en un papel que parece a punto de romperse. Es extremadamente fino, un poco rasgado en los bordes, notorios los dobleces. Allí mi papá decía: “Sigan escribiendo, actualizándome el funcionar de la hermosa familia que tengo y que después de esta colimba y guerra que me tocó y toca vivir me doy cuenta que es lo más grande y divino que un hombre puede poseer. (…) De esta vamos a salir y triunfantes, tengan la plena seguridad. Saldremos, retornaremos y seremos hombres fuertes y sanos de espíritu y físico, de moral alta y con la energía suficiente como para enfrentar cualquier riesgo de los míos, de ustedes, mi familia y amigos.” Y agregaba: “Lo que me tiene preocupado es mi mamá Rosa, por eso viejita te digo que comas, pasees, chumees, limpies el tablero, etc, etc, como siempre, mirá que cuando llegue te quiero con unos kilos de más.”

El 11 de junio, sin saber que faltarían exactamente tres días para que terminara la guerra, ni que esa noche su hijo y su sección atravesarían uno de los enfrentamientos más terribles, mi abuela Rosa le escribía: “Son las 3 y 20, papi está con tío Antonio mirando el mundial, los del fondo duermen ¡por suerte! Y yo estoy en tu tablero escribiéndote así hago de cuenta que estoy cerca de ti.” En la misma carta, añadía más tarde: “Hoy 13. Espero que Dios ha de querer que pronto nos demos un abrazo y me digas ¿viejita? ¿tomamos unos mates? Y yo te diga, sí mi héroe, ¡cómo no!”.

En todas las cartas que no cité, familiares y amigos le hacen saber que lo extrañan, lo ponen al tanto de la vida cotidiana, le cuentan que rezan por él y sus compañeros, le dan ánimo y le avisan que le mandaron encomiendas. Mi abuela le dice que todo el barrio lo espera. Mi tía le dice que los viejos están siempre en compañía. Un amigo le dice que si hace mucho frío se acuerde del viaje a Brasil y el calor de ese mes.

Él dice: “Cuídense mucho, por mí no se dejen caer en ningún momento, tengan fe constantemente para cundo vuelva y festejemos juntos (chupi y morfi), abrazos y besos y fe. (…) Y para cuando llegue una súper fiesta y a toda esa gente que tal vez ni me imagine que se acuerda de mi o que tal vez no conozca gracias, gracias por desearme lo mejor.”

***

Supe por mi tía que muchas de las cartas que le escribieron jamás llegaron a Malvinas. Estaban adentro de las dieciséis encomiendas que al final de la guerra mi familia retiró del Regimiento 7, en La Plata, ya que nunca se las habían enviado.

-Dentro de esas dieciséis encomiendas había mercadería podrida. Junto a eso estaban las cartas –recordó.

Después de sacarlas del baúl y releerlas, fui, vine, repasé. Quería saber qué me quedaba de esas lecturas. Concluí algo que dijo él mismo en ese papel finito. Deseaba volver a la vida cotidiana con más fuerza que nunca para hacer “cosas positivas”.

“Estudio, trabajo, amistad, amor, etcétera”.

***

En la cima del Monte Longdon, mi papá y sus compañeros pasaron los días entre bombardeos que venían del aire, del mar, de la montaña de enfrente. Se turnaban para hacer guardias de dos horas mirando hacia adelante, bajo un clima cada vez más húmedo, frío y lluvioso. La comida, que al principio consistía en dos raciones diarias, con el tiempo se acotó a una y después a ninguna, generando en la tropa un hambre intolerable. Su rol de combate era manejar una ametralladora, junto a otros dos soldados.

En los relatos de Malvinas, se señala la batalla del 11 de junio en Monte Longdon como la más terrible. Esa noche, sin que el radar roto lo alertara, recibieron un ataque británico y se desplegó un enfrentamiento cuerpo a cuerpo que duró hasta la madrugada.

-Los ingleses vinieron, se quedaron escondidos en un lugar rocoso y en un determinado momento salieron en tropel a atacarnos. Pasaron tirando granadas. Tomaron la zona –recordó Luis Aparicio.

Tras esa batalla, los que no murieron o se retiraron fueron tomados prisioneros por los británicos, y algunos de ellos, entre los que estaba mi papá, llevados a un lugar donde había una pila de cadáveres. Allí, los hicieron cavar un pozo y enterrar en una fosa común a los propios compañeros.

Así lo narraba Jorge Suárez, su compañero de trinchera, en una crónica que escribió tiempo atrás: “Al otro día ya por la mañana volvemos al lugar de combate con palas y mientras la propia tropa seguía tirando artillería en la zona, nosotros que éramos un grupo de diez soldados hacíamos una fosa en común para enterrar a nuestros compañeros, allí en ese momento es que veo a mi amigo Daniel muerto y veo a todos los demás también, los había por todos lados, los cuerpos mutilados y ensangrentados, los soldados ingleses hacían lo mismo con sus compañeros, eran muchos muertos, nunca jamás pude olvidar esa escena, me quedó grabada en mi mente con mucha angustia y es el día de hoy que aún la tengo conmigo.”

“Enterró cuerpos”, “enterró compañeros”, “enterró a Baldini” son frases que escuché muchas veces, como si ahí, sin ninguna duda, estuviera asentado un dolor irreparable.

-A nosotros una de las cosas que nos afectó mucho fue enterrar los muertos – dijo Luis Aparicio, dilatando las palabras más de lo habitual-, y una especie de culpa, yo lo sentí en algún momento, tal vez él lo haya sentido, de por qué nosotros estábamos vivos y por qué los otros no, y por qué no hicimos más de lo que pudimos hacer. Pero, bueno, fue el destino, el azar, nos tocó así.

***

-Esto sí – dijo mi mamá cuando sacamos la caja de diez por diez del baúl-. Estuvo entre las cosas de tu papá desde que nos mudamos juntos.

Es una cajita de cartón que contiene, entre otros objetos personales, dos que siempre me llamaron mucho la atención: unas chapas identificatorias y una tarjeta de embarque.

La vi por primera vez cuando era adolescente pero cada vez que la vuelvo a agarrar parece como si fuera la primera vez. Una cinta celeste y blanca deshilachada sostiene dos chapas de un aluminio opaco por el paso del tiempo. Es hipnótica, parece decirte en la cara que no hay otra manera posible en que luzca una cinta con una chapa de guerra: enroscada y anudada sobre sí misma, amarillenta, con una gota de sangre seca. Las chapas son de distinto tamaño, ambas más grandes que la moneda argentina más grande. La principal tiene el escudo nacional grabado en el centro, una línea troquelada que marca las mitades, el documento y el grupo sanguíneo de mi papá grabado arriba y debajo de la línea. La otra chapa solo dice  A+. La mayoría de los soldados las llevaban por si eran heridos o caían en combate.

La etiqueta de P&O Cruises -una compañía de cruceros británica estadounidense que aún existe- es la tarjeta de embarque que le dieron en el Canberra, el buque en el que volvió como prisionero de guerra. Tiene la letra F y la inscripción DECK en el centro -Cubierta F- con un espacio en blanco para completar el número de cabina, y un recuadro para los datos personales del reverso. Con lápiz, mi papá dibujó en esa tarjeta ovejas y montañas, un soldado y su fusil hecho con líneas, flores y pájaros. También puso paz y peace y dibujó el círculo de la paz. En el asta de la F puso Canberra, en el brazo superior la fecha del viaje (15.VI.1982 al 19.VI.1982), en el brazo inferior esbozó un barco. En el número de cabina puso F-248, y en los datos personales completó su DNI, su nombre y apellido, el puerto de destino (Puerto Madryn), su dirección. En los renglones libres que le quedaron debajo de la dirección puso: my home, my family, mi país. Al lado de “mi hogar” dibujó un corazón, al lado de “mi familia” dibujó otro. También en una parte de la tarjeta trazó un logo con sus iniciales. JCM 82.

***

Una noche entera caminando en círculos en la base del Monte Dos Hermanas para no congelarse, otra durmiendo en unos corrales de ovejas en la estancia Fitz Roy, la siguiente en un frigorífico en desuso en Bahía San Carlos. Así transcurrieron los primeros días como prisioneros, sin saber qué iban a hacer los ingleses con ellos.

El 14 de junio Argentina firmó la rendición.

En un viaje que duró cuatro días, el barco inglés trasladó a las tropas argentinas hasta Puerto Madryn, en la provincia de Chubut.

– Estuvimos en el Canberra en el mismo camarote. Me acuerdo que él hablaba bastante bien inglés y a nuestros guardias les pedía cartas de póker y nos traían cartas de póker, les pedía cerveza y nos traían cerveza -–me contó el ex combatiente Orlando González.

Los camarotes en los que viajaron estaban en la parte de abajo del barco, al nivel del agua, sin ventanas. No sabían en ningún momento si era de día o de noche.

– Un día nos abren y nos sacan a cubierta. Vimos el océano, era increíblemente verde, hermoso, no podíamos creerlo, nos tuvieron quince minutos y volvieron a meternos –recordó Luis Aparicio.

Después los llevaron en aviones hasta la base militar de Campo de Mayo, en la provincia de Buenos Aires. Desde allí, retornaron en micros al Regimiento 7 de La Plata, donde los hicieron salir de noche.

***

Cuando llegó le hicimos una reunión, y no bailó. No quería saber nada. Venía con una carga impresionante. Lo abrazamos, y era piel y huesos –dijo mi tía Gladys.

– Yo lo fui a ver cuando volvió. Estaba acelerado. No me acuerdo cuánto tiempo tardé en ir pero no tardé mucho. Estuve un rato charlando con él y me contó varias cosas que había vivido allá en Malvinas –dijo Adriana, su amiga del secundario.

– Lo que nos pasó fue que volvimos y teníamos mucha bronca y muchas ganas de juntarnos, ha sido una especie de catarsis que hicimos. Nos encontrábamos y nos juntábamos en la casa de alguno, por ahí íbamos a tomar algo, también nos encontrábamos en el trabajo. Después nos fuimos perdiendo el rastro. Eran épocas en que estábamos todos en nuestras cosas, estudiando, trabajando, formando la familia –dijo Luis Aparicio.

A principios de 1983 ingresó a la carrera de Arquitectura y Urbanismo en la Universidad Nacional de La Plata, y entró como contratado en la Secretaría Electoral de la Nación, junto a otros ex combatientes, haciendo trabajo administrativo. Recién en 1991 lo designaron efectivo.

– Conmigo nunca tocó el tema de Malvinas, nunca. Más que era reservado, muy reservado en sus cosas. Mirá que hemos tenido oportunidad de hablarlo ochenta mil noches –dijo Guillermo Alveolite, ex soldado conscripto afectado al territorio continental, amigo de mi papá.

– Conmigo una sola vez que me pidió disculpas porque no me había ido a ver al hospital –dijo Aníbal Grillo, refiriéndose a su recuperación por la herida que sufrió en la guerra.

El 10 de diciembre de 1983 conoció en un boliche a María Laura Capparelli, mi mamá.

Ambos festejaban el fin de la dictadura militar y el comienzo de la democracia con la asunción del Presidente Raúl Alfonsín. Ella tenía tres años menos que él, era delgada, hermosa y sonriente. Llevaba el pelo castaño, a veces con flequillo, otras con raya al costado, siempre bien cortado a la altura de los hombros. No salía sin perfumarse ni vestirse en composé. Estudiaba la carrera de inglés en el Instituto Terrero, y, a la vez, tenía sus propios alumnos, a quienes les daba clases en el quincho del fondo de la casa de sus padres.

A la segunda o tercera cita, él le dijo que era ex combatiente pero nunca le contó nada.

– ¿Vos le preguntabas?

– Yo le preguntaba y él me decía: a ver ratón, ¿para qué querés saber?

***

-Nos veíamos, salíamos a caminar. Él, cada vez que tenía que venir a mi casa, se tenía que tomar dos micros. Yo me dedicaba mucho al inglés en ese entonces. Iba a charlas, a conferencias, a comprar libros…siempre me acompañaba, siempre –me contó mi mamá sobre las épocas del noviazgo.

El 13 de marzo de 1987 se casaron y luego se mudaron juntos. En septiembre de ese año nació Matías, un año más tarde nací yo, y en 1991, Martín. Acordaron que mi papá se recibiera primero y después seguiría ella.

-En un rincón siempre estaba el tablero, a pesar de que nos fuimos mudando. En el departamento de 18 teníamos dos habitaciones y en una estaba el tablero; en el de 17, estaba en el living; y cuando estábamos en la casa de 121, el tablero estaba en la parte de atrás de la pieza de ustedes.

Trabajaba a la mañana, a la tarde y a la noche cursaba. Algunas veces, cuando se juntaba con sus compañeros a estudiar, se turnaban para tenernos a upa mientras hacían los ejercicios en el tablero. Eran épocas difíciles, con picos de inflación e hiperinflación, en las que los ex combatientes no tenían ningún reconocimiento ni ayuda, ni siquiera pensiones. Con frecuencia, solía sacar un poco de plata de su billetera y decirle a mi mamá: “Esto lo guardé por si no llegábamos a fin de mes”.

– Él tenía muchísimas ideas, muchísimas ganas. Es más, tenía unos parientes a los que les hizo el proyecto de la casa, el boceto, la idea, y un albañil se la ejecutaba. Estaba lleno de proyectos, de ganas de hacer cosas –recordó Ricardo Cipriano, su amigo y compañero de estudio.

***

-Esto no- dijo mi mamá-. Es la carpeta con la historia clínica.

Era la seguidilla de licencias que le habían dado en el trabajo a partir de octubre de 1992, cuya carátula decía “Estrés postraumático de guerra”. Antes de que alcanzara a responder, mi mamá las sacó del baúl, las partió al medio y después en cuatro, una por una. Mientras las rompía yo no hacía nada, hasta que pude hacer algo. Llevarme las manos a la cara y llorar. Llorar casi en silencio.

No recuerdo qué me dijo en ese momento, pero intuyo cuál pudo haber sido su reacción. Primero, hacer fuerza para no llorar ella; después, decirme alguna de estas frases: “dale, Flor, pasamos por cada cosa”, o “hija, la historia es así”, o “vamos, hay que seguir”.

***

Era reservado, muy reservado. Inteligentísimo, conciliador. No le gustaba levantarse temprano, los días de lluvia ni que lo apuraran. Era responsable pero impuntual. Le gustaba salir a caminar, ir a los parques y a los juegos con los hijos. Diseñar. Reunirse con la familia, invitar a los amigos a comer pizza. Tenía siempre, dicen, una sonrisa.

***

Estaba todo bien hasta que no lo estuvo más.

Las fechas son confusas pero fue probablemente el viernes 2 de octubre de 1992 el día que fue a dar el último examen de Arquitectura a la Facultad. Era Historia III, una materia de quinto año con la que todos querían recibirse a pesar de ser de las más difíciles. La había rendido mal el año anterior.

Algunos iban a un instituto para preparar esa materia infinita que trataba sobre la arquitectura contemporánea mundial, en la que estudiaban la evolución de los movimientos y edificaciones dependiendo de los contextos sociales. Él no. La estudió como pudo, en el espacio y tiempo que tenía, bajo el silencio imposible de una casa familiar. Se preparó muchísimo.

El día del examen, volvió a la casa de sus padres diciendo que había fracasado.

-¿No le dijiste que te tome otra cosa? –le preguntó mi tía.

-No, porque soy yo. Yo no pude.

Tampoco le dijo que con esa materia se recibía.

-El profesor le había dicho que no le ponía la nota, que volviera en otro momento. No pudo, que es raro, porque él sabía siempre todo –recordó mi mamá-. Ese día empezó a decaer, decía “me siento mal”, no se levantaba y empezó a cerrarse.

Su libreta de Arquitectura también estaba en la caja de diez por diez que sacamos del baúl. Tiene pasadas todas las notas de la carrera, incluso las de Historia I e Historia II. No hay ningún número donde dice Historia III.

***

Nadie sabe bien cómo pasó todo porque fue un caos.

Lo que entendí es que “no poder” rendir fue la gota que rebalsó el vaso y lo puso frente a una desilusión grande, y que ante eso respondió bajando los brazos por primera vez.

Lo que entendí es que lo que pesaba de fondo era el horror de la guerra, un dolor tapado.

Lo que entendí es que fue una depresión mal tratada -con antidepresivos y antipsicóticos-, en una época en la que en el país el estrés postraumático de guerra no era abordado por los profesionales de la salud en toda su especificidad y complejidad.

Lo que entendí es que, ante un desvanecimiento, lo internaron en la Clínica Neuropsiquiátrica San Pablo de La Plata y a partir de ese momento hubo períodos en los que no lo podía ver nadie, períodos en lo que podía tener visitas y períodos en los que salía: de un jueves o viernes hasta un domingo, de un viernes hasta un lunes.

Fueron casi cinco meses de internación.

***

Esa mañana en el living de mi mamá, decidimos deshacernos también de una agenda de cuero negra, cuyas hojas estaban casi vacías. En el fondo de la agenda, ella guardó por años un papel que encontró entre sus cosas, quizás lo último que haya escrito. Ese sí, lo sacamos del baúl para conservarlo y tratar de descifrarlo una vez más.

El 3 de diciembre en la clínica, en una hoja con membrete que dice Terapia Ocupacional, dibujó un caballo encerrado en un rectángulo, con una reja al costado. Abajo escribió: “Perdí hasta la práctica de la escritura, las fuerzas en los brazos, etc. Perdí hasta el orgullo de lo hecho ya en mi vida, muchos de ellos hermosos”.

-Tu viejo estaba con una negación de que estaba todo mal, le decías cualquier cosa y te repetía que estaba todo mal. Y en un momento estaba todo bien -recordó Aníbal Grillo, como si hubiera sido ayer-.  Nosotros con un compañero dijimos es peligrosísimo el “está todo bien”. ¿Por qué está todo bien ahora? ¿Dónde está la salida? Algo pasa.

***

El lunes 1 de marzo de 1993 era un día soleado, y, en algún momento, tenía que volver a la clínica. Había pasado el fin de semana en casa: salió a caminar un buen rato con mi mamá; fue a cenar uno de sus mejores amigos; también estuvo Aquiles, mi abuelo, acompañándolo como de costumbre.

Esa mañana, agarró dinero de un cajón y le dijo a la chica que nos cuidaba a mis hermanos y a mí que se iba hasta la vuelta a visitar a sus padres. Antes de salir, nos dio un beso a cada uno. En ese momento, mi mamá estaba en las oficinas de Lotería de la Provincia, donde había empezado a trabajar en enero para tener un sustento económico extra, y volvía pasado el mediodía.

Probablemente haya caminado hasta el centro, donde se dirigió a Cosoli, una tienda que vendía y vende insumos para caza, pesca y camping. Allí, sin permiso, como quien compra una caña o unos binoculares, compró una pistola. Más tarde, entró a Vía Láctea, un bar al que le gustaba ir en pareja y en familia, se tomó un café y fue al baño dos veces. La segunda vez se disparó en la cabeza.

-¿Y Jorge? –le preguntó mi mamá a la chica que nos cuidaba ni bien llegó.

-Jorge se fue a la casa de los padres.

Cada tanto salíamos los cuatro a la vereda, íbamos hasta la esquina y volvíamos para ver si él llegaba. Hasta que paró en la puerta un Fiat destartalado, del que bajaron dos hombres y le dijeron a mi mamá:

-¿Capparelli?

-Sí, sí.

-¿Puede llevar a los chicos adentro?

Después de hacernos entrar, ella parada en la puerta de casa, le dijeron:

-Su marido se pegó un tiro en el baño de un bar.

-No, no, mi marido está en la casa de sus padres.

-¿Tiene una foto de su marido?

-Por supuesto que tengo una foto de mi marido –dijo, antes de entrar a buscar una y mostrársela a los agentes policiales.

-Es su marido, señora.

En la Comisaría 1ª de La Plata le sirvieron un vaso de agua y la hicieron llenar una serie de formularios. “¿Tuvieron alguna discusión? ¿Se llevaban bien? ¿Hay algún motivo?”. Desde la comisaría llamó a Pascual, el hermano de mi papá, y a Guillermo, el amigo que había ido a cenar la noche anterior. Ellos fueron a la morgue a identificar el cuerpo.

Un oficial le indicó que en unos días podía volver a buscar el arma y las pertenencias.

-Nunca volví.

***

Un 2 de abril, en un texto de puño y letra, mi abuela Rosa escribió: “Después de tanto sacrificio, estudiar y formar una familia, una depresión que no pudo superar lo llevó a la muerte; esas fueron las consecuencias de haber ido a defender nuestra Patria (…) Mis tres nietos se quedaron sin padre, nosotros sin un hijo que no podemos resignarnos, ¿y la respuesta cuál es?”.

¿Y la respuesta cuál es?

***

Habían pasado más de diez años y medio desde la guerra. Mi papá tenía 31, cumplía 32 en julio. Mi mamá cumplía 29 en una semana. Matías tenía cinco, yo cuatro, Martín uno y nueve meses.

Como corrían los días y no dejábamos de preguntar dónde estaba papá, Marta, mi abuela materna, le dijo a mi mamá que tenía qué decirnos la verdad. Entonces mi mamá nos sentó en el living del departamento de sus padres, donde dormimos durante esos primeros días, y nos dijo que lamentablemente papá no iba a volver. Cuenta mi abuela que Matías y yo rompimos en llanto, que Martín pegó un grito ahogado. Cuenta mi abuela que mi mamá nos sacó al balcón y nos hizo buscar la estrella más brillante. Ahí, nos dijo, búsquenlo siempre en la estrella más brillante.

Para los cumpleaños, para los días del padre, para las fiestas, y a veces porque sí, íbamos al cementerio todos juntos. Sobre el mármol del nicho hay una foto suya y placas de la familia que no dejan casi ningún espacio libre. Mi mamá acomodaba las flores y guardaba tres claveles para que cada uno de nosotros le pusiera al final. Nos agachábamos frente a la tumba, hacíamos la señal de la cruz y le rezábamos un Padre Nuestro, un Ave María, un Ángel de la guarda.

Durante la primaria, cada 2 de abril nos retiraba y nos llevaba al acto de Plaza Malvinas, organizado por el Centro de Ex Combatientes Islas Malvinas -CECIM- La Plata. En esa plaza, en que a veces había mucha gente y otras un puñado, la escuché alzar la voz para decir Jorge Mártire Presente y también la vi irse disgustada cuando no mencionaban a los caídos en posguerra. Con el tiempo comprendí la importancia que tiene para los familiares que se recuerde en voz alta a quien ya no está, como si el colectivo ratificara que no hay riesgo de olvido.

Hoy, cada vez que mis hermanos o yo nos cruzamos por primera vez con alguien que lo conoció, presenciamos la siguiente escena: vemos en la persona una mezcla inconfundible de amor y tristeza, acto seguido nos pide permiso para abrazarnos. Probablemente, ese amigo o amiga o compañero del camino no pueda decir nada por el nudo en la garganta, pero hay algo que sin falta se le escapa de la boca: “era un tipazo, una excelente persona”.

***

-Estaría canoso tu papá -dijo mi mamá al menos los últimos tres 18 de julio.

-Jorge estaría orgulloso –me dijo al oído Ricardo, su amigo, mi segundo papá, cuando me recibí.

-Podría estar acá –dijo mi abuela Rosa una de las últimas tardes que pasamos juntas.

Benditos condicionales del indicativo.

Otro 2 de abril, el ex combatiente Carlos Giordano recordó a través de un texto a varios compañeros caídos y los convocó uno a uno a volver a la vida. En ese relato sintetizó un deseo común: “Que alguien le saque el revólver a Jorge Mártire, le borre las neblinas de la mirada, nos volvamos a encontrar en la puerta del aula de la Facultad de Arquitectura y pueda rendir aquella última maldita materia.”

***

¿El baúl? El baúl se convirtió en un mueble más que uso para guardar parte de la ropa fuera de estación. En cambio, las fotos de mi papá, la caja de diez por diez, sus cartas de Malvinas son ahora “recuerdos sueltos por la casa”, al decir de Cortázar en Historias de cronopios y de famas.

En todas aquellas cosas que le pertenecieron había una pista para repasar su historia, que solo se tornó posible con los recuerdos y las anécdotas de quienes lo conocieron, lo apreciaron y todavía lo llevan consigo.

Pareciera que a veces desarmamos para poder armar después.

Somos un medio de comunicación cooperativo que se conformó luego de los despidos ilegales en el diario Hoy y en la radio Red 92 de La Plata, sucedidos a principios de 2018.
Sin laburo y con la intención de mantener nuestros puestos de trabajo, un grupo de periodistas, correctorxs, fotógrafes, locutorxs, productorxs audiovisuales y diseñadorxs decidimos organizarnos de forma colectiva.

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