La deprimente compra que hice con el 50% de descuento

Por la misma cantidad de dinero, este cronista el año pasado compró casi el doble de mercadería. Una multitud de personas abarrotada entre las góndolas, queriendo hacer rendir un sueldo que no alcanza, termina siendo una triste postal de los tiempos que corren

Por Ezequiel Franzino

Llevo una hora y media haciendo la cola para poder pagar en el Coto de calle 43 entre 10 y 11. Mientras mi novia va y viene de las góndolas al chango – estrategia que aplicamos para no pasarnos cinco horas acá-, alcanzo a ver que en la vereda se está formando una fila de personas que se parece a las que no hace mucho tiempo atrás se generaban afuera de los teatros o cines. Lo que pasa acá adentro parece ficción, pero no lo es: una multitud de gente se abalanza contra los productos, desesperada por ahorrarse 1.500 pesos en las compras. Yo también.

Dicen que esta iniciativa de Banco Provincia tiene como objetivo reactivar el consumo… el consumo de fideos, de salsas de tomate, de azúcar, latas de conserva, yerba, harina y bizcochos Don Satur, productos estrella en la mayoría de los carros que desfilan por este local del centro platense donde no entra una persona más, y donde ya se siente la asfixia y el ambiente viciado. Algunos, es cierto, se dan gustos. Por ejemplo, la señora que tengo justo enfrente mío, que lleva aperitivos varios, cajas de cápsulas de café, cortes especiales de carne, pan lactal y un ananá hermoso.

Lo único que disfruto de esto de tener que venir a regatear al supermercado es la posibilidad de mirar con detenimiento la mercadería que lleva la gente. Esta intromisión en la vida ajena es algo que me desvela desde chico, pero que en condiciones normales no es tan fácil hacerlo. Acá las personas pueden esperar hasta dos horas para pagar, y ese estancamiento en las filas hace que uno pueda hacer una radiografía minuciosa. Por la cantidad de yogures, cereales y los tres bidones de jabón líquido que lleva el hombre que está en la fila de al lado, puedo deducir que es padre de una familia numerosa. La mujer de 40 años que está delante de él, por el equipo de gimnasia que lleva puesto y por todos los productos light que carga, intuyo que es una obsesiva de su cuerpo. La anciana que sigue en la fila vive sola hace un buen rato: lleva porciones individuales de rotisería, algún pedacito de queso, tres miñones y no mucho más.

Pensar que hace un tiempo atrás escuché decir a la gobernadora María Eugenia Vidal que con el modelo anterior íbamos derecho a convertirnos en Venezuela. Me basta con girar la cabeza para comprobar que esta postal no dista mucho de aquella que nos mostraban de la Caracas desabastecida, con personas indignadas por la falta de alimento. Acá sobra la comida, pero falta el mango. Y eso que esta “promoción” beneficia principalmente a la clase media. De hecho, la gran mayoría de los que hoy están en este supermercado llevan porte de empleados públicos. También jubilados. Como esta señora encorvada y de pelo teñido, que uno piensa si estará al tanto de que ese pedazo de carne que lleva en el chango no entra en la promoción, ni tampoco ese vino tinto que eligió. Hablando de elegir, nadie elige venir. Todos están acá por necesidad. Yo también.

La última vez que había comprado alimentos con el 50% de descuento del Banco Provincia tenía una vida tranquila: dos buenos trabajos, me iba de vacaciones todos los veranos, y aprovechaba estas promociones casi exclusivamente para satisfacer mis gustos burgueses: algún whisky, chocolates, porrones de cerveza mexicana y quesos varios. En sólo doce meses perdí los dos trabajos. Por suerte conseguí otro, de medio tiempo, por el que me pagan 10.000 pesos por mes, nueve menos que los 19.000 que se necesitan para no ser pobre en Argentina asegún datos del Indec de hoy. Así que acá estoy, exprimiendo hasta el último peso.

También pasó menos de un año desde que con la misma cantidad de dinero me llevaba casi el doble de mercadería. Y eso que el año pasado vi cómo los repositores remarcaban los precios en mi propia cara, con una impunidad propia de estos tiempos. No conservo los tickets para hacer la comprobación fehaciente de cómo nos sacudió la inflación, pero tengo el recuerdo de que la última que compré bajo esta modalidad volví a mi casa con un chango de los grandes hasta el tope. Esta vez, toda la compra me entró en seis bolsas. Gasté 2.731,62 pesos. Y el gusto que me di en esta oportunidad fueron dos paquetes de galletitas Frutigran y un queso untable.

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