Fue torturado en Malvinas por ser judío y su caso sigue impune

Se trata de Silvio Katz, que durante los tres meses que estuvo en combate fue víctima de una serie de atrocidades encabezadas por su oficial a cargo, quien fue retirado de las Fuerzas Armadas pero nunca condenado. El excombatiente sigue luchando para que se haga justicia

Por Ezequiel Franzino
Cualquier editor periodístico hubiese pedido que esta nota saliera publicada un 2 de abril o un 14 de junio, que fue el día en que Argentina y Gran Bretaña declararon el cese del fuego en las Islas Malvinas. Pero para Silvio Katz no hay fechas redondas ni aniversarios: el horror que le tocó vivir en la Guerra y las torturas a las que fue sometido por su condición de judío son recuerdos que lo atormentan cada día desde 36 años. Algo que seguirá pasando en la medida en que este caso de delito de lesa humanidad continúe impune.

La pesadilla comenzó en abril de 1982. A quince días de finalizar el servicio militar que estaba realizando en el regimiento de La Tablada, Silvio Katz, que por entonces tenía 19 años y pesaba 74 kilos, viajó engañado a Comodoro Rivadavia, supuestamente para reemplazar a una tropa de la localidad chubutense. “Cuando llegamos nos cambiaron de avión y nos llevaron a Malvinas. Teníamos un miedo tremendo. Éramos chicos vestidos de verde con un fusil en la mano”, recuerda Silvio.

Durante ese viaje arriba del Hércules, más allá del terror que tenía, lo que nunca pudo imaginar es que sus mayores enemigos iban a ser sus superiores. Oficiales que le negarían la comida a él y a sus compañeros, que apenas les proporcionarían una sopa de agua y arvejas durante los tres meses que duraría el combate, y que iban a practicarle una tortura sistemática, psicológica y física, por sus creencias religiosas.

Para el oficial de su compañía, Eduardo Sergio Flores Ardoino, el “judío de mierda” Silvio Katz era un pasatiempo. Siempre peinado a la gomina, vestido impoluto, sacando pecho y mostrando el rigor de milico, además de denigrarlo a toda hora y de descalificarlo por su condición religiosa, no había día en que no lo estaqueara a la intemperie. Las veces que no lo dejaba atado en calzoncillos con 20 grados bajo cero, en un charco congelado al que los soldados le habían puesto “El lago de los lamentos”, Flores Ardoino le sumergía la cabeza durante minutos que parecían eternos y que le provocaban calambres en la nuca. También le hacía meter las manos y los pies hasta que se le atrofiaran los dedos.

“Fuimos 30 judíos a la guerra. Algunos hasta fueron protegidos por sus superiores, pero yo tuve la mala suerte de tener un oficial que era un nazi. Es imposible describir lo que se siente. Después de 36 años el tipo sigue libre y con la misma medalla que tengo yo”, cuenta Silvio, indignado.

Eso no fue todo. A veces Flores Ardoino obligaba a los compañeros de Silvio a que orinaran al “judío hijo de puta y vende patria”. Una vez, en forma de castigo por haber cazado un cordero en su desesperación por comer algo, el oficial lo apuntó con una pistola, le tiró la comida en el lugar donde los soldados defecaban, y lo obligó a comer entre el excremento.
“Hubo muchos que vieron lo que hacía conmigo y no hicieron nada. No es que me torturaron una vez, de casualidad. Lo que hacía conmigo era sistemático. El maltrato psicológico fue el peor, el que más me marcó y el que más me costó superar, si es que lo superé algún día”, dice Silvio.

Tambaleante y raquítico, el 20 de junio de 1982 Silvio llegó al continente a bordo del buque hospital Bahía Paraíso. En la isla dejó más de 20 kilos, y aunque lo tuvieron algunos días guardado para “engordarlo”, su madre no pudo reconocerlo cuando fue a visitarlo al Hospital de Campo de Mayo. Silvio pesaba 52 kilos.

“Mi mamá lo pasó muy mal. Se deprimió y eso terminó en un cáncer que la terminó matando. La guerra me arruinó. Me sacó todo lo que tenía. Tuve que poner piedra sobre piedra y hacer terapia para poder salir a flote”, cuenta Katz.

Justicia para Silvio
Junto a excombatientes del Cecim La Plata, hoy a sus 55 años Silvio Katz forma parte de la megacausa por torturas y maltrato en Malvinas. Aunque durante los juicios las instancias salieron todas positivas, lo cierto es que “ellos siempre apelaron y siempre estuvieron un paso adelante nuestro”, cuenta Silvio, y agrega que “ahora recurrimos a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y se están moviendo en el tema para darnos una mano”.

Mientras los torturados en Malvinas esperan que se haga justicia, Silvio Katz todavía intenta sanar las heridas que le dejó la guerra. Para ello, además de trabajar en una escuela y de hacer terapia todas las semanas, su esposa y sus dos hijos adquieren a diario un rol fundamental: “Ellos me bancan en las peores y ahora tienen un padre sano y con ganas de salir adelante”.

A pedido de sus hijos de 13 y 16 años, que querían conocer en profundidad la historia de su padre, el año pasado Silvio viajó con ellos a Malvinas. “Necesitaban ir y con ese viaje me saqué una gran mochila. Ojalá algún día podamos volver, y que ese día esté flameando la celeste y blanca”, concluyó.

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